Maduro le teme a la soberanía popular

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 El Nuevo Herald             

Mientras el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, sigue insistiendo en la creación de una Asamblea Constituyente, la oposición no deja de tomar las calles para manifestar el descontento general contra el gobierno.

Las protestas se iniciaron a fines de marzo, y pese a varios intentos de diálogo, el gobierno y la oposición no han llegado a ningún entendimiento.

Los opositores exigen que se realicen elecciones generales, se deje en libertad a los presos políticos y se desarme a los grupos paramilitares chavistas conocidos como colectivos, entre otras peticiones. Pero en el Palacio de Miraflores no escuchan ese clamor popular.

El viernes, el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, dijo en Washington que la Asamblea Constituyente convocada por Maduro es “parte de la crisis y no solución”.

Almagro ha dicho que la convocatoria de la Constituyente es un intento del gobierno para “tratar de lidiar con una nueva Constitución que le permita acciones que en la actual son inconstitucionales”.

El secretario general de la OEA criticó lo que considera una “completa falta de independencia” del Tribunal Supremo de Justicia y del Consejo Nacional Electoral.

La propia fiscal general de Venezuela, Luisa Ortega Díaz, se opuso cívicamente a la Constituyente. El jueves pasado dijo que la aprobación por el Tribunal Supremo de Justicia de la elección de una Asamblea Nacional Constituyente era un “retroceso” en materia de derechos humanos si antes no se hace una consulta a la ciudadanía mediante un referendo.

Para la fiscal Ortega, la participación popular en el proceso de la Constituyente “ha sido reducida a su mínima expresión”.

Eso es inadmisible y es antidemocrático. Pero Maduro sigue adelante con sus planes de modificar la Constitución, y no muestra el menor intento de someter su decisión a la voluntad del pueblo.

La Constituyente es otra treta para ganar tiempo ante el malestar popular que se refleja en las manifestaciones diarias. Hasta ahora las protestas han tenido un penoso saldo de al menos 62 muertos, más de 1,100 heridos y cientos de detenidos. Y el gobierno se muestra incapaz de resolver la situación de alguna manera, de buscar un pacto con una oposición desesperada ante la crisis y la devastación nacional.

La antes rica Venezuela es hoy un país arruinado donde todo escasea, incluso los alimentos básicos y las medicinas. A esa situación angustiosa hay que agregar la represión desatada por el gobierno en su afán de conservar el poder.

La única solución razonable para el régimen de Maduro consistiría en dialogar con la oposición y acceder a celebrar elecciones generales anticipadas. Como ha señalado Almagro, unas elecciones locales o regionales no son la solución, porque el malestar popular es contra el modelo impuesto por el gobierno central.

Un cambio en la Constitución tampoco va a resolver los problemas urgentes que afronta Venezuela. Pero Maduro no quiere someterse a la decisión popular, sino imponer sus criterios.

Como dijo la fiscal Ortega, recordando al difunto presidente Hugo Chávez: ¿acaso le tenemos miedo a la soberanía popular? Pues sí; en efecto, Maduro le tiene miedo a la soberanía popular.

 

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