Despoblamiento rural

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Julio A. del Pino

maxresdefault¿Están realmente despobladas las áreas rurales? ¿Lo están más o menos que antes? Ofrecemos aquí algunas ideas y datos sobre estas cuestiones con el propósito de animar a la reflexión en torno al despoblamiento, una de las representaciones colectivas más extendidas acerca de lo rural.

Las áreas rurales están despobladas. En muchos lugares del interior se viaja decenas de kilómetros sin encontrar núcleos de población y, a menudo, cuando se encuentran, resultan lugares semivacíos, habitados en su mayoría por personas mayores. De primera mano conocemos historias de lo rural, de los pueblos de nuestros abuelos o nuestras madres, que fueron perdiendo población durante décadas hasta prácticamente desaparecer.

Conviven estas imágenes de la despoblación con insistentes llamados de vuelta a lo rural. Desde hace algunas décadas, los agentes de desarrollo vienen poniendo en marcha planes de emprendimiento, y algunos mayores regresan en retiro activo a recuperar la vieja casa del pueblo. Más recientemente, han llegado jóvenes a las zonas periurbanas en busca de precios asequibles para sus viviendas e inmigrantes de origen extranjero a las áreas más productivas en busca de trabajo. También encontramos esfuerzos de recuperación de pueblos abandonados, búsqueda de estilos de vida alternativos y vueltas a la tierra, en una mezcla de necesidad económica ante la crisis y rechazo del consumismo y la masificación.

EL PROBLEMA DE LA DESPOBLACIÓN

Al menos desde el siglo xviii, diversos intelectuales lamentaron la pérdida de población de las áreas rurales y se desarrollaron políticas de repoblación, que se repetirán periódicamente, desde la época de Carlos III hasta el franquismo. El despoblamiento no es, desde luego, un asunto nuevo. Pero su fisionomía cambia como también lo hace el sentido que le da cada sociedad.

El rasgo territorial que mejor se asocia con las sociedades industriales es el crecimiento de las ciudades a costa de las zonas rurales. Desde el siglo xix en los grandes centros industriales de Europa, esta nueva población venida del medio rural constituyó la fuerza de trabajo fundamental para el desarrollo de la industria. Su concentración era tan vital para el sistema como la propia acumulación de capital. Lo rural quedaba relegado en lo económico a un papel subalterno de sostenimiento de la población del país a través de economías agrarias de productividad reducida.

En lo cultural, lo rural era sinónimo de lo tradicional, de aquello que es menester dejar atrás si se quiere alcanzar el progreso. Las poblaciones rurales se caracterizan, en este contexto, por ser menguantes, con un interés económico marginal y con unos modos de vida particulares, que contrastan con los de las áreas urbanas.

 

Reflexionar sobre la despoblación requiere reconocer previamente que una parte del problema tiene que ver con las miradas urbanas a lo rural, con el sentimiento de pérdida, con la búsqueda de vínculos comunitarios, de regresos a lo natural y de recreaciones patrimoniales. Efectivamente, hay una España vacía, apenas poblada, pero también hay una memoria urbana del despoblamiento sufrido durante la modernización, que se acerca a lo rural desde ese punto de vista. Conviene embridar esa mirada y acercarse al problema de la despoblación a través del análisis de la realidad que está en la base, la de las comunidades rurales en la actualidad.

DIFERENTES DESPOBLAMIENTOS

Hay un despoblamiento secular, representado por las bajas densidades existentes desde hace siglos en algunas zonas del país. Son vacíos demográficos, con bajísimas densidades, fundamentalmente localizados en la meseta, pero también en algunas áreas montañosas del norte peninsular. En estos lugares, el despoblamiento no ha hecho sino ahondar problemas de desequilibrio territorial que vienen dándose durante siglos.

También hay un despoblamiento relativo, que tiene que ver con el crecimiento exponencial de las ciudades y de las áreas litorales. Estos cambios en la distribución de la población, desde el interior a las costas, desde el campo a la ciudad, subrayan el papel menor de las áreas rurales en relación con las urbanas, pero no siempre suponen su despoblamiento en términos absolutos. Conviene recordar que la población rural española solo disminuyó en un periodo de 30 años, entre 1981 y 2011, de 10,4 a 9,9 millones de personas. Sin embargo, su proporción en el total de la población no ha dejado de disminuir significativamente en todo el periodo, desde el 26 % de 1981 hasta el 21 % de 2011 (véase el gráfico).

Por último, hay un despoblamiento relacionado con la concentración de la población dentro de las propias áreas rurales, en las cabeceras comarcales. Es un fenómeno relativamente reciente pero muy significativo. Desde la década de 1980, mientras la población de los pueblos menores de 2000 habitantes descendía, la de los pueblos grandes, especialmente la de los mayores de 5000 habitantes, crecía.

Todas estas transformaciones son resultados diversos del fenómeno del despoblamiento, cuya complejidad no admite diagnósticos sencillos ni recetas milagrosas. Aludimos a un proceso de vaciamiento demográfico de las áreas rurales, que sin duda viene sucediendo en el Estado español desde la década de 1950 y que registra al menos dos fases. Durante la modernización, el éxodo rural hacia las ciudades inició un intenso proceso de despoblamiento. Entre 1960 y 1980, los pueblos españoles perdieron en conjunto el 23 % de su población, mientras que las ciudades ganaban casi un 60 %. Este proceso sentó las bases de algunos desequilibrios demográficos claves para comprender lo que ocurre hoy.

Como se observa en la pirámide comparada de las poblaciones rural y urbana, el primer desequilibrio es el envejecimiento de las poblaciones rurales, debido a que las personas emigrantes a las ciudades eran sobre todo jóvenes. Esto implicó una drástica disminución de los nacimientos rurales, pues los hijos de la generación de emigrados nacieron ya en las ciudades, seguido además por el fuerte descenso de la tasa de fecundidad de la población española a finales de los años setenta, que se trasladaría con cierto retraso a las áreas rurales.

El segundo desequilibrio es la masculinización, pues más mujeres que hombres emigraban a las ciudades, lo que supuso una mayor dificultad para la formación de familias, así que muchos varones quedaron solteros y sin descendencia.

A partir de 1980, el despoblamiento resulta mucho más tenue y, según qué regiones, llega a revertirse. Durante la década de 2000, bajo el influjo de la ola inmigratoria extranjera, tanto las áreas rurales como las urbanas han ganado población, aunque en el caso de las áreas rurales su crecimiento se circunscribe sobre todo a las cabeceras comarcales.

DESPOBLANDO LUGARES, HABITANDO FLUJOS

La actividad de la población rural tiende a desagrarizarse y a diversificarse, convirtiendo la rural en una economía de servicios.

Desde hace más de treinta años, el marco de la modernización resulta insuficiente para explicar el estado actual del despoblamiento rural, entre otros motivos, porque de haber continuado el proceso al mismo ritmo, las áreas rurales se hubieran vaciado literalmente. En cambio, lo que ha ocurrido es una reestructuración territorial, que ha supuesto la inserción de las áreas rurales en la estructura socioeconómica general, a través de una redefinición de sus funciones y de una creciente conectividad por medio de la movilidad.

La base económica centrada en economías agrarias familiares de subsistencia colapsa a medida que surge un nuevo régimen de producción agraria industrial, desvinculado del mundo rural. La actividad de la población rural tiende a desagrarizarse y a diversificarse, convirtiendo la rural en una economía de servicios.

Este proceso de inclusión de las áreas rurales en la estructura general utiliza como mecanismo clave la movilidad. Su importancia es tal que resulta difícil exagerar su papel. Los recursos locales que antes definían el papel de los pueblos en términos de cantidad de población residente o de empleo ceden su puesto a la capacidad local de incluirse en los flujos: de residentes, de trabajo, de capital, de consumo, de información… La cuestión de la despoblación no atañe tanto a la atracción de población como a la capacidad de inmiscuirse en estos circuitos de flujos.

Así, hemos visto que algunas áreas rurales frenaron el ritmo de despoblación desde la década de 1980 porque comenzaron a llegar flujos importantes de población a las áreas rurales. Durante los años noventa y la primera década de 2000 se han hecho todavía más evidentes. Las áreas rurales comienzan a nutrirse, por una parte, de inmigrantes en edades cercanas al retiro, en busca de estilos de vida más saludables o baratos, como los inmigrantes del centro y norte de Europa afincados en las franjas litorales y prelitorales del Mediterráneo.

 

Por otra parte, a partir de finales de los noventa, trabajadores y trabajadoras de origen extranjero encuentran asiento en las áreas rurales bien conectadas, ocupándose en actividades agrarias, turísticas y de construcción. Aunque la inmigración laboral es un fenómeno eminentemente urbano, su impacto sobre las áreas rurales ha sido proporcionalmente muy significativo. La crisis ha puesto de manifiesto, no obstante, algunas desventajas clave de las áreas rurales, especialmente debido a la mayor debilidad de sus mercados laborales, lo que ha hecho que, en conjunto, pierdan más población que las áreas urbanas.

El papel central de la movilidad invita a repensar el proceso de despoblación. La segunda residencia supone un buen ejemplo de cómo la movilidad actúa paradójicamente como fijador de población en las áreas rurales. Se trata de una estrategia para mantener vínculos con lo rural sin renunciar a las ventajas de la aglomeración, especialmente en términos de servicios. También las estrategias de movilidad laboral, en un volumen mucho mayor, permiten mantener esas vinculaciones locales múltiples.

RESALTAR LOS DESEQUILIBRIOS

Desde el enfoque de la reestructuración, el asunto principal en relación con el despoblamiento no es tanto la ocupación física del territorio, que no depende ahora tanto de poblaciones residentes, como los desequilibrios que el proceso de despoblamiento ha causado. Estos desequilibrios afectan a las estrategias utilizadas para poder seguir manteniendo el vínculo con lo rural.

El desequilibrio generacional, el envejecimiento de la estructura demográfica, impacta fuertemente en la actividad productiva y reproductiva de las áreas rurales. Así, la generación soporte, una fracción intermedia de pobladores rurales, entre 30 y 50 años, se convierte en el principal actor. Es en esas edades donde se concentra la mayor capacidad de trabajo y dependen de ella, en su mayor parte, tanto las numerosas generaciones de mayores como las menguantes generaciones de jóvenes. En ella se concentran las fuentes de ingresos y la gestión del cuidado a los dependientes, además de la organización de la vida social y cultural de los pueblos.

Por su parte, el desequilibrio demográfico entre hombres y mujeres, que afecta directamente a la importante cuestión de la formación de familias, se encuentra especialmente agravado por las desigualdades de género.

Los mercados rurales de trabajo son pequeños y fuertemente segmentados por género. Los hombres ocupan los mejores trabajos y, además, acceden con mayor facilidad a las oportunidades de empleo fuera de la localidad, gracias a su mayor movilidad. Las mujeres, por su parte, se ven relegadas a empleos locales peor cualificados o trabajan en el domicilio, requiriendo un mayor esfuerzo para acceder a mercados no locales con mejores empleos. Ello es debido, entre otras razones, a que las mujeres sufren mucho más el peso de las tareas domésticas y de la gestión cotidiana y local de los dependientes. Mientras que para los hombres el motivo principal de su permanencia en el medio rural es el arraigo patrimonial y económico, para las mujeres es la familia.

El modo en que las desigualdades de género impactan en el ámbito de la actividad económica y de la gestión de la dependencia ilustra claramente la complejidad del asentamiento en las áreas rurales. Aunque han mejorado las condiciones de vida de las áreas rurales, las políticas de desarrollo en el ámbito productivo no han sido plenamente exitosas en el objetivo de fijar a la población.

Cualquier enfoque de intervención en las áreas rurales pasa por reconocer la particularidad de sus problemas de cohesión. En primer lugar, atendiendo a la igualdad de género. El problema no es que haya más machismo en los pueblos que en las ciudades, sino que las desigualdades de género se amplifican en las áreas rurales. En segundo lugar, enfrentando el problema de la dependencia y la enorme carga que supone para la generación soporte. Se da la circunstancia de que la carga es proporcionalmente elevada, el poblamiento rural dificulta la atención y los servicios y equipamientos son a menudo insuficientes. Y en tercer lugar, se requiere comprender el papel clave del acceso a la movilidad, tanto para la configuración de los mercados de trabajo rurales como para la gestión de la dependencia.

Las diversas caras del despoblamiento expuestas permiten observar que no existe un proceso único y cerrado que lleve aparejada la desaparición indefectible de las áreas rurales. Más bien, el despoblamiento es indicativo del delicado equilibrio entre las poblaciones y el medio, entendido este de forma general, como el conjunto de condiciones que permiten a las poblaciones su supervivencia y desarrollo.

 

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