Macron y el fin de las ideologías

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Guillermo Vázquez       

¿Alguien se acuerda de Emmanuel Macron? Han sucedido tantas cosas recientemente que las nacionales francesas han pasado a un segundo o tercer plano. Vamos, que entre las primarias del PSOE, el reciente atentado en Manchester, Trump y sus tuits cargados de posverdad y los inacabables escándalos de corrupción del PP, da la impresión de que el político francés se hubiese recluido en algún castillo de la campiña, como en su momento hacían los Rolling Stones.

Sin embargo, no andamos muy desencaminados. Tras la resaca electoral, las dos semanas en el Elíseo de Macron no han dado para mucho. Las noticias son tan escasas, que los medios de comunicación han tenido que tirar de ingenio y generar debate a partir de la comparativa entre los apretones de mano que el líder francés dispensó respectivamente a Trump y a Putin.

Pero, ¿realmente hay algo novedoso o rupturista en “el caso Macron”? Considero que no. El programa de En Marche! supone un continuismo, incluso un recrudecimiento, de la política puesta en práctica por Hollande en Francia, así como la confirmación de la senda neoliberal comandada por Alemania en el caso europeo. Con la victoria de Macron todos, o casi todos, respiran tranquilos. Las aguas han vuelto a su cauce y pueden continuar con su rutina política.

Entrando en detalles, este candidato presentaba un programa basado en la reducción progresiva del sector público, la transición energética, la reforma laboral y la famosa Europa a varias velocidades. En otras palabras, no me extraña que los medios hayan tenido que tirar de ingenio, pues la llegada de Macron al Elíseo implica precisamente eso, nada nuevo. Más recortes, más reforma laboral y más, mucha más, unión europea “a la alemana”.

En el ámbito nacional, Macron intentará situar el déficit público por debajo del 3% del PIB, lo que implicará una drástica reducción del diferencial entre gastos e ingresos de aproximadamente 10.000 millones de euros. Su estrategia en ese sentido es tan sencilla como alarmante: reducir la plantilla de funcionarios en 120.000 personas. No obstante, a modo de compensación defiende una mejora de los servicios públicos mediante una ampliación del personal en los sectores de sanidad, educación y seguridad.

Esta drástica reducción del sector público vendrá acompañada de un programa de reconversión energética e industrial que, centrado en las renovables, supondrá el cierre de todas las plantas de carbón y energía fósil. En conclusión, la reducción del déficit la pagarán los trabajadores del sector público y toda la industria de energía fósil.

Pero con todo, las cuentas no cuadran. Las cifras anteriores son claras ante un volumen de ingreso público invariable. Es decir, si invierto por 50.000 reduciendo mis gastos en 60.000, acabaré ahorrando por 10.000. Pero Macron ha prometido la reducción de los impuestos por varias vías: reducción de las contribuciones a la seguridad social por parte del trabajador, reducción del impuesto de sociedades, reducción del impuesto a la vivienda y la sustitución del impuesto a la fortuna por otro que grave la posesión de inmuebles, pero excluya el patrimonio financiero.

En total, calcula un ahorro para los actores económicos de unos 20.000 millones de euros, que en términos financieros supone una importante reducción de los ingresos públicos. Con esta cifra de ingresos, si el líder galo pretende reducir el déficit hasta situarlo por debajo del 3% del PIB, tendrá que elegir entre reducir el montante de la inversión pública, iniciar un programa de recortes públicos todavía más dramático, o por qué no, ambas cosas. Y este hecho es interesante y creo que ha pasado bastante inadvertido. Si Macron quiere cumplir con su programa, tendrá que hacer más recortes de los prometidos.

Pero Francia no está sola, tiene a la Unión Europea de su lado, y así Macron no ha dudado en decir públicamente que España y sus medidas de austeridad son un ejemplo a seguir para todas las economías europeas. No sorprende, entonces, que a esta política masiva de recortes en el gasto público le acompañe una profundización de la reforma laboral, la polémica “ley El Khomri”, que a su manera es un reflejo de la reforma laboral aprobada en España por el Gobierno de Rajoy.

De manera más clara, lo que nos espera en la legislatura de Macron son más recortes de los prometidos, una mayor desregulación del mercado laboral, la reducción de las ayudas públicas en materia de seguridad social y desempleo y, en consecuencia, un traslado de la responsabilidad económica desde el ámbito público hacia el privado. Alemania y la Comisión Europea está definitivamente contentos con la victoria de En Marche!

Un programa “ni de derechas, ni de izquierdas”, mantenía Macron en plena campaña. Pero claro, a mí esta afirmación me recordaba a Fukuyama y su famoso “fin de la historia”. Se acabaron las ideologías, no son necesarias. El modelo funciona, que todo el mundo lo ponga en práctica. Esto es “el centro”, aséptico y funcional. Pero hay un matiz que por mucho que se repita no deja de ser importante. El programa de Macron, como el de España, Alemania y la Unión Europea, tiene ideología. Son programas claramente neoliberales, y en consecuencia está escorado a la derecha. Que no nos engañen con sus artimañas políticas. El neoliberalismo no es el centro.

 

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