Jaula de locos

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David Brooks

Vieja broma: en un manicomio un paciente anuncia a todo volumen: soy Napoleón. Desde otra esquina, otro pregunta ¿Quién te dijo eso? Responde el primero: Dios. Desde el otro lado se escucha otro paciente: Nunca te dije tal cosa.

Estamos en una jaula de locos/as. Es casi imposible resumir lo ocurrido esta semana con el Napoleón y todo su entorno en la Casa Blanca. Los periodistas, comentaristas, veteranos de la política y cualquier observador más o menos cuerdo y consciente está mareado y agotado ante el torbellino que sacude Washington, a veces con terror, a veces con carcajadas (más bien una combinación de ambas).

Han sido siete días en que los términos obstrucción de la justicia, Watergate, encubrimiento, Nixon, crisis constitucional y hasta impeachment han imperado como resultado de, quizá, la semana más asombrosa de los cuatro meses que lleva esta espeluznante presidencia.

Un resumen de algunos de los sucesos en el manicomio de Washington la semana pasada tendría que incluir lo siguiente:

Trump despidió al director de la FBI, James Comey, quien encabezaba una investigación sobre una posible colusión entre Rusia y la campaña electoral de Trump en 2016. Es sólo la segunda vez en la historia en que un presidente despide a un funcionario encargado de una investigación sobre el presidente; la primera fue Richard Nixon en 1973, cuando ordenó el despido del fiscal independiente que estaba investigando lo que se conoce como el escándalo Watergate.

La justificación inicial que ofreció Trump, repetida por tres de los voceros presidenciales y el vicepresidente, Mike Pence, ante la opinión pública y el Congreso, fue de que se actuó sólo por la recomendación del Departamento de Justicia de cesar a Comey por su manejo atroz de la investigación sobre los correos electrónicos de Hillary Clinton el año pasado.

El subprocurador general, Rod Rosenstein, enfureció ante tal afirmación, y hasta consideró renunciar, ya que sólo cumplió con la orden de Trump de preparar un informe sobre Comey, pero nunca recomendó su despido.

Mientras tanto, Trump y la Casa Blanca resaltaban que las filas de la FBI no confiaban en Comey. El subdirector de la agencia, invitado a presentarse ante un comité del Congreso refutó esa acusación, subrayando que Comey contaba con pleno y amplio apoyo dentro de la corporación. La Casa Blanca había contemplado una visita de Trump a la sede de la FBI, pero después de esto aparentemente se rajaron.

Aunque casi nadie aceptó la versión oficial de que Comey fue despedido por su manejo de la investigación sobre Clinton (que en principio fue elogiado por Trump durante la campaña), la Casa Blanca aseguró que ese fue el único motivo, y descartó tajantemente que tuviera algo que ver con la investigación sobre los vínculos del equipo de Trump con el gobierno ruso.

El jueves en una entrevista con NBC News, Trump contradijo toda la narrativa oficial de la Casa Blanca al revelar que ya había decidido correr a Comey antes de cualquier recomendación y que lo de los correos de Clinton no era el motivo: “cuando lo decidí me dije a mí mismo: ‘sabes, esta cosa de Rusia con Trump es un cuento fabricado’”.

Trump contó que cenó con Comey en enero y ahí le preguntó si estaba bajo investigación, y éste le aseguró que no; algo que nadie cree, ya que la FBI no suele revelar nada sobre sus investigaciones en curso. Otra versión, de gente cercana a Comey, fue que Trump en esa cena le pidió lealtad y que el director le respondió que podía contar sólo con su honestidad, al parecer eso no fue suficiente (la FBI goza, formalmente, de cierta autonomía justo para no ser sujeta a presiones políticas, por ello, el plazo de un director es de 10 años; Comey había cumplido cuatro).

Estos sucesos de la semana fueron acompañados de escenas que ni el mejor maestro de sátira política podría superar. Un día después de despedir a Comey, lo que provocó críticas en el sentido de que estaba tratando de frenar la investigación sobre los rusos y su campaña, Trump recibe en la Casa Blanca nada menos que al canciller ruso y al embajador de Moscú en Washington (el embajador es una de las figuras clave en las supuestas relaciones sospechosas con varios socios y asesores de Trump). La reunión es a puerta cerrada y no se permite ni una fotografía, y la Casa Blanca no emitió una foto oficial, pero una foto apareció, regalo de la agencia oficial rusa Tass.

Ese mismo día, a fotógrafos y reporteros de repente se les permitió ingresar para ver a Trump sentado al lado de un personaje de renombre: Henry Kissinger. Así, en un día en que se escuchaban los ecos de Watergate por el despido de Comey, apareció en el escenario una de las figuras más prominentes del gobierno de Nixon (su secretario de Estado y estratega).

La semana concluyó con una amenaza del presidente: en torno a la famosa cena con el ahora ex director de la FBI, Trump declaró en un tuit que Comey “debería esperar que no haya ‘cintas’ de nuestras conversaciones antes de que empiece a filtrar a la prensa”. Esto no sólo generó preguntas sobre si existen o no grabaciones secretas, sino que de inmediato recordó las famosas grabaciones y los 18 minutos borrados de reuniones de Nixon con sus asesores, evidencia que fue clave para hundir su presidencia. Algunos legisladores ya han solicitado las cintas, si es que existen.

Por todo esto, la pregunta en el aire ahora es si esto marca el principio del fin de Trump. Ya se multiplican las demandas para que se nombre un fiscal independiente no sólo para investigar el vínculo de trumpistas con el Kremlin, sino para evaluar si hubo un encubrimiento e incluso una obstrucción de la justicia del presidente y sus colegas.

Mientras tanto, después de su ataque directo a la FBI para, aparentemente, frenar una investigación de su gobierno (y anteriormente insultar a la CIA, a jueces federales, y los medios nacionales) algunos recuerdan que la fuente clave conocida como garganta profunda de los periodistas del Washington Post en su investigación periodística del Watergate –que llevó al fin del gobierno de Nixon– fue nada menos que el entonces subdirector de la FBI.

Tal vez más internos de ese manicomio ahora se atreverán a cuestionar si ese Napoleón debe permanecer como emperador en esa jaula de locos.

 

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