¿Y a ti por qué te pagan?

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Miguel León   

Hay diferencias esenciales cuya dialéctica condiciona nuestra vida en sociedad. A pesar de su importancia, sin embargo, muchas veces las obviamos. Una, por ejemplo, es la diferencia entre las palabras y los hechos, y la confusión entre ambas lleva aparejado mezclar la realidad con los deseos. Otra, no menos importante, es la diferencia entre ser y estar, y bendito sea el castellano porque no es tan fácil encontrar una lengua que permita explicitar esta distinción: ser feo no es lo mismo que estarlo, y estar trabajando no implica ser un trabajador; y lo mismo sucede a la inversa, claro, porque uno puede ser feo y ocultarlo muy bien, y también puede ser un trabajador sin haber conseguido que lo contraten ni siquiera una vez.

Otra diferencia, que quiero tratar con un poco más de detalle, es la que existe entre los motivos por los que a uno le pagan y las razones gracias a las cuales uno consigue sobrellevar su vida laboral. Con frecuencia confundimos una cosa y la otra, porque el fetichismo de la mercancía desdibuja otra diferencia más profunda: la distinción entre fuerza de trabajo y trabajo. El trabajo es el resultado de la puesta en movimiento, en la esfera de la producción y bajo las órdenes del capital, de la fuerza de trabajo.

La fuerza de trabajo es lo que el trabajador le vende, a cambio de un salario, al empresario que ofrece un empleo. El salario paga la fuerza de trabajo, es lo que esa fuerza de trabajo vale como mercancía. Que el valor producido por el trabajo de esa fuerza de trabajo sea mayor que el valor de dicha fuerza de trabajo no es exactamente un robo a mano armada. Es consecuencia de una propiedad potencialmente contenida en el valor de uso de la fuerza de trabajo, que es una “mercancía especial”. Pero su manifestación efectiva no depende del trabajador sino de la pericia organizativa del capital al servicio del cual opera.

Son las reglas del juego del contrato mercantil: yo te vendo lo que tengo, y allá tú cómo lo uses. Si me contratas pero no me das tarea, no controlas mi presencia en el centro de trabajo, etc., el problema lo tienes tú, no yo. Pero este tipo de dejación de funciones por parte del capital es muy poco frecuente: lo normal es lo contrario, que controlen hasta cuánto tiempo tardas en mear.

Los motivos por los que a uno le pagan vienen dados por las funciones provechosas que uno cumple para la reproducción del capital. Las razones gracias a las cuales uno consigue sobrellevar su vida laboral son las que hacen tolerable la sumisión prolongada, y objetivamente inútil, de nuestra voluntad a la de otro ser humano al cual llamamos (en el mejor de los casos) jefe. Si hablamos del capital productivo en términos estructurales, las cualidades del trabajo concreto que realiza la fuerza de trabajo forman parte de las razones gracias a las cuales el trabajador sobrelleva su sumisión; es ese trabajo concreto el que a uno le gusta, el que uno sabe hacer, el que uno puede ofrecer a la sociedad y así sentirse útil y reconocido, etc.

El hecho de que ese trabajo concreto, trátese de hacer panes o de fabricar bombas, crea en la economía capitalista un plusvalor que el capitalista se apropia es, hablando en términos estructurales del capital productivo, el motivo real por el que se paga a los trabajadores.

¿Y a ti por qué te pagan? Lo que está claro es que a ninguno nos pagan por pensar. O sea, nos pueden pagar por hacer uso de nuestras facultades mentales, pero no nos pagan por reflexionar de forma autónoma, crítica, profunda, sobre el objeto de nuestro trabajo. La mejor prueba de esto es que las traducciones se pagan de acuerdo con la cantidad de palabras, como si todas las palabras fueran igualmente fáciles de traducir. A lo sumo el coste por palabra varía en función de la dificultad estimada de un texto, pero incluso dentro de un mismo texto no todas las palabras y frases se vuelcan con la misma facilidad a otro idioma.

¿Y a ti por qué te pagan?, pregunto. La capacidad que los trabajadores de una sociedad tienen de contestar esta pregunta con franqueza absoluta, sin caer en el autoengaño, es un medidor excelente del estado en que se encuentra la lucha de clases. Si sabes distinguir los motivos por los que te pagan de las razones que te mantienen enganchado al sistema, eres capaz de verte con una distancia crítica idónea, y el día que nos dé por hacer la revolución va a ser de mucha ayuda. Siempre y cuando no hayas caído presa del cinismo, claro.

Para que nadie se ofenda más de la cuenta, empiezo por mí mismo. A los politólogos no nos pagan para fortalecer democracias, sino para asegurar la reproducción de sistemas parlamentarios representativos diseñados precisamente para evitar la constitución de regímenes políticos democráticos. A los médicos no les pagan para que cuiden de nuestra salud, sino para que nos curen; y lo trágico es que curar y cuidar pueden llegar a ser cosas muy distintas, sobre todo cuando los incurables son también percibidos como “incuidables”. A los profesores no les pagan para enseñar (transmitir conocimientos) sino para educar (condicionar comportamientos), y eso se hace sobre todo evaluando. Y todo así.

Hay muy pocos casos en los que motivos objetivos y razones subjetivas se solapen razonablemente. En tres de ellos (la cura de almas, las artes y la beneficencia) basta con rascar un poco para ver lo lejos que la realidad empresarial puede estar del deseo vocacional. Solo se me ocurre uno que efectivamente se libre de esta pega: la filosofía. Se trata de una actividad tan perfecta que, en un mundo tan envilecido como el nuestro, prácticamente ha desaparecido. Eso no quiere decir que no se pueda practicar la filosofía, sino que ya no existen los filósofos porque tal “profesión” es incompatible con la lógica interna del trabajo asalariado.

Toda esta reflexión me la ha provocado un comentario, chulo en exceso, de un periodista español. Un tipo inteligente, de izquierdas, que escribe en medios de izquierdas más allá de PRISA y Mediapro y que reparte “zascas” antológicos en tertulias televisivas. Hace cosa de un mes el susodicho compartió en Twitter un reportaje publicado por un medio en el que él escribe. El reportaje lo firma una periodista extranjera que ha pasado unas semanas en un tercer país, que se encuentra permanentemente en la picota mediática. Frente a la desinformación “por ambas partes”, el artículo promete inmaculados datos. Y se columpia unas cuantas veces.

Poco después de compartir el artículo, al periodista de izquierdas le reprochan sus seguidores digitales que el texto es tendencioso, manipulador, decepcionante… incluso una mierda. Y el periodista replica mostrando el cuñado que todos llevamos dentro: no está de acuerdo con todo lo que se plantea en el mismo, pero la autora “tiene más información” que aquellos que lo están criticando. Cuando sus interlocutores empiezan a enumerarle distorsiones y omisiones, el periodista da la callada por respuesta.

Es contraproducente en este caso detallar a qué periodista me refiero, de qué artículo hablo, quién lo ha escrito, sobre qué tercer país hablaba o qué medio lo ha publicado. Eso nos llevaría a discutir los detalles de un caso concreto, cuando lo que quiero es cerrar este artículo con una afirmación general:

Si los periodistas de izquierdas quieren actuar en consecuencia con sus ideales, lo primero que necesitan comprender, como cualquier trabajador, es que los motivos por los que les pagan no son las razones por las que ellos sobrellevan su vida profesional. La función de los medios de comunicación, convencionales o alternativos, es moldear la opinión pública, no determinar la verdad. Y lo mismo ocurre con los periodistas, sean de derechas o de izquierdas, y trabajen para quien trabajen. Determinar la verdad es una cosa que hacen los filósofos, y éstos constituyen una clase ociosa en vías de extinción.

 

 

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