“EE.UU. ve una C.A. simplificada y caricaturesca”

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Nelson Rauda Zablah

La costarricense Rebeca Grynspan disimula, bajo una sonrisa amable y evidente sentido del humor, su fama de mujer fuerte. La revista Forbes la incluyó en su lista de 50 mujeres mas poderosas de Centroamérica en 2016, y aún más grandilocuente fue el título que le dio el pasado octubre el periódico El País: “La Guardiana de Iberoamérica“. Pero Grynspan, titular de la Secretaría General Iberoamericana (Segib) desde 2014, no hace alarde. Aunque con el currículum que tiene, podría.

Es economista y politóloga. Fue entre 1994 y 1998 vicepresidenta de su país, donde también ocupó los cargos de viceministra de Hacienda y ministra de Vivienda. En 2006 asumió la dirección regional del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en América Latina. Cuatro años más tarde ascendió al cargo más alto que una mujer ha ocupado hasta ahora en las Naciones Unidas: secretaria general adjunta. Desde 2014 es secretaria general en un organismo que aglutina a 22 países, 19 de Latinoamérica y tres de Europa, y que tiene agenda de trabajo en las áreas de educación, cultura e innovación.

En estos tiempos de convulsión internacional, Grynspan asume el optimismo como connatural al cargo. El Faro la entrevista para repasar los grandes problemas que enfrenta Centroamérica y ella, de entrada, discrepa del diagnóstico sombrío que este periódico le expone. Para defender el vaso medio lleno, hace comparaciones con el pasado más salvaje de la región: “En mi tiempo, cuando había una crisis política, había un golpe militar”, dice.

En esta entrevista, la diplomática de 61 años aboga por que los países del Triángulo Norte usen todos los espacios posibles para evitar un “diálogo de sordos” con Estados Unidos. Grynspan se refiere a la administración de Donald Trump como “un terreno minado”, pero cifra sus esperanzas en los contrapesos de la sociedad estadounidense, y en la gente racional en el gobierno. Se dice una opositora férrea de la condicionalidad para la cooperación. Eso sí, dice que Centroamérica debe sentarse a negociar “con la tarea hecha” y con la convicción de que puede influir en el resultado final de negociaciones acerca de economía y migración.

Si vemos país por país, podríamos decir que la región centroamericana se está hundiendo.
¿Puedo discrepar del diagnóstico? Ja, ja, ja. Lo digo con sinceridad, por una razón: creo que hay una mirada distinta entre mi generación y la generación de ustedes, y me parece que debemos conversarlo. Porque claro, mi generación sí vivió los procesos de paz y sí vivió la guerra anterior y sí conoce la Centroamérica de antes. Tenemos un punto de comparación que es distinto al vuestro. Y ahí probablemente haya una divergencia. Deberíamos promover un diálogo intergeneracional para que nosotros tengamos más conciencia de cómo lo viven, lo piensan y lo ven los jóvenes. Y con los jóvenes me parece que nosotros tenemos una experiencia también que compartir, que no es irrelevante, para plantear el futuro.

Se me viene a la mente esa frase de “antes estábamos peor”.
Lo digo porque yo creo que el mayor desmovilizador para el cambio es creer que nada puede cambiar. O que el cambio para mejor no es posible. Yo creo que esta región ha demostrado que sí puede cambiar, aun dentro de problemas muy serios. El problema de inseguridad ciudadana dentro de la región es sumamente serio, estructuralmente. Si no se ataca razonablemente, eso impide que pueda haber mucho más crecimiento, mucha más equidad y sostenibilidad.

Me pregunto si podemos hablar de optimismo en un momento en el que Centroamérica se está vaciando por los flujos migratorios y la violencia.
Solo el 16 % de los jóvenes en El Salvador consiguen empleo, así que los demás tienen que ver dónde se van. ¿Eso es lo que me estás diciendo?

Exacto, pero no solo se trata del empleo. Nuestro diagnóstico es este, si repasamos todos los países: Guatemala está saliendo de una crisis política y a punto de meterse en otra; Honduras ha tenido esa convulsión política y violenta desde 2009 y está en un proceso electoral con la misma razón que causó el golpe de 2009; Nicaragua es una dictadura familiar; El Salvador tiene cifras de violencia y prácticas de cuerpos de seguridad similares a las de los años 80. Mientras tanto, Costa Rica, para decirlo coloquialmente, se va centroamericanizando, es decir, va adoptando problemas que solían ser más propios de sus vecinos. ¿No coincide en este diagnóstico?

Sí y no, como diría Chespirito. Sí en el sentido de que es evidente que hay problemas muy serios que no hemos podido solucionar y nos está costando mucho tener un consenso entre las fuerzas políticas para enfrentarlos de manera efectiva. Esto es un problema serio. Son problemas que no se pueden enfrentar por gobiernos itinerantes cada cuatro años. Son procesos que se tienen que enfrentar con una visión de largo plazo y con un proyecto de país. Nos está costando mucho encontrar ese espacio donde, a pesar de las divergencias, tengamos un proyecto común de sociedad. La polarización impide que eso sea posible.

Ahora, cuando usted me dice: “Guatemala está saliendo de una crisis política y entrando a otra” yo le digo, bueno, pero en mi tiempo, cuando había una crisis política, había un golpe militar. O sea, yo veo que Guatemala es una sociedad con una ciudadanía mucho más activa y veo que la crisis política a la que usted se refiere va a tener una salida institucional. Yo prefiero eso que un país en el que no pasaba nada o en el que cualquier cosa que pasara, lo que había era un golpe. No estamos ante esa situación en Guatemala. Usted me puede decir que prefiere que no haya crisis políticas. Bueno, pero es que no hay transiciones hacia sociedades mejores sin que algo pase en la estructura institucional.

Es cierto que las instituciones públicas se han quedado rezagadas con respecto a la sociedad, y parte de lo que estamos viendo es un desencuentro entre sociedades mucho más demandantes e instituciones rezagadas con respecto a esas demandas. Ahora, eso nos puede llevar a sociedades mejores, no necesariamente peores, dependiendo de cómo resolvamos este desencuentro. Por eso le digo “sí y no”. Sí hay un problema pero ese problema podría llevarnos a sociedades mejores. Ahora sí hay crisis por la corrupción. No solo en Centroamérica, veámoslo en Latinoamérica. Hoy en muchos lados sabemos los nombres de los jueces y no de los generales.

¿Esto significa que estamos en un momento complicado? Sí, pero yo prefiero esa complicación que la otra. Yo prefiero que haya una ciudadanía menos tolerante a la corrupción y a la inequidad y que, por lo tanto, su voz produzca temblores en el sistema institucional.

Las instituciones se han quedado rezagadas, dice usted, ¿pero no cree que la ciudadanía también?
Yo creo que hoy tenemos una ciudadanía mucho más activa que antes. Pero es activa de maneras distintas a como lo era anteriormente. Pongamos el tema de los jóvenes. No es que están participando a borbotones en los partidos políticos, pero se están manifestando de otras maneras. Lo que pasa es que los partidos políticos no han sabido abrirse a la renovación que el nuevo mundo implica, a las redes y las otras formas de participación. Tenemos que volverlo a pensar y no tenemos todas las respuestas. Este es un mundo de cambios tectónicos, no son cambios marginales los que estamos viviendo. No es fácil para las instituciones adaptarse. Yo no sé cuál va a ser el resultado final, pero por eso digo: ¿Tendrá el sistema político e institucional la capacidad para resolver esto hacia mejores sociedades y no hacia atrás? No creo que en todos lados tengamos exactamente el mismo panorama, habrá más fortalezas en unos lados que en otros para resolverlo. Pero por lo menos hay algo del vaso medio lleno.

Costa Rica se considera no capacitada para aguantar una llegada masiva de inmigrantes desde los países del Triángulo Norte por motivos como violencia extrema, pobreza extrema y persecución política incluso. Este tipo de expresiones son para nosotros un vaso medio vacío, pero usted es optimista.
Yo lo que digo es que hay que tener una mirada balanceada. No es solo por optimismo. En el caso de Costa Rica, donde definitivamente hay preocupaciones de inseguridad ciudadana, más que el tema de la migración es el tema del crimen organizado.

Narcotráfico.
Sí. Pero el crimen organizado es internacional. Ahí mi preocupación es que no hay ningún país nuestro que por sí solo pueda enfrentar este fenómeno. Costa Rica sola no va a poder, El Salvador solo tampoco, México tampoco. Necesitamos la colaboración de Estados Unidos y esa es mi preocupación: que el problema del crimen organizado internacional no sea tema de solo un país. Ahora, los países tienen más o menos fortalezas para evitar que eso los destruya, que eso mine su institucionalidad democrática, sí. Yo creo que Costa Rica todavía tiene fortalezas institucionales importantes que puede usar para hacerle frente a las peores consecuencias de ese fenómeno. Pero va a sufrir por ese fenómeno si no hay mucha mayor colaboración internacional.

¿Decía que su preocupación es si Estados Unidos va a colaborar?
Estados Unidos y Centroamérica.

Exacto.
Vea. En todos estos temas siempre ha habido esta discusión de “la mano dura” o la “mano suave”. Yo siempre he dicho desde un documento que produjimos en el PNUD que lo que necesitamos es una mano inteligente. Necesitamos mucha mayor colaboración en temas de inteligencia. Necesitamos ser mucho más sofisticados en la manera de enfrentar ese fenómeno. Necesitamos mucha más capacitación de la policía, una policía que efectivamente lo enfrente y no se corrompa en el proceso. Digo, ¿esas son cosas fáciles de hacer? No, pero tampoco fue fácil ponerle fin a la guerra.

¿Y estamos dando los pasos correctos en virtud de esa sincronía que debe haber, por lo menos contra el crimen organizado?
No, yo creo que debemos hacer más en eso. De lo que me ha dicho gente que trabaja en esto, y aquí yo no soy una experta, hay más colaboración de lo que había en el pasado, pero que no estamos haciendo todo lo que podríamos hacer para efectivamente enfrentarlo de manera conjunta. Así que ahí usted tiene razón: tenemos un déficit de colaboración para tener una estrategia común de la región.

Para esta mayor colaboración, ¿usted cree que la idea de integración centroamericana es una idea…
… De los 80, ja, ja, ja.

Claro, con el mercado común, pero incluso desde antes, con esta concepción  de vernos como región, de integrarnos. ¿Cómo se vería esto en la práctica en 2018?

Yo hable de más colaboración, fui cuidadosa en no usar la palabra integración jajaja. Creo que sí puede haber más colaboración, Europa lo está mostrando. Europa ha tenido enormes problemas de colaboración en los temas de inteligencia y para enfrentar el terrorismo. Hoy en día, enfrentados ante la situación han tenido que hacerlo y les está yendo mejor.  No han solucionado el problema porque estos son problemas muy serios, de muy larga data pero la colaboración se puede dar en marcos razonables y, si no se da, yo creo que vamos a fracasar en nuestro intento de mejorar. Ahora, ¿lograremos hacerlo? Yo creo que Centroamérica no es el peor ejemplo de colaboración.

Por lo menos el mercado común centroamericano hoy día tiene más institucionalidad que el resto de esquemas de integración de América Latina. Lo que sí le puedo decir es que mi generación fracasó en integración económica. O sea nosotros quisimos hacer la integración, lo propusimos mil y una veces y no lo logramos. Yo hoy decía que América Latina tiene uno de los porcentajes más bajos de comercio intrarregional, con respecto al comercio total de la región, es menos de un 20 %. Centroamérica tiene un poquito más y Mercosur tiene más, pero el resto es bastante bajo. El comercio intrarregional en Europa es un 60 % del comercio total. Tendríamos allí una muy buena razón, especialmente ahora con los fenómenos globales de volver nuestra mirada a una mayor integración, por lo menos económica, y una mayor  colaboración en las fronteras.

¿Qué papel tienen estos grandes países en el sistema iberoamericano a la hora de aportar plata pero no exigir estos cambios? Parte del estado de la situación actual es como que no hay nadie azuzando: “miren, les vamos a dar este dinero pero, de una vez por todas, hagan esto que tanto urge”.  ¿Cómo ponderaría el papel de esos liderazgos?


Lo que usted me dice es muy interesante porque yo soy una de las personas que más ha peleado en contra de la condicionalidad, jajaja, de la ayuda. Yo no estoy muy convencida de que la ayuda tenga que tener condicionalidades políticas, porque la puede tener usted de un lado bueno o de un lado malo. O sea, si aquí de lo que se trata es de quien le da más plata, y el que le da más plata, diay, tiene otra manera de comportarse, otros valores, pues a mi me parecería mal. Ahora sí hay plataformas de aprendizaje mutuo y, en eso sí creo. Mi sorpresa al llegar a la Secretaría General Iberoamericana es que encontré una forma de hacer cooperación que realmente considera que no hay país tan pobre que no tenga nada que dar, ni país tan rico que no tenga nada que aprender.

Yo sí creo que hay cosas de España que tenemos que aprender, pero también creo que América Latina tiene muchas cosas que enseñarle a España. En la medida en que rompamos esa dicotomía, esa verticalidad, creo que nos vamos a equivocar menos. Porque le voy a decir la verdad, yo viví los 80 y la condicionalidad cruzada de todos los organismos internacionales. Y sé lo que es enfrentarme a una idea que me parecía equivocada y sufrir las consecuencias, y el tiempo nos ha dado la razón a muchos de nosotros porque esa idea era la equivocada y esa condicionalidad no nos ha llevado a un mejor sistema. ¿Me explico lo que te digo?

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