Las cárceles del infierno en L.A.

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Javier Brandoli       

Las bandas armadas controlan desde la violencia hasta el sexo en las prisiones de la región

“En las prisiones controladas por pandillas hay menos asesinatos que en las controladas por el Estado”, aseguran los expertos

carcelesHacinadas, sin guardas que las controlen dentro y con circuitos propios de venta de sexo, seguridad o alimentos sería el perfil común de muchas cárceles latinoamericanas. Se ha puesto en evidencia esta semana en Brasil, donde han muerto casi un centenar de presos en enfrentamientos entre bandas rivales en cárceles de Roraima y de Manaos. La región más violenta del mundo según datos de la ONU de 2013, que señalan que el 36% de los asesinatos que ocurrieron en el globo pasaron en el continente, afronta su particular pandemia con un reto: que sus sobrepobladas cárceles dejen de ser una cantera de criminales donde se pisotean los derechos humanos.

El argentino Gustavo Fondevila, académico del Centro de Investigación y Docencia de México (CIDE) es una de las personas que más y mejor conoce las prisiones continentales. No sólo las estudia, entra en ellas, habla con los líderes de los penales, se cuela en la vida de los presos: “En El Salvador, una de las pandillas que controlaba el penal tenía su propio portavoz que controlaba las relaciones públicas y con el que nos reunimos para que nos permitiera entrar. Nos pidió un regalo para el líder”, recuerda. ¿Qué le dieron? “Un balón firmado por Messi”. El otro argentino universal, el Papa Francisco, le ha ayudado a abrir otras cancelas igual de complicadas y el miércoles pidió “condiciones dignas” en los penales.

De sus estudios, donde compara seis significativos países como son Brasil, Argentina, Chile, Perú, El Salvador y México, se desprenden dos cosas: las prisiones con menor índice de violencia entre los presos y las que tienen menor tasa de maltrato por las autoridades son las que controlan los reclusos. “Las peores cárceles son las que menos se golpea a los presos. ¿Tú golpearías a un pandillero? Se da una situación paradójica: los sistemas más garantistas y que mejor funcionan es donde hay mayor violencia de los custodios contra los presos. ¿Para qué golpear a alguien si el mercado (ilegal) funciona correctamente?”, dice Fondevila.

Los números de la Encuesta a Población en Reclusión de Latinoamérica (PNUD) lo corroboran: en Chile o Argentina el tanto por ciento de reclusos que dice haber sido golpeado por guardas es del 18,7 y 14,5%, mientras que en Brasil y El Salvador, donde muchos penales están controlados dentro por grupos de delincuentes, es del 2,6 y 1,3%.

“El Gobierno criminal es más eficiente y exitoso en manejar la violencia que el Gobierno del Estado. Las pandillas dominan”, explica Fondevila que da una sorprendente revelación: “Hay casi una relación inversa entre la tasa de homicidios a nivel nacional y los homicidios carcelarios. Por ejemplo, un país con tasa de crímenes casi europea como Chile tiene la tasa de homicidios más alta de la región dentro de la prisión; mientras que en otros países las cárceles son más tranquilas que las calles. En El Salvador, la tasa de homicidios nacional es más alta que la tasa de homicidios en los presidios”.

Los datos que ofrece son contundentes: La tasa de homicidios -calculada sobre 100.000 habitantes- de Chile, Argentina y Perú es de un 3,5, un 5,5 y un 6,6, mientras que en prisión esa cifra se eleva a un 103,2, un 43,6 y un 51,1 respectivamente.

Datos sistemas penitenciarios

“Comparto el diagnóstico pero agregaría otro factor de importancia. La consolidación de un líder o banda dentro de una cárcel no significa que la violencia será siempre baja. Los equilibrios por su naturaleza son inestables, ya que las rivalidades internas pueden ocasionar reacomodos. Cuando esto ocurre, es de esperar una espiral de violencia. Esto lo hemos visto en muchas cárceles brasileñas y también en Honduras”, dice también a EL MUNDO Marcelo Bergman, director del Centro de Estudios Latinoamericanos sobre Inseguridad y Violencia (Celiv).

El dominio de la cárcel por las autoridades es uno de los grandes retos. En muchos países su control es perimetral, de puertas para afuera, permitiendo ante la falta de recursos que sean los encarcelados los que impongan sus propias reglas dentro. “Hay mucha variación entre los distintos países. En Venezuela y El Salvador, por ejemplo, hay varias cárceles autogobernadas por los presos. En cambio en Chile y Perú, las autoridades tienen casi pleno control de lo que ocurre en sus pabellones”, afirma Bergman.

Aquí se llega a situaciones surrealistas con cárceles en las que los líderes tienen jacuzzis, salas de fiestas, televisores y hasta puertas propias con llave instaladas por un cerrajero en sus celdas.

Datos sistemas penitenciarios 2

“En las cárceles masculinas de México circulan carpetas con fotos de mujeres presas y sus precios. Los custodios arreglan que se puedan encontrar en los túneles que unen las cárceles con los juzgados penales. Las visitas íntimas son otro negocio. Como hay solamente un par de habitaciones para miles de presos, los presos montan carpas con mantas en el patio central donde se puede tener sexo. Hay que pagarle a los que montan las carpas. El sexo es un negocio en todos los sentidos: hay gente que se dedica a cantar, escribir cartas de amor, montar las carpas, vender condones, cuidar los niños mientras se tiene sexo…”, explica Fondevila.

A veces, sin embargo, esos líderes que usan la cárcel a su antojo son criminales de cuello blanco y no violentos pandilleros. El año pasado en Colombia, en la Cárcel de la Picota de Bogotá, las fuerzas de seguridad tuvieron que retomar el control del penal tras denunciarse que importantes políticos y contratistas encarcelados habían colocado cerraduras en las puertas y remodelado y ensanchado sus celdas en las que habían hecho salas de visita y hasta zonas de juego para sus hijos. “El ex senador Juan Carlos Martínez, vinculado a los paramilitares y el narcotráfico, celebró su fiesta de cumpleaños durante dos días con 34 invitados en su lujosa celda”, denunciaron los medios.

La comida y atención médica mejora también, explica Fondevila, cuando es gestionada por los presos. “Las cárceles con los mejores niveles de comida son las de Brasil y El Salvador. Esto es posible porque no se trata de comida servida por el servicio penitenciario sino ingresada por las familias de las personas privadas de la libertad. Cuando no sucede esto, la calidad baja de inmediato. En El Salvador vi que entregaban bolsas con cabezas de gallinas para cocinar”, señala Fondevila.

“Otro punto interesante es que la comida no está organizada por el servicio penitenciario. En muchas unidades, los presos/as se cocinan a sí mismos. Y es bastante habitual que las familias vivan fuera de la prisión, literalmente, e ingresen a diario a la hora de la comida. En una cárcel de Oaxaca, en México, la familia vive con el preso en el patio en una choza con mantas y cartones. La mujer cocina a diario y los niños salen a la escuela y regresan por la tarde a la prisión”, añade el investigador del CIDE.

“Las peores cárceles tienen los mejores servicios médicos: las pandillas hacen ingresar medicamentos”, dictan los números del español Carlos Vilalta, el responsable de elaborar las complejas estadísticas que maneja Fondevila. La comparativa de los seis países mencionados según la encuesta PNUD tampoco deja dudas: El 39,6 y el 29,4% de los presos brasileños y salvadoreños tienen agua potable por el 20,8 y 5,3 que disfrutan en Argentina y Chile.

Las violaciones sexuales es otro parámetro donde el férreo control ejercido por el grupo dominante supone un freno. “De nuevo, las tasas de victimización sexual más graves están en los sistemas que mejor funcionan o al menos, que no tienen pandillas controlando el interior de las cárceles. En los sistemas penitenciarios donde hay altas tasas de victimización sexual generalmente los custodios informan a los otros presos de aquellos que fueron condenados por asaltos y agresiones sexuales que son inmediatamente victimizados”, explica Fondevila.

Los tabús para reconocer las violaciones son fuertes y los presos admiten haber sido violados en un 2,3 y un 1,3% máximo, en Argentina y Chile, mientras que sí confirman que han visto como violaban a otros reclusos en un 11,9 y un 10,5% en los mismos países. Los terribles penales brasileños y salvadoreños, donde las condiciones de vida son infrahumanas desde un punto de vista de hacinamiento y servicios estatales, son de nuevo los mejor parados: sólo un 3,4 y un 4,5% de presos salvadoreños y brasileños manifiesta haber asistido a abusos sexuales.

Evidentemente, los datos de victimización y delitos de estos seis países tienen una respuesta basada en una violencia superior, que lo cubre todo, formada por las temidas y organizadas pandillas salvadoreñas Barrio 18 y Salvatrucha-13 o las brasileñas Primer Comando da capital o Comando Vermelho. Su régimen de terror y control del territorio impone una paz a su antojo que sólo se ve inquietada cuando aparece algún grupo rival a disputar la plaza. Mientras, hacen hasta desaparecer los cadáveres de los pocos que desafiaron su poder.

El problema del hacinamiento

“En El Salvador cuando deciden matar a una persona, se elige a los asesinos que generalmente usan cuchillos fabricados con flejes de hierro (láminas pequeñas arrancadas de las puertas) que matan en pocos segundos a la persona acuchillándola varias veces en el corazón. Después están los deshuesadores que se encargan de separar en pocos minutos toda la carne de los huesos. En ese momento, intervienen los “picadores” que reducen toda la carne a pequeños trozos que caben por el agujero del excusado que está en la esquina de las celdas. Por último, interviene otro grupo que seca los huesos y se dedica a aplastarlos hasta que queda una arena gruesa que se desperdiga en el patio central de la unidad penitenciaria”, dice Fondevila.

Por último, el hacinamiento carcelario es quizá el gran problema. Las calles se “limpian” sin capacidad para juicios justos ni para contener a una población reclusa que no para de crecer. La investigadora mexicana Elena Azaola presentó un informe titulado la “Situación de las prisiones en América Latina” en el que destacaba las acciones que a su juicio había que tomar para aplacar el ingente problema carcelario: “Reducir el uso excesivo y desproporcionado de la pena de prisión incluyendo penas alternativas por delitos menores y recuperar el control de las prisiones por el Estado”, fueron algunas de sus conclusiones.

Según datos de 2014 del Centro Internacional de Estudios Penitenciarios de la Universidad de Essex, sólo Puerto Rico, con un 88%, tiene en todo el continente sus penales por debajo del 100% de ocupación. Haití está en un 416%; Salvador en un 320 y Venezuela en un 270 de la capacidad total de esas cárceles.

“En El Salvador en una celda duermen en tres niveles: en el suelo los recién llegados, sobre unas tablas horizontales los siguientes y los más importantes en unas hamacas que ya casi pegan al techo y donde es casi imposible respirar”, dice Fondevila.

¿Son las cárceles de Latinoamérica un almacén de delincuentes sin posibilidad de reinserción? “Hay grandes diferencias entre ellas. No solo varían en los niveles de hacinamiento sino en el tipo de programas de reinserción. Las condiciones en las cárceles del triangulo norte de América Central son deplorables, en cambio las de Argentina, aun con serios déficits, están infinitamente mejor”, responde Bergman.

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