¿Normalización?

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David Brooks   

siriaEl comandante en jefe ordenó el lanzamiento de 59 cohetes contra una base aérea en Siria y de repente todo pareció volver a lo normal. No había sucedido algo tan peligroso desde que Donald Trump fue electo.

Quien había sido calificado de aberración política, un bufón populista neofascista que amenazaba la democracia y los derechos humanos y civiles de todos, que repudiaba la ciencia y el derecho internacional, el que elevó la mentira y el engaño a niveles que asombraron hasta a los maestros de la farsa política en este y otros países, de repente ganó el elogio de la cúpula política de ambos partidos y de los medios tradicionales del país. Lo proclamaron normal.

Creo que Donald Trump se convirtió en presidente de Estados Unidos, declaró Fareed Zakaria, de CNN, quien había sido uno de los críticos de la política exterior de esta presidencia, al conocerse el ataque estadunidense contra Siria. Brian Williams, reconocido presentador liberal de MSNBC, fue más espeluznantemente lírico al reportar, viendo las imágenes proporcionadas por el Pentágono de los cohetes letales destruyendo objetivos, que había algo bello en estas imágenes y hasta citó un verso de la canción de Leonard Cohen, estoy guiado por la belleza de nuestras armas, sin reconocer que First we take Manhattan es todo menos un elogio a la guerra y la clase política.

Los grandes rotativos, que habían recuperado su pasión periodística y su coraje frente a un presidente que los declaró enemigos del pueblo y que buscaba contaminar el debate público con mentiras llamadas hechos alternativos, de repente volvieron a reportar la noticia oficial como si fuera equivalente a la verdad, y elogiaron el carácter decidido de Trump al ordenar un ataque que, por ahora, parece ser más efectivo para fines de política doméstica que para lograr algo en Siria o en el ámbito internacional. Algunos llegaron a poner encabezados como: En torno al ataque sobre Siria, el corazón de Trump fue primero (New York Times).

Uno pasaba de un canal de noticias a otro, revisaba un periódico tras otro, y –con sus notables excepciones– fue escalofriante el coro de apoyo de reporteros, comentaristas y expertos.

La cúpula política, incluido el liderazgo demócrata, se sumó al coro bélico para hacer eco de ese tan ensayado discurso oficial de hechos alternativos que habla de las fuerzas del bien batallando contra dictadores y criminales que matan a niños inocentes. Con notables excepciones (tanto de progresistas como de ultraconservadores que expresaron su oposición), la gran mayoría de los legisladores se colocaron en fila para marchar detrás de su comandante en jefe.

Trump había justificado la acción como respuesta al ataque con armas químicas en un pueblo en Siria que mató a más de 80 civiles, afirmó que lo que más le conmovió y que lo llevó a ordenar la acción al final fueron las imágenes de niños y hasta bebés hermosos muriendo. Afirmó que las muertes de civiles inocentes es algo inaceptable.

Unos pocos señalaron que hay una contradicción entre un presidente que dice que está conmovido por el sufrimiento de niños en Siria, pero que impide el ingreso de todo refugiado –incluidos menores– de ese y otros países musulmanes y nutre la islamofobia.

Otros recordaron (aunque casi ningún medio grande) que la coalición militar encabezada por Estados Unidos probablemente mató a 300 civiles, incluidos niños, en Mosul, Irak, hace sólo unas semanas en una serie de ataques aéreos. Es el peor incidente de muertos civiles desde que empezó la guerra contra el Estado Islámico hace dos años.

Unas 370 mil personas han muerto por la violencia directa de las guerras en Irak, Afganistán y Pakistán desde 2001 –y hasta 800 mil de manera indirecta– según el proyecto Costos de guerra del Watson Institute de la Universidad Brown. Más aún, desde que llegó Trump, algunas organizaciones de derechos humanos calculan que aproximadamente mil 500 civiles han muerto por ataques aéreos estadunidenses, reporta Newsweek.

Entre todos estos hay miles de niños y bebés hermosos.

John Oliver, gran comediante y extraordinario periodista, había advertido, rogado, desde la elección, que pasara lo que pasara por favor, nunca permitamos que Trump sea normalizado y que impedirlo es la primera tarea de los medios y los ciudadanos en este país.

Pero para gran parte de la historia moderna de Estados Unidos, lo normal es la guerra. De hecho, las guerras de Afganistán e Irak, y ahora en otras partes de la región, son ya las más largas de la historia del poder militar más grande de la historia. Por tanto, aparentemente lo único que necesitaba hacer Trump era ordenar otro ataque militar para que la cúpula política y los medios masivos lo trataran como más de lo mismo, o sea, normal.

Margaret Sullivan, columnista de medios del Washington Post, recordó que algo parecido ocurrió con los medios en los preparativos y lanzamiento de la guerra en Irak, y advirtió que aunque “los ataques con misiles podrán parecer excitantes, y las represalias justas (…) los periodistas y los comentaristas deberían recordar las virtudes más aburridas, como el escepticismo, la profundidad y el contexto. Y mantener sus ojos fijamente ahí, y no sobre las imágenes espectaculares en el cielo”.

El comandante en jefe que logró evadir el servicio militar obligatorio cuando era joven durante la guerra de Vietnam, que obtuvo nada menos que cuatro prórrogas (como lo hicieron muchos hijos de los ricos), de repente ha sido aclamado como líder firme y decisivo.

Con ello, el peligro ya no es sólo él, sino los cómplices de su normalización.

Por tanto, el gran desafío para las fuerzas conscientes de este país no es sólo rehusar aceptar esto, sino lograr que las guerras e intervenciones dejen de ser aceptadas como algo normal para este pueblo.

Suenan las campanas que aún pueden sonar/Olvídate de tu ofrecimiento perfecto/Hay una grieta en todo/Así es como entra la luz. Leonard Cohen (Anthem).

 

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