El retorno de lo reprimido

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Wolfgang Streeck

El neoliberalismo trajo la globalización o la globalización trajo el neoliberalismo; y así es como comenzó la gran regresión. En la década de 1970, los grandes industriales se propusieron salir de la servidumbre nacional porque se sentían condenados por esta sumisión en las décadas que siguieron a 1945. Había llegado el momento de liberar el mercado del trabajo, terminar con el estancamiento de la productividad y la disminución de los beneficios y , poner fin a las ambiciosas exigencias de unos sindicatos fortalecidos bajo un capitalismo maduro, administrado por el estado.

El camino hacia el futuro, hacia una nueva expansión – que está siempre muy cerca del corazón del capital – los condujo hacia el exterior, a un mundo no regulado, con una economía global sin fronteras , un mundo en que los mercados no estarían encerrados en los Estados- nación, pero -si las naciones-estados, atrapadas por los mercados.

Este cambio radical de la postura neoliberal fue presidida por una nueva diosa conocida como TINA – No hay otra alternativa-. La larga lista de sus altos sacerdotes y sacerdotisas va desde Margaret Thatcher, Tony Blair hasta Ángela Merkel.

Cualquiera que deseaba servir a TINA, con el solemne acompañamiento del coro de los economistas unidos del mundo, tuvo que aceptar que la huida del capital de sus jaulas nacionales era inevitable y beneficiosa, y había que comprometerse a despejar todos los obstáculos de esa trayectoria.

Prácticas paganas, como los controles sobre los movimientos de capitales y las ayudas estatales debían ser localizadas y erradicadas; nadie debía escaparse de la “competencia global”, para sumirse de nuevo en la comodidad amortiguada de las protecciones nacionales.

Los acuerdos de libre comercio abrían los mercados y los protegían de la interferencia del Estado, la gobernanza global reemplazó a los gobiernos nacionales, la protección iba a ser sustituida por la mercantilización, y el estado de bienestar dio paso al “estado de la competencia”; una nueva era de racionalidad capitalista.

A más tardar, a finales de la década de 1980, el neoliberalismo se había convertido en el pensamiento único tanto para el centro izquierda como para el centro derecha. Las viejas controversias políticas fueron consideradas obsoletas.

Ahora la atención se centraba en imprescindibles ‘reformas’ que aumentarán la competitividad “nacional, y estas reformas estaban en todas partes. Incluían mercados de trabajo más “flexibles”, mejora de los ‘incentivos’ (positivos en los extremos superiores del ingreso y negativos para el extremo inferior), privatización y mercantilización, competencia por ubicación y reducción de costes como prueba de resistencia.

El conflicto redistributivo fue reemplazado por la búsqueda tecnocrática de “lo económicamente necesario y únicamente posible”; todas las instituciones, las políticas y las formas de vida debían adaptarse a este fin. Todo esto fue acompañado por el desgaste de los partidos políticos, su retirada en la maquinaria del Estado como “partidos cártel”, la caída de afiliados y la disminución de la participación electoral, de manera desproporcionada en el extremo inferior de la escala social.

A partir de la década de 1980 el cambio fue acompañado del colapso de la organización sindical, junto con una disminución dramática del recurso a la huelga en todo el mundo. En otras palabras, una desmovilización lo más amplia posible de todos las herramientas – de la posguerra- de participación democrática y de redistribución. Todo se llevó a cabo lentamente, pero a un ritmo creciente y creando una progresiva confianza que era “el estado normal de las cosas”.

El proceso de retroceso institucional y político de la revolución neoliberal inauguraba una nueva era de la política, posterior a su implementación. Los cambios institucionales fueron necesarios porque la globalización neoliberal estaba lejos de otorgar la prosperidad que había prometido. [6] La inflación de la década de 1970 y el desempleo fueron seguidos por un aumento de la deuda de los estados en la década de 1980 y la recuperación de las finanzas públicas se solventó con ‘reformas’ del estado de bienestar en la década de 1990.

Estas medidas fueron compensadas con la apertura de generosas oportunidades para acceder al crédito y endeudarse. Al mismo tiempo, las tasas de crecimiento se redujeron, aunque la desigualdad y la deuda agregada siguieron aumentando.

En lugar del “goteo” se puso en marcha otra figura más vulgar: una creciente desigualdad de ingresos entre individuos, familias, regiones y, en la zona euro, entre naciones. La economía de servicios y la sociedad basada en el conocimiento resultó ser más pequeña que la sociedad industrial que fue desapareciendo rápidamente; por tanto, el crecimiento constante de la población ya no eran  necesarios.

Ante este “exceso” de población, con un capitalismo reavivado, el Estado miró impotente sin comprender la transformación. Los gobiernos se endeudaron y, finalmente, las crisis financieras y los posteriores programas de rescate desgastaron aún más la situación.

El gobierno “global” no había sido creado para proteger y, el estado nacional se había convertido a la economía capitalista en aras de la globalización. Para asegurarse de que todo esto no se convirtiera en una amenaza para el “mundo feliz del capitalismo neoliberal”, se implementaron sofisticados métodos para asegurar el consentimiento popular y la desorganización de los resistentes. De hecho, las técnicas desarrolladas, para este propósito, inicialmente se demostraron impresionantemente eficaces.

La edad “post-fáctica”

Mentiras, y mentiras flagrantes, siempre han existido en la política. Pensamos sólo en presentación en PowerPoint de Colin Powell ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, con sus fotografías aéreas que demostraban la existencia de armas de destrucción masiva iraquíes. En cuanto a Alemania, todavía se recuerda un Ministro de Defensa, venerado como un Socialdemócrata de la vieja escuela, que afirmó que las tropas alemanas enviadas a Afganistán (en el Hindu Kush’) defendían la seguridad de Alemania.

Sin embargo, con la revolución neoliberal y la transición a la ‘post-democracia’  asociado a ella, nació un nuevo tipo de engaño político, el experto en mentiras. Se inició con la Curva de Laffer, que fue utilizada para demostrar “científicamente” que las reducciones de impuestos a los ingresos fiscales más altos era beneficioso para la población.

Más tarde vino el ‘Informe Cecchini’ de la Comisión Europea (1988), que, como premio a la ‘realización del mercado interior’ prevista para 1992, prometió a los ciudadanos de Europa un aumento de la prosperidad del orden del 5 por ciento del PIB para UE , una reducción media del 6 por ciento en el precio de los bienes de consumo, así como millones de nuevos puestos de trabajo y una mejora en las finanzas públicas del 2,2 por ciento del PIB .

Por su parte, los expertos financieros, como Bernanke, Greenspan y Summers coincidieron en que las precauciones tomadas por los inversores racionales, en su propio interés, eran suficientes para estabilizaban al siempre ‘más libre’ y más global mercado financiero; por tanto, las agencias gubernamentales no tenían necesidad de tomar medidas para prevenir el crecimiento de burbujas, en parte porque ya habían aprendido a eliminar sin dolor las consecuencias cuando estas burbujas financieras llegaban a estallar.

Al mismo tiempo, las ‘narrativas’ difundidas por los principales partidos, gobiernos y especialistas y las decisiones y no decisiones asociadas con ellos, se hicieron cada vez más absurdas. La penetración en la maquinaria de los gobiernos de anteriores y de futuros directivos de Goldman Sachs continuó a buen ritmo, en reconocimiento de sus indispensables conocimientos, como si nada hubiera cambiado.

Después de varios años (durante los cuales ni uno solo de los gerentes de los bancos responsables de la crisis de 2008 habían sido llevado a la justicia) el fiscal general, de Obama, Eric Holder regresó a su bufete de abogados de Nueva York con un sueldo millones de dólares. Curiosamente… su oficina estaba especializada en la representación empresas financieras bajo investigación del gobierno federal.

Desde la perspectiva del internacionalismo neoliberal, por supuesto, se habían desarrollado desviaciones en el arte del gobierno democrático, pero la era post-verdad comenzó tan tarde como en 2016, el año del Brexit y el aplastamiento de clintonismo por Donald Trump .

Sólo con el colapso de la post-democracia, y el fin de la paciencia del pueblo las ‘narrativas’ de una globalización de la cual se ha beneficiado sólo el 1 por ciento, hizo que los guardianes del “discurso” dominante comprobaran obligatoriamente los hechos. Y, sólo ahora lamentan los déficits experimentados por la pinza de la economía mundial por un lado y la reducción en la calidad de la educación y la formación por el otro.

En ese momento comenzaron a pedir ‘pruebas de elegibilidad’ de varios tipos, como “requisitos previos” para que los ciudadanos puedan ejercer su derecho al voto.

Entonces, cuando aquellos jóvenes que promovieron el capitalismo, como Kim Kardashian, Selena Gómez, Justin Bieber e tutti quanti, regresaron a las cabinas de votación, su retorno fue interpretada como una señal de mal agüero.

Por otra parte, las “acciones” en forma de ‘intervenciones humanitarias’ o la reanimación del conflicto Este-Oeste, esta vez con Rusia, en lugar de la URSS y los derechos de los “LGBTIQ”, en lugar del comunismo, parecían haberse agotado a sí mismas.

La anterior verdad neoliberal empezó a dejar de importar, y en Inglaterra un político conservador, cuando se le preguntó por qué estaba haciendo campaña para salir de la UE contra la opinión de los expertos ”, descaradamente respondió: ‘¡La gente en este país ha tenido suficiente de expertos’.

Altas y bajas morales

La característica del espíritu de la época es una nueva división cultural que ha golpeado a las democracias capitalistas sin previo aviso. Estructuralmente, tiene sus raíces en un descontento largamente incubado con la ‘globalización’, porque el número de ‘perdedores por la globalización’ no ha dejado de crecer.

El proceso llegó a un punto de inflexión en los años posteriores a la crisis financiera de 2008, cuando la cantidad de descontento se transformó en calidad de protesta abierta. Una de las razones por las cuales esto tomó tanto tiempo fue que los que habían hablado antes en nombre de los perdedores de la sociedad había terminado por unirse al club de fans de la globalización (a finales de 1990 a más tardar). Durante un tiempo, entonces, los que sienten a la globalización más como un problema que una solución, no tenían a nadie que hablará por ellos.

El contenido de esta fase de la globalización favoreció el establecimiento de una industria de “conciencia” cosmopolita, que confunde las oportunidades de crecimiento con la turbo-alimentación, la unidad expansionista de los mercados capitalistas, con los valores libertarios de la revolución social de los años 60 y 70.

En este proceso, el pensamiento único y tecnócrata del neoliberalismo se fundió con la moral del justo medio en una comunidad de discurso “internacionalista”. El espacio digital sirve hoy como una base de operaciones en una lucha cultural de un tipo muy especial, un combate en que la moralización del capitalismo en expansión a nivel mundial va de la mano con la desmoralización de los que encuentran sus intereses dañados por ella.

Después de décadas de declive, la participación de los votantes en las democracias occidentales ha comenzado recientemente a recuperarse, sobre todo entre las clases más pobres. El redescubrimiento de la democracia como un correctivo político, sin embargo, beneficia exclusivamente a unos nuevos tipos de partidos y movimientos cuya apariencia empuja a los sistemas políticos nacionales al desconcierto. Los expertos en relaciones públicas, que han estado durante mucho tiempo estrechamente relacionados con la maquinaria del Estado, observan a los nuevos partidos como una amenaza letal para la ‘democracia’ y luchan contra ellos.

El concepto empleado en esta lucha, que incluye en el vocabulario el término ‘populismo’, denota, tanto en la izquierda y como la derecha, a tendencias que rechazan por igual, la lógica TINA como ‘responsable’ del mundo de la globalización neoliberal.

El quiebre

Entre los hechos sorprendentes de 2016 debemos incluir el Brexit y la elección de Trump que no solo sorprendió al público, sino también sus ciencias sociales liberales.

Nada explica mejor las división en las sociedades globalizadas del neoliberalismo el desconcierto del poder y las élites por el retorno de lo reprimido, porque la apatía política la habían interpretado una renuncia definitiva. Incluso las ‘mejores’ y bien dotadas universidades de las costas este y oeste de Estados Unidos no sirvieron como sistemas de alerta temprana. Evidentemente, poco se podía deducir sobre el estado de las sociedades desestabilizadas a partir de encuestas de opinión realizadas a través de entrevistas telefónicas de veinte minutos.

De esta manera, la ilusión de las ‘élites’ sobre el estado de sus sociedades son confirmadas patológicamente. Sólo muy pocos los científicos sociales hoy en día capaces de entender lo que está debajo de la superficie; sin embargo aquellos que hubieran leído el Robert Putnam, “El sueño americano en crisis” no podrían haberse declarados asombrados por la victoria de Trump.

Desde hace bastante tiempo la izquierda en todo el mundo entiende a la manera burguesa las elecciones de 2016. En Gran Bretaña, los partidarios de Blair en el Partido Laborista, creían que podían convencer a sus votantes tradicionales de permanecer en la UE con un largo catálogo de los beneficios económicos como socios, pero con una distribución desigual de los beneficios.

No se les ocurrió que había una población menos liberal en muchas regiones maltratadas, que hubieran querido un gobierno que mostrará mayor interés por sus inquietudes que por los acuerdos internacionales y por los mercados globales del capital. Y hay un montón de votantes que simplemente no entienden, que la solidaridad internacional entre los trabajadores del siglo XXI significa que su deber es renunciar a su propio puesto de trabajo a favor de una competencia global sin restricciones.

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