El odio como valor tradicional

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Laura Aguirre     

 Hace algunas semanas quedó nuevamente al desnudo la médula homófoba de El Salvador. Cada tanto se exacerba. Esta vez se alborotó por el nombramiento de Rossemberg Rivas como embajador de la Marca País.

 Las redes sociales se llenaron de mensajes de rabia y odio hacia él, un medio lo llamó travestido, otro lo señaló de “transgénero” (como si serlo fuera algo malo). Por supuesto no tardaron en aparecer los representantes de los valores tradicionales que lo tildaron de no ser un digno representante de la moral y cultura salvadoreñas.

No me extraña. Conozco la homofobia salvadoreña desde siempre. He vivido en ese país la mayor parte de mi vida. Crecí escuchando las palabras culero, maricón, pipián, machorra para referirse a todas aquellas personas que no parecían ‘verdadero macho o mujer’. Atestigüé burlas, chismes y discriminación hacia esos y esas ‘anormales’.

 Me atiborré del discurso de los buenos y morales que decían que lo peor que le puede pasar a alguien es ser homosexual o tener un hijo homosexual, que es pecado, inmoral, malo, enfermo, sucio.

 Y en la última década me harté de la lucha de los grupos conservadores para que nuestra ley niegue aún más derechos a esos ‘desviados’ que ‘amenazan’ a la familia tradicional y los valores morales. Han pasado tantos años y el odio sigue impoluto.

¿Por qué y con qué consecuencias? En estos tiempos en que los discursos de odio están de moda en el mundo, vale la pena hacerse estas preguntas. El odio no solo es un sentimiento de animadversión hacia alguien. En lo político es desposeerlo de su calidad de humano. Por eso, porque ese otro no es igual a mí, puedo insultarlo, excluirlo y hacerlo objeto incluso de la violencia más extrema.

Desacreditar a alguien solo por cómo se ve, negarle derechos con base en estereotipos sobre su sexualidad, dejarlo existir solo si no se deja ver, demonizarlo como una amenaza al cuerpo social son expresiones de ese proceso que una sociedad sigue para deshumanizar y demonizar a esos otros como ‘anormales’ y ‘peligrosos’ y vociferar los discursos de odio contra ellos.

Por supuesto que esa deshumanización no pasa exclusivamente con la comunidad LGTB. Pero solo cuando el odio va dirigido hacia este colectivo, la demonización se justifica en una retórica conservadora de la moral y los valores tradicionales inventada a partir de interpretaciones particulares de la religión cristiana.

El diccionario de la RAE define la moral como la “doctrina del obrar humano que pretende regular el comportamiento individual y colectivo en relación con el bien y el mal y los deberes que implican”.

¿Qué tiene de moral y bueno exigir que otros seres humanos queden excluidos de derechos? ¿Cómo puede ser un valor discriminar a otro por su sexualidad y apariencia? Si esa es la moral y los valores ¿qué tipo de personas son las que se están criando en las familias que los practican? ¿Cómo podemos esperar que nuestro país no sea violento cuando lo que las buenas familias enseñan es a odiar a otros seres humanos solo por no ser y parecer lo que ellos quieren?

 

 

Somos una sociedad expuesta permanentemente a la violencia, pero también permanentemente cómplice de ella. Porque la violencia no solo viene de los pandilleros ni de nuestros políticos corruptos y falsos. Viene también de todo aquel hombre y mujer así nacidos que en nombre de una seudo moral y unos seudo valores esparce y justifica el odio hacia otro ser humano.

 

URL Corta: http://bit.ly/2woIOcw

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