Brasil le da la espalda al “P. T.”

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Por:  Emilio J. Cárdenas

dilmay-lulaDesde el 2013, los brasileños están claramente molestos con su “clase política”. La evidente disconformidad social se hizo notoria cuando, ese año, los estudiantes salieron a las calles de San Pablo para protestar contra un aumento del boleto del transporte público y despertaron una verdadera lluvia de protestas callejeras, que se evidenció con millones de personas enojadas, manifestando su hartazgo y su desesperanza en las principales ciudades del inmenso país.

La economía brasileña, cuesta abajo, se contrajo muy fuertemente en el 2015, perdiendo nada menos que el 3,8% del PBI brasileño. Mientras tanto, la presidente Dilma Rousseff continuaba tomando decisiones que, populistas por cierto, la gente calificaba de irracionales, como fuera la de dedicar nada menos que 3,6 billones de dólares a la construcción o refacción de 12 estadios con motivo del Campeonato Mundial de Fútbol, cuando las urgencias sociales eran muy otras.

De pronto, el Juez Moro, desde Curitiba, destapó una olla de proporciones, cuyo contenido daba realmente asco: la de la inmensa corrupción que infectara a las operaciones de Petrobrás, la enorme empresa petrolera estatal, utilizada -a la vez- por los políticos y los empresarios privados de la obra pública para ordeñar -conjunta e ilegalmente- al Estado.

Ante ello, el mal humor social creció exponencialmente y Dilma Rousseff, con razón, terminó siendo el “pato de la boda”. Fue acusada y suspendida en su cargo presidencial, en mayo de 2016. Para enseguida ser destituida, por infracciones en la estructuración del presupuesto, claramente destinadas a engañar a la gente respecto de la verdadera salud de la deteriorada economía del país. Hoy, tanto ella como el ex presidente “Lula” da Silva, están siendo investigados personalmente por delitos de corrupción. Con sospechas que ciertamente no parecen ser livianas.

La situación de la economía brasileña golpeó muy especialmente a la clase media del país. De un PBI per cápita del orden de los 12.100 dólares anuales, en el 2012, Brasil pasó a unos 8.100 dólares anuales, en el 2015. Una caída del 30%, aproximadamente, imposible de ocultar.

Por ello la inevitable caída en desgracia de Dilma Rousseff y su reemplazo por el vicepresidente Michel Temer, quien gobernará hasta el 2018 y ha manifestado que no buscará sino volver a ordenar al país, sin procurar una reelección.

La gran pregunta, sin embargo, era: ¿hasta dónde un país realmente drogado por el populismo apoyaría a Michel Temer y dejaría de lado su acostumbramiento a los subsidios, a los precios políticos, al intervencionismo, y a la arbitrariedad en la que fuera una caza permanente de lealtades -y votos- orquestada desde el poder? Era difícil saberlo.

Pero los resultados de las recientes elecciones municipales permiten ahora ser moderadamente optimistas respecto de donde parece estar políticamente ubicada la mayoría de los brasileños. La respuesta es en el centro mismo del espectro político. De espaldas al Partido de los Trabajadores (PT), que perdió nada menos que el 50% de su caudal anterior total de votos. Los brasileños lo repudiaron sin titubeos en las urnas. Más allá de toda duda razonable.

Para el PT los resultados de la reciente elección fueron un verdadero desastre. Especialmente en el corazón industrial del país: San Pablo y sus alrededores. En la ciudad de San Pablo misma, el presunto heredero de “Lula”, Fernando Haddad, perdió feo a manos del centrista Joao Doria, un imitador de Michael Bloomberg, el ex alcalde de Nueva York. Los votos fueron contundentes. Un 53% para Doria y apenas un 16% para Haddad.

El PT hasta fue derrotado en el territorio que “Lula” creía era el propio, en Sao Bernardo do Campo. Algo similar ocurrió en casi todo el resto del país. Incluyendo en el postergado noreste. En la propia ciudad de Bahía, las fuerzas de centro o moderadas obtuvieron el 74% de los sufragios totales. En el estado de Minas Gerais, donde el gobernador pertenece al PT, su partido sólo logró la cuarta posición en lo que al contenido de las urnas se refiere.

Brasil está dividido, con una grieta visible. Pero ciertamente no en dos mitades. La enorme mayoría de los brasileños parece estar ahora abrazando a las distintas opciones de centro y dejando abiertamente de lado al populismo que lo enterró en un pantano de fracaso que terminó con la caída de Duilma Rousseff, que algo más que el 60% de los brasileños aplaudiera en su momento.

La sociedad está plenamente consciente del resultado de la desastrosa gestión de los dos gobiernos sucesivos del PT. Y se aleja de quienes fueron los responsables de desdibujar el sueño de un país naturalmente optimista, que dijo “basta” a quienes lo dañaron profundamente, infectándolo de una corrupción sistémica que Brasil está ahora empeñado en sacarse de encima. En el éxito de ese esfuerzo radica precisamente la posibilidad de volver al camino del crecimiento. Paso a paso. Con serenidad, coherencia y pie firme en la marcha. Y de poder recuperar así el liderazgo regional, hoy todavía extraviado.

Brasil quiere ser Brasil y no Venezuela, ni mucho menos Cuba. Porque está consciente de la diferencia entre vivir en libertad o bajo el yugo marxista y de la importancia de poder ser el artífice de un regreso al camino del éxito, que ya ha comenzado a transitarse.

 

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