Cataluña, Rajoy y España, ante un horizonte incierto

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La Jornada
Las elecciones autonómicas realizadas ayer encircunstancias de excepcionalidad por la suspensión de sus instituciones, determinada por el gobierno y los tribunales españoles, dejaron prácticamente intacta la fractura entre secesionistas y españolistas, con una leve ventaja para los primeros en la conformación del parlamento local y un pequeño margen favorable de votos totales para los segundos.
La estrategia seguida por el gobierno de Mariano Rajoy (Partido Popular, PP, derecha) con la aplicación del artículo 155 constitucional, que le permitió disolver el Parlamento, deponer al presidente catalán, Carles Puigdemont, y meter a la cárcel a varios integrantes de su gabinete, no logró, en suma, derrotar en las urnas al bando independentista, pese a que éste tuvo que jugar con todas las cartas en contra, con sus líderes sometidos a persecución judicial y policial y en unos comicios organizados desde Madrid.
En cambio, el gran derrotado de la jornada fue el propio Rajoy, cuyo partido quedó reducido a la última de las fuerzas políticas locales, con sólo tres diputados, de los 11 que tenía en la legislatura anterior.
Paradójicamente, el trasvase de sufragios del PP no se fue al bando independentista sino a la formación de nueva derecha Ciudadanos (Ciutadans es el nombre de su registro local), que experimentó un espectacular crecimiento, al pasar de 735 mil a casi un millón 100 mil votos y de 25 a 37 escaños en el Parlament, y se conformó como la primera fuerza electoral de Cataluña.
El bando independentista, conformado por Junts Per Catalunya (JuntsxCat), del exiliado Puigdemont, por la coalición Esquerra Republicana de Catalunya y Catalunya Sí (ERC-CatSí) y por la Candidatura d’Unitat Popular (CUP), perdió en conjunto dos escaños (de 72 a 70), aunque la tercera de esas fórmulas experimentó un severo retroceso (de 10 a cuatro diputaciones) que favoreció a las dos primeras.
Por su parte, el Partido de los Socialistas de Cataluña (PSC, expresión local del Obrero Socialista Español) tuvo una ganancia marginal al ganar un puesto adicional en el Parlament (de 16 a 17), Catalunya en Comú-Podem (CatComú-Podem) perdió tres diputados en relación con su antecesora Catalunya Sí que es Pot (CSQP), que tenía 11.
En suma, el escenario político catalán queda en una configuración muy semejante a la que tenía hasta antes de que La Moncloa abandonara la política para sustituirla por la policía y los tribunales, y parece inevitable que los partidos soberanistas conformen un nuevo gobierno –en el que la CUP, con sólo cuatro diputados, tendrá de nuevo la clave para hacer una exigua y frágil mayoría con 70 de los 135 escaños–, pero sin el respaldo de una mayoría social contundente y clara.
Por lo pronto, Puigdemont, quien se propone repetir como presidente, anunció ayer mismo que se convocará a un nuevo referéndum independentista como el que Madrid reprimió violentamente el pasado primero de octubre.

 

Y si la comunidad autónoma queda enfrentada a un panorama incierto y empantanado, el gobierno de Rajoy se encuentra en una situación más que preocupante: enviado al último lugar por los votantes catalanes, rebasado por Ciudadanos y cercado por investigaciones judiciales en torno a la corrupción imperante en sus filas.
Más aún, la encrucijada catalana ha evidenciado la crisis institucional del Estado español en su conjunto, con Felipe de Borbón a la cabeza, y el agotamiento de la Constitución de 1978. Es ya inocultable que con o sin Cataluña, España tiene que reinventarse.

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