La Renta Básica Universal

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Antonio Tena

Tegucigalpa, Honduras.

images (3)La Renta Básica Universal como respuesta a la robotización y trabajo alternativo

La Renta Básica está concebida como un sistema preventivo y no paliativo de la pobreza, a diferencia de los sistemas de rentas mínimas u otras prestaciones. La educación, la sanidad y los derechos laborales se basan en el mismo principio.

Incluso en Estados Unidos, donde la recuperación y creación de empleo parece más robusta, los datos sugieren que la gran mayoría de los nuevos empleos creados a lo largo de la última década no fueron empleos estables en sectores tradicionales de la industria y los servicios sino lo que se ha venido a llamar Trabajos Alternativos (Alt-works).En Europa y en el contexto de la Unión Monetaria, la Gran Recesión se ha enfrentado fundamentalmente con recortes del Estado del Bienestar y flexibilización del mercado laboral. Ambos parecen haber tenido un impacto muy profundo sobre la pobreza y exclusión social especialmente en los países del Sur de Europa. Tenemos por un lado un nuevo tipo de pobreza asociada al desempleo de larga duración, y otra en relación al empleo precario de bajos salarios. Al mismo tiempo, en Europa la salida de la recesión está siendo muy lenta e incierta, mientras la desregulación del mercado laboral y las nuevas tecnologías de la información parecen estar favoreciendo la contratación parcial de trabajadores y servicios.

Los trabajos existentes, incluidos los que conllevan “tareas cognitivas no rutinarias” (pensar, básicamente), están en peligro de muerte como consecuencia de la informatización y robotización que tendrá lugar en los próximos 20 años. Es difícil predecir si surgirán nuevas necesidades y nuevos sectores demandantes de trabajo, pero en la actualidad prepararse para trabajar como piloto de avión, conductor de camiones, vendedor en un comercio, jurista, profesor de universidad o asesor financiero, es arriesgado, por no hablar de los trabajos más rutinarios en el sector industrial y de servicios que están siendo robotizados en algunos casos drásticamente.

Acemoglu y Restrepo, en uno de los primeros estudios que usan robusta evidencia empírica, sobre los efectos de la robotización en los Estados Unidos, estiman que, por cada robot instalado entre mil trabajadores, cerca de siete empleados pierden su trabajo y los salarios caen un 0,7% anualmente. Observan también cómo los efectos en el mercado de trabajo son contrarios a lo esperado, y el empleo creado en otras ocupaciones sustitutivas es muy pequeño. En sus conclusiones consideran que, aun suponiendo que en el largo plazo se pueda crear trabajo en otros sectores con más alta cualificación y los salarios suban, el efecto sobre las comunidades de trabajadores afectados es de gran calado.

Entre los economistas norteamericanos del mainstream, por un lado, están los que opinan que la economía internacional sigue en la secuela de la Gran Recesión y están convencidos de que el lento crecimiento de la economía está aquí para quedarse. Por otro, un grupo de economistas del MIT remarca la idea de los peligros de la robotización, los avances tecnológicos en las comunicaciones y la inteligencia artificial como causa de la desaparición de una gran cantidad de empleos tradicionales, y de la renovada aceleración de la deslocalización del trabajo en la cadena global multinacional.

Existen contradicciones aparentes entre los primeros que muestran un mundo con productividad estancada y bajas tasas de crecimiento y los segundos que nos hablan de un contexto de robotización y nuevas tecnologías que impulsan la hiperglobalización. Sin embargo ambos grupos de expertos coinciden en que se está produciendo una acelerada divergencia entre las tasas de crecimiento de la productividad, derivada del cambio tecnológico, y la redistribución de los beneficios de las nuevas tecnologías, es decir, el reparto del crecimiento entre las rentas del capital y del trabajo. En definitiva, el desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación y la robotización impulsan la multinacionalización de las cadenas de producción, la pérdida de empleos, la reducción de derechos laborales y al mismo tiempo un empeoramiento de la distribución de la renta y la riqueza.

En esta misma línea se puede constatar cómo los nuevos sectores de social media como Google, YouTube, Facebook, WhatsApp o Instagram los usuarios crean valor por miles de millones de dólares (economía de colaboración) que hacen difusa la frontera entre trabajo y ocio usando solo decenas de trabajadores pagados. Por no hablar de la nueva economía GIG o de “bolos” (“mercados de trabajo con contratos a corto plazo o freelance, “trabajo independiente”, lo opuesto a empleos fijos) en sectores como Uber o Blablacar que extienden el trabajo autónomo, precario y flexible.

Esto es lo que sostiene el informe del Mckinsey Global Institute, en donde estiman que 162 millones de personas, cerca del 30% de la población en edad de trabajar, en Estados Unidos y Europa, está involucrado en alguna forma de “trabajo independiente” cuyos ingresos primarios se derivan de sus “ganancias casuales” ya sea como principal ingreso o como ingreso complementario. Aparentemente se están reduciendo los empleos fijos disponibles y los que quedan no sirven para pagar las facturas.

El trabajo precario y los bajos salarios afectan especialmente a las mujeres. La incorporación de la mujer al tradicional mercado de trabajo pagado ha acentuado su sesgo durante la Gran Recesión hacia trabajos menos estables y peor pagados. A este sesgo hay que sumar el papel preeminente de la mujer en la llamada “economía de los cuidados” (nos referimos al trabajo no pagado en la producción de bienestar doméstico, cuidados de salud, infantil, discapacidades…etc.). En este sector el 66% del tiempo de trabajo de las mujeres —en contraste con el 24% del de los hombres— queda sin reconocimiento económico a pesar de las numerosas evidencias que muestran su contribución al bienestar, al desarrollo de capacidades humanas y al crecimiento económico de largo plazo (aunque quede fuera del sistema de cuentas nacionales).

Como sabiamente mantiene José Luis Rey, la tecnología no está poniendo en peligro el trabajo sino el empleo, estamos hablando de determinados tipos de empleos fijos remunerados y de cambios en el mercado de trabajo “Trabajo es toda actividad en donde las personas ponemos en práctica nuestras habilidades intelectuales y físicas, y mediante la cual interactuamos con la sociedad y obtenemos un reconocimiento”.  Los dos fenómenos que hemos descrito de robotización y creación de trabajo precario (Alt-work) son fenómenos impulsados por el cambio tecnológico e implican altos impactos sociales, mucha vulnerabilidad de los ingresos, alta movilidad y demanda de habilidades cambiantes.

La RBU puede contribuir a amortiguar socialmente este impacto, financiar las nuevas habilidades requeridas por los trabajadores expulsados del mercado laboral. La RBU, por ser un sistema de rentas incondicional, está concebida como un sistema preventivo y no paliativo de la pobreza a diferencia de los tradicionales sistemas de rentas mínimas o de otras prestaciones asistenciales. La educación y la sanidad universal incondicional, así como los derechos laborales, se basan en el mismo principio.

Estos derechos son complementarios con la RBU y tienen como función prevenir la desigualdad de oportunidades creada por la economía de mercado. Los tres derechos permiten mejorar el capital humano, extender la libertad de elección de las personas, mitigar el poder patriarcal de las familias y mejorar el poder de negociación de los trabajadores.

Por tanto, la pregunta no es si sustituir unos derechos por otros, sino si la Renta Básica Universal (RBU) es una medida complementaria efectiva para prevenir el desempleo, la precariedad y los bajos salarios. ¿Puede la RBU junto con los otros derechos irrenunciables históricos, conseguidos por el Estado del Bienestar, mejorar el poder de negociación de los trabajadores, estimular su capacitación y facilitar la reconversión a los nuevos trabajos de la sociedad del conocimiento?

 

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