El mundo que viene

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Pilar Alberdi   

Personas-alegresEstos son los datos: más del 40% de los suecos viven solos y se sienten solos. Los jóvenes japoneses no desean formar una familia, ni tener hijos. No tienen pareja y casi un 50% declara no mantener relaciones sexuales. Ven incompatible, en el caso de las mujeres compaginar la vida de familia con la laboral.

Esos ejemplos retratan el mundo que viene, pero ¿de dónde venimos?

Para recordarlo recurro a un libro de Historia Contemporánea. Leo rápidamente algunos datos. Allí aparecen la Revolución Industrial, en sus dos variantes, la primera, la de la máquina, activada por fuerza animal o humana, hidráulica, a vapor; y a partir de esta nueva posibilidad, el barco a vapor, el ferrocarril, que aceleraron las comunicaciones y ampliaron la circulación de mercaderías y personas. La Segunda Revolución Industrial, especialmente a través de la electricidad, el petróleo y sus aplicaciones, los vehículos automotores.

Y ahora, tomemos en consideración algunos datos: en 1873 por el exceso de producción se produce una gran depresión que dura hasta 1879. La economía se rige con el patrón oro; no hay tanto oro ni plata para el aval de las monedas de los países que van incorporándose al gran ciclo productor mundial. Además, aparecen otros países que pueden aportar productos agrícolas (Argentina, Estados Unidos, Australia) y desestabilizan el mercado.

En este período se produce la colonización del mundo por las grandes potencias europeas: Inglaterra, Francia y Alemania, entre otros. Encuentran en los territorios que someten la materia prima que necesitan para sus manufacturas y sus fábricas. Se exacerba el nacionalismo y la competencia. En diversos lugares hay esclavos (Estados Unidos) y siervos (este de Europa y Rusia).

Esta colonización incluye la conquista militar, administrativa y la explotación económica, y entre sus causas «transformaciones técnicas de la navegación, razones estratégicas como también motivaciones ideológicas y religiosas» (1). Inglaterra llega a sitios como India, Palestina, Afganistán, también a zonas de África; muy presentes en este último territorio también estarán Francia, Alemania, Holanda.

Un dato: «más de la mitad de los productos manufacturados del mundo se producían en Europa» (2), es decir, se adquiría la materia prima fuera, en otros territorios, en este sentido, Inglaterra, donde nació la revolución industrial era la locomotora del mundo.

Luego llegaría la Primera Guerra Mundial, tras una crisis de sobreproducción en la que no se podía colocar los productos elaborados; después la Gran Depresión de los años 30, por idénticas razones. Se agudiza la crisis. Las potencias comienzan a descolonizar el mundo. Comienza la Segunda Guerra Mundial.

Como podemos apreciar hay un patrón recurrente de crisis cíclicas por productos que no pueden ser colocados en el mercado, períodos de expansión y contracción territorial y económica, entonces se acelera la competencia y comienza una guerra. En esa época sobraba petróleo; hoy no, ni tan siquiera se manufactura en Europa; en este momento, las grandes industrias producen allí donde compran o producen las materias necesarias para su industria. Y estamos pasando nuevamente de la llamada «era de la globalización» a la del «proteccionismo».

Si en el siglo XIX los trusts eran la pesadilla de los Estados, hoy lo son las grandes multinacionales, o no tanto, porque la corrupción está inserta en la clase política.

Y en medio de esta realidad como entonces, la máquina, no aquellas máquinas de Watt, que levantaron un imperio textil para Inglaterra, sino otras, variadísimas, no menos amenazadoras, capaces de suplantar al hombre en multitud de tareas.

Quizá, por todas estas razones, aunque no son las únicas, les propongo que hagamos un recorrido por un autor, apreciado en la filosofía por su aporte a la economía política como Carlos Marx. Para él, la economía era el fundamento de la Historia. Tenía claro que desde que nacemos estamos consumiendo.

Su obra El Capital se publicó póstumamente. En total cuatro libros, tres preparados por Federico Engels y un cuarto por Carlos Kautsky, aunque éste, solo publicaría las notas reunidas por Marx, sin poder llevar a cabo la unificación de las mismas con un texto narrativo. Evidentemente, Marx era un gran compilador de información, no sólo a través de los autores de libros que leía, a los que cita, sino a través de la prensa.

El primer capítulo del primer libro es un resumen de su obra Contribución a la crítica de la economía política. Es probable que la mayoría tenga una idea de un Marx revolucionario, pero el autor eran un gran teórico y conocía bien aspectos económico-políticos que había estudiado detalladamente. Pertenecía a la clase social que señalaba: la burguesía, a la que yo no dudaría en llamar, «la persistente», la gran revolucionaria hasta nuestros días y más allá, aunque no sepa bien a dónde le conduce esta revolución constante, especialmente, tecnológica.

De momento, padecemos algunas de sus consecuencias: cambio climático, armas atómicas, hambrunas, intervenciones e injerencias en otros países, globalización económica que perjudica a unas clases obreras frente a otras, a unas burguesías frente a otras, a unos países frente a otros y que nos aboca a un nuevo «proteccionismo». También los <i>Manuscritos Económicos</i> se publicaron póstumamente. También los Manuscritos Económicos se publicaron póstumamente.

Parece que hablar de Marx no está de moda, pero tampoco lo está hablar de Diderot o de Platón. Pero esto no es lo importante.

¿Qué expone Marx en este primer libro de El Capital? Por un lado, señala hacia el «patrón oro» (3), y una economía rígidamente controlada que hacía que el dinero que salía por las mañanas de los bancos volviese a estos por las tardes. El patrón oro marcaba todas las transacciones económicas dando respaldo al dinero, pero con la llegada al mercado de nuevos países, la cantidad de metales preciosos para este aval, no alcanzaba.

Para el autor, el objetivo del que trata su obra, es el de «investigar el régimen capitalista de producción y las relaciones de producción y circulación que a él corresponden», para ello toma como ejemplo el país que considera «hogar» inicial de este movimiento: Inglaterra. Y advierte que sólo se referirá a las personas como personificación de «categorías económicas», entendiendo que ellas son «criaturas del sistema», es decir, partícipes de esas relaciones.

Dedica espacio a explicar cómo consigue el productor la plusvalía, también la usura. El desprecio que sentían los antiguos (cita a Aristóteles) por la riqueza, que sólo busca aumentarse.

Compara al ávaro con el industrial «atesorador de dinero» que sólo busca hacer más dinero, a la vez que explica todo el proceso de venta y compra de mercaderías y el lugar que ocupa el capital entre ellos. Y, por supuesto, analiza conceptos como «valor de uso» y «valor de cambio». Llama al dinero «la piel del oro». Para conseguir de 30 a 60 gramos de oro era necesario mover un millón de gramos de cuarzo. (Con la tecnología de la época). La plata era más fácil de extraer, por eso, también menos valiosa. En las minas se la podía encontrar en vetas, lo que era una ventaja frente a la extracción del oro. También comenta la diferencia entre el capital que debería ser social (para bien de todos) del que se privatiza (en el sentido de intereses propios, ajenos al bien común).

«La mercancía, oculta el proceso», nos dice. Es un «fetiche», que atrae, pero que niega su ontología. Quien tiene delante de sí un pan no capta, estamos hablando de aquella época, la penosa situación en que se trabajaba. Quizá si trasladamos el hecho a la ropa de bajo costo que se compra hoy en Europa y que sabemos ha sido producida con salarios mínimos en otros países, quizá podamos hacernos una idea. Aunque hacerse una idea de aquello que uno no vive, no es tan fácil.

El economista explica cómo funciona el dinero, cómo unas monedas sacan a otras del mercado. Como el dinero sólo busca hacer dinero. Más mercancías circulen, más dinero. Pregúntense por qué hoy los objetos que compramos duran tan poco, y acceden a la misma respuesta.

Relata la visión del náufrago (literario), Robinson Crousoe, de origen, precisamente, inglés. ¿Qué ha podido salvar del naufragio? «Un reloj, un libro de cuentas, tinta y pluma», con ellos, se dedica a contabilizar su vida diaria. Qué hace, cuánto tiempo le lleva cada tarea. (4)

La mercancía, que es un «fetiche», engaña tanto, que el hombre no alcanza verse como mercancía, aunque ya entonces y por supuesto ahora, se hable de «mercado de trabajo». El hombre es mercancía, y su prole también. Es necesario que se reproduzca. De lo contrario no habría obreros.

Antes de la Revolución Francesa, se nacía en «estamentos», por nacimiento eras villano o príncipe. A partir de la Revolución Industrial se nace en «clases sociales».

El hombre que ofrece su trabajo, ya tiene un «valor» en el mercado antes de ofrecerse. Hoy hablaríamos de salarios mínimos que no alcanzan para vivir, aunque también hay un precio para los gerentes, los directores de bancos, etc. Además de sus músculos, su inteligencia, el hombre tiene que aportar la «atención» necesaria para un trabajo concreto, lo que supone desviarse de sus propios intereses, una forma de despersonalizarse.

Las leyes fabriles inglesas de 1833 que no se cumplían y así se mantuvieron durante muchos años, en la Europa continental ni siquiera las había, indicaban que un adolescente no debía trabajar más de doce horas. Se prohibía el empleo de niños menores de 9 años. Lo normal era que, según los procesos productivos, hubiese niños trabajando a partir de los 4-5 años, por ejemplo, en las máquinas para la elaboración de seda, a las que se mantenía en producción, dando vueltas a una manivela. Esto es lo que está viendo Marx en la época. Los adultos trabajaban entre 15 y 18 horas al día, incluidos los sábados, en condiciones penosas, en lugares que faltaba la luz, el aire, y cualquier mínima condición de salubridad, además de que muchas de estas nuevas industrias trabajaban con elementos nocivos para la salud.

El autor ha recogido numerosos datos, y los despliega ante nuestros ojos. Comienza la era de la división del trabajo. Se aparta lo creativo que antes podía haber en un taller artesanal. Primero llegan las manufacturas, luego la gran industria. Para abaratar la fabricación de un coche de caballos debían trabajar en equipo carreros, talabarteros, costureros, latoneros, cerrajeros, tapiceros, vidrieros, barnizadores, pintores, etc. Antes lo hacían en talleres personales o familiares. «El tiempo es oro», la frase empieza a correr como la pólvora. Marx cita a Ramazzini quien escribió: «la parcelación del trabajo es el asesinato de un pueblo».

Así, la herramienta simple ha hecho posible la herramienta más compleja a través de la máquina. Y la fábrica se ha convertido en un gran autómata, en la que todas las partes funcionan como engranajes de un todo. Al individuo ya no se le percibe, no queda nada de su personalidad, es una cosa más entre cosas, una mercancía más entre mercancías. En este proceso, las máquinas fabrican máquinas, y los hombres, hombres.

Cuando todo el proceso de fabricación burgués sufre una crisis, parte de esta burguesía cae de su estrato, y el obrero, el empleado, no encuentra dónde ofrecer su trabajo, ni tampoco el burgués que ha caído. El capital paulatinamente se concentra en menos manos. Si la manufactura acabó con el taller, la gran industria acaba con la pequeña industria. Le sucedió a los tejedores hindúes, a los que utilizaba Inglaterra, llegó el día en que la maquinaria textil los suplantó. Nadie oyó su queja al otro lado del mundo.

Al principio, los obreros ingleses se oponían a las máquinas como Quijotes que luchan contra molinos de viento creyendo que se trataba de gigantes; luego, comprendieron que el problema no eran las máquinas, sino que la realidad era más compleja.

Por supuesto que esto ocurrió en el pasado, por supuesto que hoy Marx no está de moda, por supuesto que hoy será imposible ver algún tipo de revolución en el mundo más que la revolución burguesa que prosigue su viaje. No está solucionada la pobreza en el mundo, pero se habla de llegar a Marte; de coches sin conductor; por cierto, ¿para qué necesitamos taxis, por ejemplo, sin conductor? ¿Le van a pagar a la gente un «salario social» que ahora niegan a los más necesitados? El Estado Moderno, y esto también lo dijo Marx, precisamente junto a Engels (5), tiene un problema, y es que son el «comité administrativo de la clase burguesa», quizá de ahí esas puertas giratorias y la corrupción, que vemos a diario y que salpica las imágenes de los telediarios.

Dominar el mercado internacional, el global, «realizarse a través del trabajo» (el ideal protestante, señalado por Max Weber), infantilizar a la juventud de los países ricos hasta el punto de que a los 30 años no puedan marcharse de sus hogares ni tener un trabajo aunque tengan dos o tres licenciaturas, porque además no hay trabajo; en suma, luego no nos preguntemos, pudiendo adquirirse anticonceptivos, por qué la gente no quiere reproducirse, sus razones tienen y son simples: esperar a tener un trabajo, intentar conservarlo cuando se lo obtiene, conseguir una estabilidad económica a medio plazo que les permita alquilar o invertir en una vivienda, o, simplemente, llegan a pensar que no vale la pena tener hijos para dejarlos en esta realidad en la que parece que al mismo tiempo que se alarga la vida, los ancianos molestan y las jubilaciones, por las que se hicieron los correspondientes aportes durante toda una vida, ya ni siquiera están garantizadas.

Bueno, no es que lo diga yo, ahí están desgraciadamente los ejemplos de Suecia y Japón para alertarnos. Y son sólo el comienzo del mundo que viene.

 

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