Odebrecht, el imperio de los sobornos

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Agnese Marra

La empresa brasileña ha aceptado pagar una multa de 4.500 millones de dólares por sus mordidas a la clase política latinoamericana

Odebrecht-1-Atosigada por acusaciones de corrupción y deudas millonarias, la constructora brasileña Odebrecht ha pasado de ser la número uno de América Latina a estar al borde de la bancarrota en solo dos años. En su caída, esta multinacional que se estudiaba como ejemplo de negocio en Brasil y en el mundo se ha llevado por delante a buena parte de la clase política del país y amenaza la estabilidad de una decena de gobiernos latinoamericanos.

Todo comenzó en 2014, el año en el que facturó su cifra récord, 45.751 millones de dólares, y en el que sus negocios se repartían por 27 países de cuatro continentes. Fue en marzo cuando una investigación de la Policía Federal de Curitiba (ciudad al sur de Brasil) descubrió una operación de financiación ilegal de unas gasolineras llamadas Lava Jato. Nadie imaginó que el hilo del dinero llevaría al mayor escándalo de corrupción de la historia de Brasil: la operación Lava Jato, una red de sobornos y desvíos millonarios –que alcanzan los 2.300 millones de dólares– desde la petrolera estatal Petrobras hacia el bolsillo de políticos de más de una veintena de partidos.

Desde 2003 no ha habido una sola obra o concesión vinculada con Petrobras que no estuviera en las manos del cártel formado por las seis mayores constructoras del país (OAS, Andrade Gutierrez, Camargo Correa, Méndes Júnior, Queiroz Galvão y Odebrecht). Entre ellas se repartían las licitaciones de obra pública y sus correspondientes sobornos a través de contratos sobrefacturados y depósitos en paraísos fiscales.

La constructora ha pasado de ser la número uno de América Latina a estar al borde de la bancarrota en solo dos años

Odebrecht era la niña bonita de Petrobras, la mayor constructora y la que se llevaba más concesiones: “El resto estaba acostumbrado a quedarse con las migajas”, cuenta un ex ejecutivo que trabajó en los últimos años en la cúpula de la empresa y que prefiere no dar su nombre. Los fiscales de la operación Lava Jato se dieron cuenta de que debían centrar sus investigaciones en la familia de apellido alemán y en junio de 2015 el juez Sérgio Moro pidió la prisión preventiva del presidente de la empresa, Marcelo Odebrecht, conocido en el medio como el “príncipe de las constructoras”.

A pesar de tener enfrente a un centenar de ejecutivos detenidos dispuestos a hablar, durante sus primeros meses en prisión “el príncipe” no se achantó ni por un momento. Todos recuerdan la calma y seguridad con las que se presentó en su primera audiencia pública, donde negó todas las acusaciones. Al salir de la sala se despidió de los políticos que habían ido a verle con apretones de mano efusivos como si nada hubiera pasado.

Pero a principios de 2016 el juez Moro se hizo con una serie de pruebas que demostraban que Odebrecht había usado, entre 2006 y 2014, cuentas en Suiza para lavar 250 millones de dólares en propinas que garantizaban contratos con la petrolera. Según el juez Moro, Marcelo Odebrecht era “el artífice del esquema”, y en marzo de 2016 le condenó a 19 años y cuatro meses de prisión por corrupción activa, lavado de dinero y asociación criminal. En ese momento, el mimado de los políticos, el empresario que daba cursos en Suiza y Estados Unidos, agachó la cabeza y aceptó empezar a hablar, y unirse al grupo de 77 ejecutivos de la constructora que han firmado un acuerdo de delación premiada.

Todos los pesos pesados de la política brasileña estaban en la lista de sobornos y financiaciones ilegales de campaña

Mientras “el príncipe” hacía lo suyo para reducir su pena e intentar salvar su empresa, en Brasilia, tanto el Congreso como el Ejecutivo, se echaban a temblar. Todos los pesos pesados de la política brasileña estaban en la lista de sobornos y financiaciones ilegales de campaña. Desde el ya expresidente del Congreso, Eduardo Cunha, hasta el líder del Senado, Renan Calheiros, seis ministros del nuevo gobierno Michel Temer, y también el propio Temer, que ha sido citado 45 veces por diversos ejecutivos de la constructora. Lo mismo sucede con el excandidato presidencial del PSDB, Aécio Neves, y con grandes figuras de los gobiernos petistas, como el extesorero de Dilma Rousseff, Antonio Palocci, o el exministro de la Casa Civil, Jaques Wagner.

“No se habla de política”

Si algo ha dejado claro la operación Lava Jato es que Odebrecht no se habría convertido en la mayor constructora de América Latina sin la ayuda del poder público. Desde que el Partido de los Trabajadores (PT) llegó al gobierno la empresa multiplicó por seis su facturación, pasando de 7.700 millones de dólares en 2003 a 45.751 millones en 2014.

El historiador Pedro Henrique Pedreira Campos en su trabajo La dictadura de las constructoras recuerda cómo la simbiosis entre el poder público y el privado se remonta al periodo militar. El decreto presidencial 64.345 de abril de 1969, firmado por el entonces presidente Artur da Costa e Silva, obligaba a las administraciones públicas a contratar exclusivamente a empresas

 

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