Un rugir de tripas causado por el odio

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Xabier Aldekoa -La Vanguardia

Hasta hace un año, Fanna Wardu vivía bien. En su aldea de Samari, en el noreste de Nigeria, tenía un pequeño rebaño de cabras, algunas vacas y un pedazo de tierra fértil donde los vegetales y las hortalizas crecían deprisa. Si la cosecha era buena, y solía serlo, vendía lo que sobraba en el mercado. Cuando se refiere aquellos días, Fanna dice “buena vida” y se le entiende todo. Porque ya no lo es: hoy su nieto se le muere de hambre entre los brazos. Al niño, de dos años y medio, parece que le han colocado alfileres en el lugar donde debería haber piernas y brazos. Tiene la cara consumida, la mirada hueca y emite un lamento seco, como si se hubiera cansado de llorar pero el hambre siguiera doliendo.
Fanna lleva un pañuelo de colores en la cabeza del que sobresalen trenzas cortas y clava sus ojos, pintados de negro al estilo de su tribu shawa, cuando responde. No se anda con rodeos para explicar por qué llegó hace cuatro meses al campo de desplazados de Medinatu, en la ciudad de Maiduguri. “La vida con Boko Haram es imposible”.
Cuando la banda fundamentalista nigeriana llegó a su aldea, se quedó con todo. “Nos quitaron nuestros animales, nuestro modo de vida. Teníamos miedo de ir a cultivar el campo, si intentabas ir te golpeaban o directamente te disparaban”. El miedo a Boko Haram ha provocado una ola de hambre sin precedentes en el noreste de Nigeria y los alrededores del Lago Chad. Al menos 2’6 millones de personas han huido de sus casas —como Fanna, la mitad se ha instalado en la ciudad de Maiduguri— y siete millones de personas dependen de la ayuda humanitaria, más de cinco de ellos en el noreste de Nigeria.
Es un rugir de tripas causado por el odio. Boko Haram, cuyo nombre en lengua hausa se traduce como “la educación occidental es pecado” y quiere instaurar un califato radical, utiliza el terror para controlar el territorio. En los últimos siete años, 35.000 personas han sido asesinadas y han secuestrado a más de 10.000 mujeres y niños. Como consecuencia, las últimas cosechas se pudrieron sin que nadie las recogiera y los campos están vacíos. Los que aún no se han ido, no se atreven a cultivar.
Y en una zona pobre como el noreste de Nigeria, la interrupción de las cosechas no sólo significa un hambre atroz para hoy; también es una condena de futuro: muchos campesinos no han podido conservar las semillas para la próxima cosecha y, al romperse el ciclo, ya no podrán volver a cultivar cuando llegue la paz. Si llega.
El conflicto entre los ejércitos de la región y Boko Haram también dificulta el remedio. Como la inseguridad es constante y los yihadistas realizan ataques en carreteras y caminos, las organizaciones no gubernamentales deben ir escoltadas por el ejército, lo que ralentiza la distribución de alimentos e impide su almacenamiento en zonas apartadas ante el alto riesgo de sufrir robos.
Mientras no haya paz, la tarea titánica de evitar que millones de personas mueran de hambre recae en las organizaciones no gubernamentales. El Programa Mundial de los Alimentos (PMA), de las Naciones Unidas, es el mayor distribuidor de comida en el noreste del país, con 1’36 millones de beneficiarios. El resto de oenegés internacionales llegan entre todas a más de 400.000 personas, mientras que el gobierno nigeriano no da cifras de la población a la que asiste. También hay iniciativas puntuales del sector privado —el nigeriano Aliko Dangote, el hombre más rico de África, ha organizado diversos repartos solidarios de alimentos—, pero mucho menores.
En el almacén principal del PMA a las afueras de Maiduguri salta a la vista que la comida guardada no es suficiente. La mayoría de las naves tienen espacio de sobras. Aunque lo normal en otras crisis alimentarias es que la organización tenga de margen dos meses de comida guardada, en el caso de Nigeria la falta de fondos ha acortado las reservas y en el almacén sólo hay comida para los próximos dieciséis días.
El objetivo también es reducir al mínimo las pérdidas por robos o deterioro de los alimentos. De las 19.000 toneladas mensuales de comida que reparten en la zona —casi el 80% se produce en Nigeria— la organización admite un 0’01%-0’02% de pérdidas durante el almacenamiento y distribución, aunque lo dice con recelo.
Tras siete años de terror de Boko Haram, nadie ha recogido las últimas cosechas y los que no se han ido no se atreven a cultivar. Y esa interrupción asegura el hambre para hoy y para mañana
La sensibilidad de la cuestión, con los donantes muy atentos a la gestión de sus fondos, llevó a la organización a negar el acceso de los datos concretos sobre el coste total y la cantidad de comida perdida en robos, plagas u otros incidentes. Pese las reiteradas peticiones, varios empleados de alto rango del PMA rechazaron proporcionar los datos a este periodista para su comprobación. En su página web, la PMA ofrece cifras globales: cada año, distribuyen 12.600 millones de raciones de comida en el mundo, con un coste por ración de 27 céntimos de euro.
En Nigeria, y pese a las dificultades de seguridad, las infraestructuras no son tan deficientes o inexistentes como en otras crisis como la de Sudán del Sur, donde se precisa distribución aérea en prácticamente todo el territorio. En el caso nigeriano, desde que la comida llega al puerto de Lagos hasta que se distribuye por carretera en las zonas más aisladas pasan cuatro o cinco días.
Para Mutinta Chimuka, responsable del PMA, el minucioso control de la organización en cualquier movimiento de los alimentos, y su política de cero tolerancia a la corrupción permite asegurar “absolutamente” que el dinero de los contribuyentes llega a los más necesitados. “Aplicamos sistemas de rastreo para estar seguros de que cada dólar, peso o euro que se da al PMA llega a las personas indicadas y además les llega a tiempo”.
Una visita a la localidad de Dikwa permite comprender las dificultades de la región. Aunque la distancia entre Maiduguri y Dikwa es de apenas 89 kilómetros, la carretera es tan peligrosa que los trabajadores humanitarios deben acceder a la zona en helicóptero. Desde el cielo, se observa por qué. Durante todo el trayecto, se ven decenas de poblados calcinados y decenas de postes de telecomunicaciones saboteados. La presencia de Boko Haram en la zona es tan elevada que, una vez en tierra firme, los foráneos apenas pueden permanecer en la ciudad unas horas y nunca quedarse a pernoctar.

La ciudad está repleta de desplazados. En cualquier rincón se acumulan cientos de tiendas-refugio de quienes abandonaron sus casas por la amenaza de Boko Haram. Por las calles, hay cientos de niños sin nada que hacer y cada día atraviesan el perímetro de seguridad de Dikwa decenas de nuevos recién llegados.
Aunque la distancia entre Maiduguri y Dikwa es de apenas 89 kilómetros, la carretera es tan peligrosa que los trabajadores humanitarios deben acceder a la zona en helicóptero
Para Akura, de 42 años, es imposible quedarse “ahí afuera”. Ahora vive en el campo de Kyani, en una habitación que comparte con su mujer y sus siete hijos, y anda fastidiado porque van a construir unas letrinas a dos metros de su puerta. Pero no piensa marcharse a ningún lado. Hasta hace poco, Akura era agricultor y cultivaba arroz y cebollas en su huerto, pero aquella vida terminó. “Boko Haram llegó y mató a mucha gente; asesinaron a mi hermano. Aquí en Dikwa no hay espacio ni tierras para cultivar, así que dependemos totalmente de la ayuda humanitaria. No me gusta pero no tenemos más remedio”.
El problema es que cada vez son más y la ayuda es insuficiente. Hamsatu A Galadiana, consultora de protección infantil para Unicef en Dikwa, habla de una situación desbordada. “En los momentos de reparto de alimentos hay lucha, caos, empujones y estampidas. Una vez provocó incluso la muerte de un bebé, que estaba atado en la espalda de su madre. La mujer cayó al suelo y la gente le pasó por encima”.

Las organizaciones humanitarias conocen esa desesperación porque no es exclusiva de Nigeria. A la crisis económica global, que ha afectado a la donación para emergencias de los estados, se une una situación mundial llena de clavos ardiendo. Además de la región de lago Chad y el norte de Nigeria, hay crisis humanitarias de calado en Somalia, Siria-Irak, República Centroafricana, Sudán del Sur y Yemen.
Para Galadiana, en Nigeria sólo hay una solución posible. “Lo que esta gente necesita —dice— no es ayuda humanitaria, es que termine la violencia. Si regresa la paz, volverán a cultivar sus campos como han hecho siempre. Si hay paz, sabrán salir solos adelante”.
Hamsatu A Galadiana, consultora de Unicef, solo ve una solución posible: “Lo que esta gente necesita no es ayuda humanitaria, es que termine la violencia ”

Fuente: http://reportajes.lavanguardia.com/missing-food/nigeria/

URL Corta: http://bit.ly/2z7a7sn

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