¿Es posible que un pandillero cambie?

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Carlos Martínez            

La revolución de las ovejas

el-pozo-2-300x169La facción Revolucionarios del Barrio 18 se ha partido. Pero esta vez, la división del Barrio 18 no se escribe en clave pandillera, no se trata de conflictos por poder o por dinero: la pandilla no se ha dividido apelando a la fuerza de las armas, sino a la fe evangélica. Esta es la historia de una iglesia, La Final Trompeta y de su líder, Carlos Montano, que desafiaron todo lo que se cree saber sobre esta pregunta crucial: Y otra, incluso con potencial mortal: ¿es posible decirle adiós a una pandilla y sobrevivir?

“Ahora mismo en los cielos se libra una gran batalla entre ángeles y demonios”.
Pastor Nelson Moz.

Al pastor Carlos Montano el alcohol todavía le circula en la sangre. Se hace de noche y sabe que no tiene sentido postergar más el castigo al que la pandilla lo ha condenado. Va como un hijo favorito caído en desgracia, sin ninguna esperanza de recibir perdón por su pecado.

Lleva puesta la bufanda con la que disimula los tatuajes pandilleros y un miedo sólido en el cuerpo, porque en el cielo hay un Dios, al que juró servir sin miramientos, y en la tierra está el Barrio 18, al que siendo un chico de 13 años le hizo una promesa similar.

No hay mucha ocasión para el trámite, así que el pastor Carlos Montano se presenta frente a la que fue su clica sin ceremonia alguna y todo mundo entiende que ha llegado la hora de cobrarle el agravio de jugar con los dos poderes a los que entregó su vida. Las promesas que se hacen a Dios y -en esta comunidad- las que se hacen a la pandilla, persiguen a los hombres para siempre.

Es conducido a una cancha de fútbol y va imaginándose como oveja entre lobos. El pastor Carlos Montano espera resignado a que su suerte sea echada. La pandilla nombra a los verdugos y pronuncia la sentencia previsible. Cuando todo está listo, el pastor Carlos Montano se pone de rodillas para abandonar su destino en manos de la furia de “el mundo”.

Quitarle la presa al león

En la cárcel de San Francisco Gotera la pandilla se ha partido.

En abril de 2015, esa prisión fue destinada exclusivamente a miembros de la facción Revolucionarios, del Barrio 18. Cerca de mil 100 internos ocupan ahora las celdas de ese penal. Entre ellos, poderosos líderes de la organización criminal. En octubre de 2016, casi la mitad de los pandilleros recluidos en esa cárcel tomaron una decisión sin precedentes: acordaron salirse de la pandilla, así, sin más: no formar otra pandilla, no convertirse en colaboradores del gobierno, sino salirse, dejar de ser pandilleros, dejar de llamarse con apodos pandilleros, dejar de obedecer a sus líderes pandilleros de clica y de tribu, a sus ranflas, a las normas internas de los Revolucionarios. No uno ni dos ni 100, sino más de 400 soldados diciendo un impensable adiós.

Para que su decisión quedara formalmente asentada, convencieron al director del penal de que les permitiera vivir separados de los pandilleros activos. Tomaron sus colchonetas y sus hamacas y se largaron, hartos de vivir revueltos con el pecado que se respira en el mundo, y se apartaron a sus propios recintos: de los seis sectores en los que se divide la cárcel de Gotera, el 4, el 5 y el 6 están destinados solo para las ovejas.

Aquel rebaño era conducido por un joven pastor evangélico, que se alzó como cabeza de la iglesia de pandilleros cuando apenas tenía 20 años y que a sus 24 era piedra angular del movimiento de pandilleros cristianos de la cárcel de Gotera. Su nombre es Carlos Montano.

Pero la promesa que se le hace a la pandilla es de por vida y no bastan unos versículos bíblicos y un portazo para decir adiós. Los líderes de los Revolucionarios no se tragaron la idea de que aquellos a los que conocían desde niños como rudos homeboys de la pandilla 18, de pronto resultaran en mansos cristianos y que la única explicación posible para semejante indisciplina fuera el misterioso llamado de Dios. Porque los Revolucionarios llevan en su ADN la memoria de la conspiración: ellos mismos fueron un grupo de descontentos que libraron hace más de una década una revuelta contra los líderes del Barrio 18 y terminaron partiendo la pandilla en dos facciones peleadas a muerte; así que encontraron que esta división se parecía sospechosamente a ellos mismos.

Y los rumores se echaron a correr, sueltos y peligrosos, por aquellas mazmorras vengativas, saturadas de hombres acostumbrados a resolver los problemas a plomo y machete. El ambiente en la cárcel se volvió tenso y lo odios acumulados por el desprecio apuntaron hacia el pastor de aquel rebaño díscolo. Le llamaron cobarde, para insultarlo, pero también traidor, para condenarlo a la muerte.

Un mes después de la separación de los cristianos, con la herida fresca y las dudas afiladas, el pastor Carlos Montano propuso a los líderes de la iglesia llevar a cabo una misión que atajara los rumores: deberían salir del resguardo seguro de los sectores cristianos de la cárcel para hacer una visita a los pandilleros activos en sus celdas y predicarles la palabra de Dios.

“No se dijo con palabras –recuerda uno de los líderes de la iglesia-, pero nuestros ojos declaraban que teníamos miedo. Pero luego pensé que si antes estaba dispuesto a morirme por nada, ¿por qué no iba a estar dispuesto a morirme por las cosas de Dios?” Así que se preparó la misión: 35 ovejas visitarían los sectores de pandilleros activos esperando volver enteros; o volver, a secas. Le propusieron la locura al director de la cárcel, Óscar Benavides, esperando que la autorizara. Y la autorizó.

“Yo tomé esa decisión –explica el director- porque yo conozco los principios cristianos y les dije: ‘no les voy a permitir que vayan a jugar una situación de hipocresía hacia Dios’. No soy cristiano pero conozco eso y les dije que tenían que hablar la verdad, sin andar con tanto miedo, porque si confiaban en Dios no les iba a pasar nada”.

Benavides es un hombre campechano al que es imposible diferenciar de cualquier custodio: suele llevar botas militares y alguna camiseta manchada por labores cotidianas de mantenimiento. Está convencido de que el movimiento de ovejas es genuino y habla de la Iglesia de la Final Trompeta con el orgullo con el que se elogia al propio hijo.

“Era una situación complicada –recuerda- y me pareció bien que fueran a hablar claro (con los activos). Temblaban un poco, y con razón. Yo les dije ‘van a agarrar al diablo por los cuernos y no van a andar con tanta paja porque si son cristianos y los matan, ahí ya saben para dónde van: van al cielo y eso ya es ganancia”.

La Final Trompeta

Carlos Montano no es el fundador de la Iglesia de la Final Trompeta y es imposible escuchar una explicación terrenal de por qué una iglesia de expandilleros terminó llamándose con el nombre de un instrumento musical tan dramático. La única historia que se repite entre las ovejas, como un hecho incontrovertible, es que fue el propio Dios el que acudió a los sueños de una mujer para susurrarle el destino de su marido.

En el año 2009, aquella mujer fue a visitar a su esposo, encerrado en la cárcel de Izalco con una larga condena, y le dijo que el Señor le enviaba un mensaje: él sería pastor y fundaría una iglesia a la que bautizaría según el versículo que reza: “… en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados”. Y aquel hombre, llamado Nilson y conocido como el Kilo de Quezalte, así lo hizo: fundó una iglesia con ese nombre, de la que era el pastor y esperó que otros pandilleros lo siguieran. Seis lo hicieron.

La Iglesia de la Final Trompeta no ha sido el único emprendimiento religioso fundado en una cárcel, ni el único dirigido y conformado exclusivamente por pandilleros. Existe una larga historia de iglesias –particularmente evangélicas- que surgen en el sistema penitenciario. Las pandillas, todas, han tolerado y convivido con religiosos que entran a sus cárceles y con sus propios miembros que abrazan –o que dicen abrazar- la fe.

La facción Revolucionarios del Barrio 18 tenía en 2009 al menos dos iglesias prosperando en las cárceles destinadas a sus miembros: “La Final Trompeta”, conducida por Kilo y creada en el penal de Izalco, y “Ariel, León de Judá”, fundada por William Galindo –el Showy de Las Palmas-, en la cárcel de Quezaltepeque.

Ser cristiano –oveja- en una cárcel es una declaración de intenciones: por lo general, las ovejas le hacen saber a la pandilla que en la medida de lo posible prefieren verse lejos de los asuntos criminales. Y normalmente la pandilla les prodiga la aceptación burlona que se les otorga a los cobardes, sometiéndolos a una rigurosa observación y midiendo su conducta milimétricamente: si te fumaste un cigarrillo, si haces bromas o si decís una palabrota, sos candidato a un castigo por haber intentado engañar a la pandilla y hacerte pasar por converso, por jugar con Dios y con el Diablo.

La amenaza del silencio

¿Volver a los sectores de pandilleros activos un día después de haberles robado más de 40 soldados? Para ello se necesita una dosis de locura, o de fe, o un buen cálculo. El pastor Carlos Montano había juntado un poco de todo antes de tomar aquella decisión aparentemente suicida. De su locura o de su fe ya se ha dicho bastante, y de su cálculo diremos que no se basa en el conocimiento de la Biblia, sino en el de su pandilla.

Carlos Montano no fue nunca uno de los grandes nombres dentro del Barrio 18. Comenzó a caminar con la pandilla cuando tenía 12 años y se brincó al Barrio 18 a los 13, en los alrededores de la Plaza Libertad. Asegura que llegó a conducir la clica de una comunidad de San Salvador. Hizo una carrera breve en la estructura y por eso asesinarlo no era un asunto que requiriera muchos trámites; pero la cosa se iba complicando: la Iglesia de la Final Trompeta no solo había seducido a soldados de bajo rango dentro de la pandilla, sino también a homeboys de muy alta jerarquía, de mucho mayor poder que el pastor Carlos Montano y de estatura similar a la de los líderes a los que se enfrentarían. Matarlos a ellos sí requería pensarlo dos veces y por ello el pastor Carlos Montano se hizo rodear de estas influyentes ovejas en aquellas misiones temerarias.

Por otro lado, un cálculo es solo un cálculo y en estas condiciones si el cálculo es atinado, vivís, pero si se te olvidó algún ingrediente, morís a machetazos y navajazos.

De nuevo el director del penal aprobó la visita, de nuevo la celda se cerró a las espaldas de los misioneros y los líderes pandilleros salieron a su encuentro. La adrenalina era un caballo desbocado y los caballos desbocados no son aconsejables en medio de una cirugía de corazón abierto.

“Estábamos parados y empezamos a hablar sobre lo que había sucedido. Nos acusaban de haber soplado (colaborado con las autoridades) y de haber partido la pandilla. Y Montano les dijo: ‘No hemos venido a pedirles permiso ni a negociar con ustedes, hemos venido a decirles lo que vamos a hacer”, recuerda Wilfredo Gómez, uno de los personajes en cuya influencia el pastor Carlos Montano había basado sus cálculos.

La celda se llenó de rumores y de acusaciones. De amenazas. El pastor Carlos Montano les anunció que las ovejas de La Final Trompeta se declaraban fuera de la pandilla y que habían decidido vivir según sus propias reglas. Y los rumores crecieron y aparecieron los primeros metales asomando su mal agüero. El pastor siguió con las decisiones ya tomadas: en cuanto se presente la oportunidad –les dijo- también nos vamos a borrar los tatuajes y, si hay ocasión, vamos a juntarnos con los hermanos cristianos de la Mara Salvatrucha. Entonces aquella celda se descompuso, infartada, al escuchar aquella cuidada selección de agravios. En el lenguaje callejero de las pandillas, borrarse los tatuajes equivale a cambiarse el apellido, a abjurar de tu familia… y llamar “hermanos” a miembros o ex miembros –da igual- de la Mara Salvatrucha es olvidar la sangre que ha corrido. Una y otra cosa suelen definir un destino: la tumba.

El pastor Carlos Montano había escogido las palabras perfectas para invocar un linchamiento: “Se alteró el ambiente y Montano les dijo que si querían cobrar que ahí estábamos, que comenzaran con nosotros. Mucha adrenalina: vimos corvos, punzones, fue una cosa tremenda”. Al contarlo, Wilfredo Gómez aún se encoge, como esperando el primer golpe.

Algunos quisieron cortar aquello por lo sano, o sea, matarlos en ese mismo momento: “Aprovechemos, es de darles ya”, se escuchaba, y otras voces secundaban. “Pero mirá cómo es Dios de poderoso –agradece Wilfredo Gómez, señalando al cielo-, otros decían que no, que no nos mataran y declaraban que no había que meterse con las cosas de Dios… y aquí estamos”.

Ninguno se atrevió aquel día a dar el primer machetazo o a enterrar el primer punzón. Lo que había que decir estaba dicho y lo que iba a pasar había pasado. Se hizo el silencio y los misioneros salieron de la celda taladrados por los ojos de la pandilla.

“Ya no hubo más palabras –cuenta Wilfredo Gómez-, luego se hizo el silencio”.

De ese silencio oscuro fueron naciendo rumores que treparon las paredes de la cárcel y se esparcieron por la calle. El silencio de la pandilla puede significar, a partes iguales, un indulto o una condena de muerte.

El pastor Carlos Montano cumplió su condena el 26 de octubre de 2016, unas semanas después de haber declarado la independencia de La Final Trompeta ante los líderes pandilleros. El director del penal recuerda que Montano solicitó autorización para permanecer unos meses más dentro de la cárcel para poder consolidar su obra, pero que fue imposible concederle ese tiempo. La Iglesia lo despidió como al ungido de Dios para expandir la obra en las calles y el pastor salió con la idea de que al hacer pública la conversión de un rebaño tan grande, muchas iglesias, oenegés o, con suerte, la sociedad salvadoreña, correrían a abrazar el proyecto. Pero eso no ocurrió.

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