El agotamiento de una larga revolución

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Manuel Iglesias Caruncho       

cubaUna revolución gloriosa, pero muy larga

El momento es muy delicado, como algunos otros de los vividos por Cuba en sus casi 58 años de revolución. Sin embargo, las preguntas esenciales han cambiado, de la tradicional: ¿cómo resistir a la hostilidad estadounidense?, a la actual ¿cuánto y cómo reformar el país para impulsar la economía y mantener conquistas que tanto costaron, y la dignidad y la soberanía nacional?

Cuba se mueve, como puede observar cualquier visitante que haya viajado a la isla en otros períodos. Ese viajero puede hoy hospedarse en una casa particular; impresionarse con el mercado de artesanía situado en una antigua terminal de tren en La Habana; almorzar en un paladar que tiene ya más de unas pocas sillas y mesas; escuchar, en sus paseos por La Habana Vieja, a miles de turistas con acento estadounidense –muchos de ellos de origen cubano–; leer carteles que anuncian la venta de viviendas o de autos, y coincidir en su vuelo con cubanos que viajan sin mayores restricciones. Son cambios nada menores, impensables hace pocos años, aunque todavía insuficientes para garantizar una prosperidad económica que preserve los logros de la revolución.

Cuba admite otras preguntas al iniciarse el nuevo año, como si la isla entera fuera un gran interrogante que se resistiera todavía a ofrecer respuestas claras: con el fallecimiento de Fidel, su principal valedor, ¿perderán peso las personas y sectores más inmovilistas, con tanta influencia aún en el buró político del Partido Comunista y en el gobierno, y se atreverán los reformistas, con un apoyo más decidido de Raúl Castro, a tratar de acelerar y profundizar los cambios? No hay que remontarse mucho en el tiempo para recordar cómo se apartaba del poder a quienes querían avanzar un poco más rápido que lo que permitía el libreto –los casos de Carlos Lage, Roberto Robaina, Pérez Roque…–.

También está en juego la credibilidad de los reformistas en los medios de comunicación: el Granma es el de siempre y el único diario autorizado en la isla, y bueno, como dijo Eduardo Galeano –quien criticaba a los amigos de frente y no a sus espaldas–, si Napoleón lo hubiera tenido en sus manos, los franceses no se habrían enterado de la derrota de Waterloo.

El riesgo cierto de que Donald Trump, en cuestión de semanas, abandone el camino de deshielo de Barack Obama y retroceda a la posición tradicional estadounidense, complica las alternativas, pues, en ese caso, contribuirá casi con certeza a fortalecer la opción más inmovilista, al servirle en bandeja argumentos para el enroque.

Falta poco para saber si veremos a un Trump dispuesto a endurecer leyes como la Helms-Burton y que apuesta a “quedarse con todo” cuando “la fruta esté madura” o si, por el contrario, veremos a un Trump pragmático, disputando el mercado cubano a inversionistas europeos, latinoamericanos, canadienses, chinos y a los propios cubanos. Sin duda entrarán en su cálculo los cubanos de primera generación de Miami y sus representantes en el Congreso, así como también calibrará, en el caso de apretar demasiado al gobierno cubano, la posibilidad de contar con otro aluvión de centenares de miles de personas arribando a Florida, como cuando el Mariel o la crisis de los balseros. Por ello tendrá que calibrar también la posibilidad de apretar a la población dispuesta a abandonar la isla, dificultándole el ingreso al territorio estadounidense y negando la visa automática de residencia a quienes consigan pisarlo. Un dato: en los últimos cuatro años, 133 mil cubanos ingresaron en Estados Unidos de forma irregular, es decir, sin el visado que concede la ex Sección de Intereses –ahora embajada– a 20 mil personas al año.

Agotamiento

En cualquier caso, en un escenario u otro, el tiempo para mostrar resultados por parte de la dirigencia cubana se está agotando. Aunque la calma mostrada en los últimos años en encarar el proceso de reformas aprobadas en el VI Congreso del Partido Comunista de 2011 (1) no tiene comparación con la lentitud extrema que el gobierno cubano exhibió desde que diseñó los primeros cambios –hace ya 25 años– hasta que Raúl Castro tomó las riendas del Estado, el margen que queda para implantarlas se ha achicado tanto como el tiempo biológico que resta a la generación de combatientes de la Sierra Maestra.

Se estima que en 2016 sólo se había implantado el 21 por ciento de los cambios aprobados en el mencionado congreso (2) –lo que bien ilustra el tamaño de los “palos en las ruedas” que tienen en sus manos los sectores inmovilistas–. Unos cambios que permitieron otear un horizonte más esperanzador al sufrido pueblo cubano, al que con su salario le es imposible llegar a final de mes, a no ser que reciba remesas de familiares en el exterior; se emplee en alguna empresa extranjera o en algún sector priorizado por el gobierno –de los que contemplan un incentivo en pesos convertibles por productividad–; esté ligado al sector turístico, donde siempre se accede a alguna moneda fuerte; trabaje por cuenta propia; o, en fin, distraiga algún bien estatal que pueda vender o intercambiar por algún otro de primera necesidad.

El salario no alcanza ni en sus tramos más altos para cubrir las necesidades básicas; de ahí la urgencia de “resolver” –el verbo más conjugado en la isla–, como sea, un complemento en especie o en pesos convertibles que le haga la vida más llevadera.

Una vez que desaparezca la legitimidad con que cuentan los actuales líderes por haber triunfado en la revolución, la nueva legitimidad de una nueva generación de gobernantes sólo puede venir, bien por un proceso electoral democrático, bien por éxitos indiscutibles en el crecimiento económico –a la vietnamita, a la china–, bien por ambas vías. El éxito económico sin duda otorgaría un tiempo extra a los herederos del régimen para introducir cambios políticos de mayor calado. Pero Cuba está muy lejos de exhibir triunfos en el ámbito económico. En 2016 la economía se estancó, en parte debido a los serios problemas energéticos derivados de los recortes en el suministro de petróleo por la situación que atraviesa Venezuela, pero, si tomamos en cuenta la cifra de crecimiento anual promedio de los últimos siete años (2,8 por ciento), tampoco resulta muy esperanzadora.

Las principales fuentes de divisas (las remesas, el turismo, la inversión externa, las contraprestaciones por los servicios médicos –sobre todo recibidas desde Venezuela–, las exportaciones de níquel y los ingresos muy menguados por el azúcar) son suficientes para que la isla no colapse, pero no para alcanzar tasas de crecimiento orientales. Para lograrlas se requeriría, además de atraer una mayor inversión extranjera, un funcionamiento más eficiente de las empresas públicas que descentralice la burocrática gestión actual; participar en cadenas de valor internacionales que aprovechen el potencial cubano en biotecnología y biomedicina; y, por otra parte, expandir el horizonte de emprendimientos e inversiones de los cubanos, hoy todavía muy circunscritos al universo del turismo y en pequeña escala: paladares, taxis, alquiler de habitaciones –pero no tenencia de hoteles–, artesanía…

A lo que se añade la necesidad de producir más alimentos, lo que no parece difícil a poco que se mejoren las condiciones en las que se entregan las tierras estatales ociosas para su cultivo, bastante restrictivas. Pues bien, todo ello remite al avance y a la profundización en el proceso de reformas.

Monedas

Cuba necesita también unificar las dos monedas, el peso convertible y el no convertible. La cotización del primero, a 24 pesos no convertibles, mina el aprovechamiento de las capacidades de los profesionales cubanos. Hoy, un profesor de enseñanza secundaria obtiene ingresos muy superiores como taxista o como camarero en un paladar, que ejerciendo su profesión retribuida en pesos no convertibles.

Nada de extraño que las escuelas se estén despoblando de enseñantes. Ahora bien, ¿cómo unificar ambas monedas sin contar con un gran respaldo financiero –como el que tuvo Alemania occidental cuando unificó la suya con la del este– proveniente, bien de un elevado nivel de reservas, bien del apoyo de organismos financieros internacionales, como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, controlados por Estados Unidos? Ni que decir que las condicionalidades de estas instituciones serían ina­ceptables para el gobierno de Cuba.

Además de las reformas económicas y sociales, Cuba necesitará encarar cambios políticos. Existe una comisión para las reformas económicas liderada por sectores reformistas y otra que estudia una reforma constitucional, liderada por sectores inmovilistas. El modelo vietnamita o chino, liberal en lo económico y de partido único en lo político, es atrayente para el gobierno –por muy cauto que se muestre a la hora de seguirlo– pero Cuba no es Vietnam ni China, ni está enclavada en el Lejano Oriente, sino que forma parte plenamente de Occidente. ¿Sería viable una isla próspera, integrada con el resto de Occidente a través del turismo, la emigración, las inversiones, el comercio, los avances científicos… sin ampliar las libertades individuales y sin celebrar elecciones?

¿Qué puede suceder en los próximos años? Nadie lo sabe. En el mejor escenario, y el que tendría menores costes, las reformas se harían desde dentro, intramuros, y sin dilaciones. Los reformistas se atreverían a acelerar y profundizar en serio los cambios previstos, insuflando así nuevas esperanzas en la población para construir una sociedad próspera, que amplíe las libertades individuales y mantenga los derechos colectivos, y que preserve la soberanía y la dignidad cubanas. Para ello necesitarán apoyos, todos los posibles, desde América Latina, Canadá, China y Europa; y, ojalá, el cese de hostilidades de Estados Unidos.

El peor escenario: que continúe el acoso estadounidense y que el régimen se enroque. Que nada se mueva hasta el “asalto final”, cuando cambios más drásticos sean pedidos y aplaudidos por una población desesperada, y que sean otros quienes se encarguen de aplicarlos. Otra opción, la Tiananmén –tanques a la calle–, en Cuba sería impensable.

¿Serán capaces, quienes tuvieron la grandeza de hacer triunfar la revolución contra Batista, de perder el miedo a efectuar los cambios precisos; u optarán por morir matando lo mejor que todavía puede legar esa revolución?

Una viejita entrevistada por la televisión en esas largas colas que despedían a Fidel respondió así a la pregunta de qué le parecía la revolución cubana: “Gloriosa. Pero muy larga”. Tal vez esa frase resuma mejor que cualquier otra el cansancio del pueblo cubano, no con su revolución, sino con el intento imposible de mantenerla anclada en otra época, sin una puesta al día que la rejuvenezca y que permita a las nuevas generaciones apropiarse de su legado.

 

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