¿Con quién hay que alinearse?

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Manuel Medina     

Putin - TrumpEl presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump, advirtió este jueves en su cuenta de Twitter que su país “reforzará y ampliará” su potencia nuclear. Trump se mostró partidario de una carrera armamentista en la que, según dejó manifiestamente claro en su comentario, está convencido de que “resultarán ganadores”. En un insólito tuit, Trump afirmó que deben “reforzar y ampliar considerablemente” sus capacidades nucleares “hasta que el mundo vuelva a entrar en razón” en lo que respecta a este tipo de armamento.

 “¡Que haya una carrera armamentista, los superaremos en cada paso y también los sobreviviremos a todos!”comentó desafiante el presidente electo, con igual euforia, en una entrevista realizada por la cadena MSNBC.

Por su parte, el presidente de Rusia, Vladímir Putin, no se quedó atrás. Casi simultáneamente, también este jueves, en un tono menos desafiante que el de Donald Trump pero igualmente retador, manifestó en una rueda de prensa que los EE.UU. “crearon las premisas para una nueva carrera armamentista”, pero que su país “jamás aceptará involucrarse en una carrera comprando aquello que no esté al alcance de su bolsillo”.

No obstante, el mandatario ruso advirtió de que, aunque su gobierno no pone en duda que el poder militar de los EE.UU es muy grande, estima que las Fuerzas Armadas de Rusia son más fuertes que las de cualquier agresor”.

La clara fijación de posiciones de ambos mandatarios no hace más que precisar el momento real en el que se encuentra situada la humanidad a día de hoy.

¿HAY QUE ALINEARSE A FAVOR DE UNA U OTRA GRAN POTENCIA?

En estos tiempos de profunda confusión ideológica, no son pocos los que interpretan equivocadamente que las razones para la defensa objetiva de los intereses de la Humanidad se encuentran al lado de Rusia. La verdad es, sin embargo, que Rusia y su gobierno responden hoy estrictamente a los intereses de los oligopolios que se crearon a partir de la implosión de la Unión Soviética y la deconstrucción del sistema socialista creado a partir de 1917. Tarea, por cierto, en la que el actual presidente Vladímir Putin, discípulo dilecto de Boris Yeltsin, desempeñó un importante papel.

No obstante, el rol jugado por Rusia en estos últimos años como contrapeso a la hegemonía indiscutida de los Estados Unidos en el planeta ha alimentado la esperanza, en determinados sectores, de que el país dirigido por Putin pueda no solo poner fin a la expansión avasalladora de los Estados Unidos, sino también liderar un orden global más justo.

Sin embargo, a la hora de aventurar tal hipótesis habría que tener en cuenta que la confrontación entre ambos países está respondiendo a un determinado estadio del desarrollo del sistema capitalista, que provoca que sus respectivas economías requieran de la expansión exterior y la hegemonía comercial, como vía para su supervivencia como grandes potencias en el contexto mundial .

Ese fenómeno, independientemente de cuáles sean los países que los protagonizan, está claramente definido con el término “imperialismo”. De acuerdo con la experiencia histórica este tipo de confrontaciones entre intereses contrapuestos de las clases dominantes de una u otra nacionalidad concluye fatalmente, de manera inexorable, en el estallido de la guerra.

No es la primera vez que los sectores más progresivos de la sociedad se alinean con algunos de los contendientes en este tipo de pugnas. Los resultados de tal confusión suelen ser siempre catastróficos para los pueblos, para sus clases trabajadoras y para las organizaciones tras la que éstas se agrupan.

Las élites gobernantes de las partes en contienda tratan de alinear tras de sí al conjunto de las clases sociales, recurriendo al patrioterismo, a la religión o a los sentimientos nacionales. Ya sucedió así en el curso de la Primera Guerra Mundial, cuando parte de los sectores politicamente más progresistas de los países europeos se alinearon al lado de uno u otro bando, teniendo como brújula para su ubicación conceptos vacuos en un país capitalista, como son la “patria” o los “intereses nacionales”.

Tal equivocación sólo sirvió para reforzar el poder y los intereses de las clases sociales hegemónicas, que atravesaban a principios del pasado siglo un difícil trance. Para los pueblos, la elección de un bando en función de reclamos equívocos sólo supuso un período terrible de muerte y desolación.

Por ello, hoy más que nunca, y por encima de vanas ilusiones, la reconstrucción del movimiento por el desarme atómico, que tanto peso e influencia tuvo en las décadas de los 50, 60 y 70 del pasado siglo, resulta imperativa.

 

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