El negocio de la corrupción

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Luís Torres Rodríguez – Rebelión
Abusar del poder económico, político o religioso para obtener un provecho económico o una ventaja ilegítima para conseguir favores en los campos económico, político o eclesiástico, gracias a las prerrogativas que cada uno concede, es corrupción.
Crear una iglesia para enriquecer a una casta de disfrazados; asociarse alrededor de un partido político para esquilmar a una sociedad; originar una cámara de comercio para defraudar al fisco; fundar un banco para lavar activos y luego enviar a los paraísos fiscales; erigirse en la principal potencia del mundo a través de las grandes empresas -Chevron, Nike, entre otras- que corrompen a la mayoría de países del mundo; son las fotografías del sistema capitalista, que exhiben “exitosos” en todo el planeta, y que paradójicamente son los que dictan las reglas morales y condenan o absuelven a las personas y gobiernos, dependiendo del mayor o menor sometimiento.
La corrupción es la práctica generalizada en el sistema capitalista y sin la cual no podría sostenerse el sistema. Vive y se nutre de ella.
¿Cómo explicar entonces que sean los corruptos los que denuncian la corrupción? Vemos a un banquero, dueño de un partido político, que condena la corrupción del anterior gobierno. Un representante diplomático del país donde se encuentran la mayor cantidad de paraísos fiscales, que quiere apoyar la lucha contra la corrupción. Los accionistas de Odebrecht deciden crear un departamento para combatir la corrupción, que ellos administraron en muchos países y que fueron absueltos en el Ecuador.
¿Será cierto, que si el banquero alguna vez gana una elección, desaparecerá la corrupción? ¿Será verdad que si nos apoya los EEUU de Norteamérica a combatir la corrupción, esta se esfumará? ¿Las plegarias de los curas o pastores nos apartarán de la corrupción?
Las tenazas del sistema capitalista no dan muchas opciones de libertad a los gobiernos, más aun si son progresistas. O los gobiernos son controlados por sus testaferros o los gobiernos son sometidos a los acosos de corrupción.
La utopía de un gobernante: tratar de dirigir un Estado, con cierta independencia de las imposiciones económicas o políticas, choca con el muro de la corrupción. Si las empresas privadas o las personas naturales no tienen a sus representantes directos en el gobierno, entonces es necesario coimar con cientos, miles o millones de dólares a los burócratas de alto rango, para ser beneficiados de contratos o decisiones políticas o judiciales. Es decir, obtienen las ventajas por medios legales o ilegales. Pero en este último caso, hay un valor agregado. La corrupción que generan ellos es endilgada exclusivamente al campo estatal-publico, como que si la corrupción fuera de una sola vía.
El valor agregado que ponen los corruptos a la corrupción, es que sus actos, reñidos con lo legal y lo lícito, lo convierten en arma de destrucción masiva de los movimientos, partidos, líderes y gobiernos que impiden o regulan el libre comercio de la corrupción.
La corrupción promovida por ellos y amplificada por los medios mercantilistas, sirven para denostar a los gobiernos de Brasil, Ecuador, Venezuela, Argentina, Bolivia, entre otros. Mientras la corrupción en Perú, Colombia, Chile, Panamá, EEUU, entre otros, son manejados con bajo perfil o son tratados como algo natural.
La corrupción del sistema capitalista le permite mantener su hegemonía mundial y combatir efectivamente a los gobiernos que tibiamente se han opuesto a sus mandatos, con su misma medicina. Es la práctica de la cura de una picadura de una culebra venenosa. La picadura se combate con más veneno.
A la corrupción no se combate con más capitalismo, como fue la visión del gobierno anterior, sino con la eliminación del sistema. La humanización del capitalismo es un mal negocio, termina extinguiendo a los cándidos,
No serán las cámaras, banqueros, políticos o curas los que nos liberarán de la corrupción, sino a través de la extirpación de aquellos, que son sus soportes.

 

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