Nazis en EEUU, la suerte de una estatua 

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Alberto Benegas

Es increíble ver en Charlottesville, nada menos que en Estados Unidos originalmente la tierra de la libertad, la insignia de la cruz svástica como si no fuera la señal de la muerte y el más horrendo oscurantismo totalitario. Pues eso ocurrió en una ciudad de Virginia en este mes de agosto, una manifestación que vociferaba sobre la “supremacía blanca” que luego se topó con otra de diferentes características. Y lo peor es que el presidente de esa nación dijo ese mismo día que “en los dos bandos había gente muy buena” (“very fine people on both sides”). ¡Cómo puede decirse que en un grupo que adhiere al nazismo puede haber gente buena, sino más bien monstruos!, cualquiera sea el motivo que se alegue para la marcha y cualesquiera sean las circunstancias. 

Como es sabido -y lo escribí antes en estos días con el detalle de nombres propios- afortunadamente reaccionaron de manera airada miembros del mismo partido del presidente: militares en actividad indignados con los dichos por su Comandante en Jefe, Senadores, ex presidentes y empresarios que por ello renunciaron al consejo asesor de Trump, además del público en general y miembros de ambas Cámaras del partido demócrata. También los medios del periodismo escrito y televisivo en gran medida se pronunciaron condenando esas expresiones inauditas.  

Incluso quien originalmente lo ayudó a Donald Trump en su campaña y que antes escribió su biografía tan difundida titulada Art of the Deal , Tony Schwartz, quien dice ahora que está arrepentido de haber hecho de apoyo logístico debido a la inestabilidad emocional del gobernante de marras y conjetura que renunciará a la presidencia antes que se pronuncie el Fiscal General Robert Muller y el Congreso sobre sus enredos en el caso “Russiangate”. A lo que se agregan sus trifulcas con periodistas, con el Poder Judicial, con el Poder Legislativo y sus anuncios descabellados en cuanto a las supuestas ventajas del nacionalismo, siempre trasnochado.  

Además, los impresentables y peligrosos nazis están equivocados sobre, por ejemplo, el monumento de Robert E. Lee ya que estos ignorantes que suscriben una postura criminal antisemita y de “supremacía blanca”, desconocen que la mencionada figura, a diferencia del nacionalsocialismo, adhería a limitaciones muy rigurosas al poder político, mucho más que sus compatriotas del Norte que con sus privilegios a sus industrias pretendían que se las financien en el Sur de una mucho mayor productividad.  

También Lee expresó en reiteradas oportunidades que “la esclavitud es una institución moral y políticamente malvada para cualquier país” (además de esfuerzos descomunales de su mujer Mary Ann y su hija Eleanor Agnes al establecer un colegio para esclavos al efecto de infundirles el necesario espíritu de ser libres e iguales en derechos a los blancos). A pesar de los usos lamentables de la época, el general Lee nunca tuvo esclavos, del mismo modo que sus pares en el ejército Confederado los generales A. P. Hill, J. Johnston y J. E. B. Stuart. 

Por supuesto que a los efectos de lo comentado resulta irrelevante si los manifestantes originales están o no informados de su propia historia, como queda dicho el tema es que muestran adhesión a un régimen criminal. 

De todos modos, dado el malentendido sobre la estatua de Lee, es de interés hurgar en este asunto histórico. El célebre historiador Lord Acton, al producirse la rendición de las fuerzas del Sur (Confederados) le escribió una carta al general Lee fechada en Bolonia el 4 de noviembre de 1866 en la que se lee que “La secesión me llenó de esperanza […] Lo que se ha perdido en Richmond me entristece mucho más respecto a mi regocijo por lo que se salvó en Waterloo”. 

La Constitución de veintitrés secciones promulgada en el Sur era mucho más compatible con los valores de una sociedad libre que la establecida en el Norte y mucho más consistente con los principios de los Padres Fundadores, tal como lo señalan, entre otros, en sus respectivas obras, Thomas Di Lorenzo, Jeffrey Hummel y James Kennedy.  

También en muchos de los dirigentes en el Sur -como es el caso del general Lee- prevalecían las ideas de los antifederalistas, es decir de un gobierno mínimo estadual en el contexto de muy poca delegación en el central, antifederalistas que como es sabido eran más federales que los propios federalistas (los debates entre ellos, según tratadistas como Ignacio Sánchez-Cuenca, Forrest McDonald y Bruce Frohen, constituyen los más fértiles en la historia de la ciencia política). 

El Times de Londres, en su editorial del 13 de septiembre de 1862 expresa respecto a la mal llamada Guerra Civil (puesto que no se trataba de alzarse con el gobierno central sino de una separación, por ello es de mayor rigor denominar la lucha Guerra de Secesión) que “cuando los republicanos [los del Norte] colocaron el imperio sobre la libertad y acudieron a la opresión y a la guerra antes que sufrir cualquier mengua en el orgullo nacional, resultó clara que la naturaleza de Washington era precisamente de la misma naturaleza que la de San Petesburgo”. 

Los autores antes mencionados enfatizan en los privilegios que pretendía el Norte por los cuales impusieron derechos aduaneros para con los productos del Sur y también para los productos extranjeros con los que el Sur podía competir debido a su mayor eficiencia. Tomado independientemente representaba la tercera economía del mundo (el Sur tenía el treinta por ciento de las vías ferroviarias de Estados Unidos y ríos navegables que no se congelaban y puertos en la mayor parte de sus estados). Pero henos aquí que, siempre según los historiadores referidos, las tres cuartas partes de la manutención del gobierno central era financiado por el Sur. Como decía el Senador William Garrison “el Sur era la vaca lechera de la Unión” y el gobierno central absorbió las deudas del Norte que, por lo dicho, finalmente las sufragaba el Sur. 

Por su parte, Alexis de Tocqueville escribió un cuarto de siglo antes de la Guerra de Secesión que “Si la Unión intentara mantener por medio de las armas a los Confederados, su posición se tornaría análoga a la que ocupaba Inglaterra cuando la guerra de la independencia […] La Unión actual durará mientras todos los estados que la componen continúen queriendo formar parte de ella”. 

Al efecto de marcar antecedentes clave de la Constitución estadounidense actual, John C. Calhon quien fuera vicepresidente de Andrew Jackson y senador por Carolina del Norte, junto con Robert Y. Hayne, también senador por el mismo estado fueron los más conspicuos defensores de los derechos de los estados a separarse de la Unión si sus representantes consideraban que estaban afectados en sus facultades, lo cual se estableció originalmente en lo que se denominó “la teoría de la nulificación” (derecho eliminado después de la Guerra de Secesión), al fin y al cabo se trataba de Estados Unidos y no de Estados Consolidados, tal como en su momento quedó consignado en el primer artículo del Segundo Congreso Continental de julio de 1776.  

El artículo segundo de ese documento subrayaba que “cada estado retiene su soberanía, su libertad y su independencia” y el artículo tercero señalaba que los estados “entran en esta liga firme de amistad entre ellos para su común defensa y seguridad de sus libertades” y delegaban muy limitados poderes en el gobierno central con el compromiso de rendir cuenta a los estados miembros. Por otra parte y en otros contextos, para citar ejemplos distintos, la secesión ocurrió luego del desmembramiento de la Unión Soviética y antes con Portugal respecto de España, Panamá de Colombia y Noruega de Suecia. 

Respecto de la esclavitud en Estados Unidos, su origen fue las adquisiciones realizadas por los estados del Norte los cuales se compraban a los esclavistas y los sobrantes se vendían a los propietarios del Sur. Hay en esto una confusión. En la época de la Guerra de Secesión ya la monstruosidad de la esclavitud (en general aceptada y promulgada desde Aristótles quien escribió la brutalidad como justificativo de que “hay en la especie humana seres inferiores a los demás”) estaba en vías de desaparecer por los valientes y heroicos escritos y acciones de personas como William Lloyd Garrison y Fredrick Duglass debido a lo cual se incrementaron huidas y sublevaciones de los llamados “amos blancos”, y por último, por más que suene deshumanizado, como apunta Thomas Sowell, las máquinas algodoneras hicieron sustancialmente más barata la recolección de ese producto.  

Pero también aquí hay distorsiones de la historia. Por ejemplo, se dibuja a Lincoln como siempre contrario a la secesión y a la esclavitud. Pues esto no es cierto, el 21 de agosto de 1858 con motivo de un intercambio público de ideas con Stephan Douglas, en Ottawa, Illinois, manifestó: “¿Liberarlos y convertirlos en nuestros iguales política y socialmente. Mis sentimientos no permiten esto […] Estoy a favor que la raza a que pertenezco tenga la posición superior”. Y en su primer mensaje presidencial, en 1860, expresó que “No tengo el propósito directo o indirecto de interferir con la institución de la esclavitud en los estados donde existe. No tengo ningún derecho legal a esto y no tengo ninguna inclinación a esto”.  

Finalmente, en su discurso en México D.F. que tituló If You Want to Secede, You May, el 6 de octubre de 1859, dijo “Cualquier pueblo que se sienta obligado [por la opresión] y cuente con los medios necesarios, tiene el derecho a rebelarse y liberarse del gobierno existente […] Cualquier porción de éste puede rebelarse y hacer lo propio con relación a la parte del territorio que lo habita”. 

Entonces, contrariamente a lo que pregona alguna versión más o menos convencional, la Guerra de Secesión no tuvo lugar por la esclavitud sino por la constante explotación por parte del Norte que prefirió una guerra con 970.000 muertos antes de dejar que se independizara el Sur. 

Por si fuera de interés, escribí extensamente sobre este tema y otros titulado Estados Unidos contra Estados Unidos en una primera edición del Fondo de Cultura Económica y una segunda por Unión Editorial de Madrid. Lo dicho en esta nota periodística resume el tema de la estatua de Robert E. Lee por lo cual se produjo la trifulca aludida que mencionamos al abrir este artículo. Al momento de escribir esta nota se están gestando episodios con alguna similitud en otras ciudades estadounidenses en cuanto a derribar estatuas. 

Cierro insistiendo en mi asombro y repugnancia al ver las imágenes de manifestantes nazis a esta altura del siglo xxi, después de todas las tragedias provocadas por ese sistema criminal y, sobre todo, las declaraciones del presidente de Estados Unidos (repugnancia que, entre otras muchas manifestaciones periodísticas, ilustran este mes con la figura de Trump tapas de revistas como “The Economist”, “Times”, “The New Yorker” y “Die Spiegel”). 

Además, en el caso comentado se trata de un grupo de ignorantes que no se percatan que Lee estaba en las antípodas de sus ideas (lo cual va también para la mayoría que votó en la alcaldía de Chartottesville para remover el monumento en cuestión). Entonces, no solo la ignorancia es en materia humana elemental de quienes iniciaron la marcha sino de la historia de su propio país, por lo que estimamos útil las consideraciones aquí brevemente expuestas. 

 

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