La “última cena”… en la Unión Europea

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Elson Concepción

La “última cena”… en la Unión Europea
Elson Concepción Pérez
En la celebración de la última Cumbre del año 2017 de la Unión Europea, la «cena final» tuvo un papel protagónico por cuanto ese espacio de tiempo —bastante extendido— dio continuidad a un debate inconcluso donde el tema de la inmigración y la salida británica del bloque, ocuparon gran parte de la agenda.

Cuando leí los despachos noticiosos fechados en Bruselas que se referían a la celebración de la última Cumbre del año 2017 de la Unión Europea, me percaté de que la «cena final» tuvo un papel protagónico por cuanto ese espacio de tiempo —bastante extendido— dio continuidad a un debate inconcluso donde el tema de la inmigración y la salida británica del bloque, ocuparon gran parte de la agenda.
Acudí entonces a un poco de historia y recordé esa gran pintura mural de Leonardo da Vinci, La última cena, elaborada entre 1495 y 1497, y que muchos expertos e historiadores del arte la consideran como una de las mejores obras pictóricas del mundo.
Representa la escena cuando Jesús de Nazaret anuncia que uno de sus 12 discípulos lo entregará, según se lee en el Nuevo Testamento (San Mateo 26).
Otra explicación de la famosa pintura dice que La última cena es la mejor obra, la más serena y alejada del mundo temporal durante esos años característicos por los conflictos bélicos, las intrigas, las preocupaciones y las calamidades.
Reflexioné y me pregunté: ¿es que se trata del Siglo XXI, lleno de guerras, intrigas políticas y adversidades? De todo esto bastante saben los europeos.
Entonces, el símil, entre la «cena» pintada por Leonardo da Vinci, y la última cena en la Cumbre de la Unión Europea —salvando las distancias en el tiempo y las circunstancias—, puede hacernos pensar que el genial pintor italiano —de vivir— podría llevar al lienzo una segunda parte de su afamada obra.
La reciente cita en Bruselas no fue momento para brindar con champán, ni de celebrar el año que termina. Fueron dos días de desilusión ante el clima sombrío de un Viejo Continente atrapado en una crisis migratoria como nunca antes y la salida de un país miembro —Gran Bretaña— de un mecanismo nacido con muchas aspiraciones pero hoy apresado en la incertidumbre.
El llamado «sistema de cuotas obligatorias para recibir inmigrantes» ocupó el centro de los debates. La idea de imponer el reparto obligatorio de la carga de acogida ha demostrado ser fuente «de muchas divergencias» entre los 28 estados miembro, citan los despachos de prensa.
Aunque hoy la situación dista del momento pico en 2015 cuando un millón de inmigrantes arribó a tierra europea atravesando el Mediterráneo, la herida abierta aún no cicatriza y la búsqueda de soluciones a ese problema evidenció fracturas entre las posiciones de los países de la Unión.

En ese contexto de una Europa con situaciones sociales complejas como el desempleo creciente en algunos de sus países, la crisis de la inmigración pasa, lógicamente, por la saturación del mercado de trabajo y la carencia de opciones que pueda ofrecer un sistema neoliberal de por sí en crisis.
El tema de la migración masiva hacia el Viejo Continente por parte de ciudadanos africanos, del Oriente Medio y otras regiones, afectados por guerras, conflictos tribales y hambre, ha incentivado, además, el tráfico de seres humanos y su comercio por parte de bandas a las que solo les importa el dinero.
Por estos días, un despacho de la agencia de prensa IPS, señala que «los gobiernos europeos son cómplices del abuso a decenas de miles de refugiados y emigrantes detenidos por las autoridades migratorias de Libia en condiciones lamentables», según denunció Amnistía Internacional en el marco del gran malestar por la trata y el tráfico de personas en ese país.
En el informe Oscura red de connivencia en Libia, se detalla cómo los gobiernos europeos apoyan activamente este sistema complejo de atropello y extorsión de la Guardia Costera libia, las autoridades de los centros de detención y las redes criminales de trata para evitar que la gente cruce el Mediterráneo.
Por su parte, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), con sede en Ginebra, estima que hay un millón de personas detenidas en Libia y se dispuso rescatar a las primeras 15 000 víctimas, mediante un plan de repatriación de emergencia, para lo cual organiza un puente aéreo y propone liberar a otro tanto antes de fin de año.
El otro asunto que centró el debate de los mandatarios asistentes a la última Cumbre de la Unión Europea en 2017, fue el llamado Brexit o salida de Gran Bretaña de la organización, considerado por la prensa como el primer divorcio en 60 años.
Para muchos analistas, la arquitectura europea reclama a gritos por reformas profundas, donde el equilibrio entre responsabilidad y solidaridad será clave.
Así termina un año donde se imponen respuestas a más de una interrogante que pueda enrumbar a la Unión Europea por un camino propio, sin olvidar que muchos de los problemas que afronta hoy tienen su origen en la situación económica y social en la que viven o mal viven más de mil millones de seres humanos en este mundo, muchos de ellos en países que fueron colonias de las metrópolis europeas.

 

Pérez
En la celebración de la última Cumbre del año 2017 de la Unión Europea, la «cena final» tuvo un papel protagónico por cuanto ese espacio de tiempo —bastante extendido— dio continuidad a un debate inconcluso donde el tema de la inmigración y la salida británica del bloque, ocuparon gran parte de la agenda.

Cuando leí los despachos noticiosos fechados en Bruselas que se referían a la celebración de la última Cumbre del año 2017 de la Unión Europea, me percaté de que la «cena final» tuvo un papel protagónico por cuanto ese espacio de tiempo —bastante extendido— dio continuidad a un debate inconcluso donde el tema de la inmigración y la salida británica del bloque, ocuparon gran parte de la agenda.
Acudí entonces a un poco de historia y recordé esa gran pintura mural de Leonardo da Vinci, La última cena, elaborada entre 1495 y 1497, y que muchos expertos e historiadores del arte la consideran como una de las mejores obras pictóricas del mundo.
Representa la escena cuando Jesús de Nazaret anuncia que uno de sus 12 discípulos lo entregará, según se lee en el Nuevo Testamento (San Mateo 26).
Otra explicación de la famosa pintura dice que La última cena es la mejor obra, la más serena y alejada del mundo temporal durante esos años característicos por los conflictos bélicos, las intrigas, las preocupaciones y las calamidades.
Reflexioné y me pregunté: ¿es que se trata del Siglo XXI, lleno de guerras, intrigas políticas y adversidades? De todo esto bastante saben los europeos.
Entonces, el símil, entre la «cena» pintada por Leonardo da Vinci, y la última cena en la Cumbre de la Unión Europea —salvando las distancias en el tiempo y las circunstancias—, puede hacernos pensar que el genial pintor italiano —de vivir— podría llevar al lienzo una segunda parte de su afamada obra.
La reciente cita en Bruselas no fue momento para brindar con champán, ni de celebrar el año que termina. Fueron dos días de desilusión ante el clima sombrío de un Viejo Continente atrapado en una crisis migratoria como nunca antes y la salida de un país miembro —Gran Bretaña— de un mecanismo nacido con muchas aspiraciones pero hoy apresado en la incertidumbre.
El llamado «sistema de cuotas obligatorias para recibir inmigrantes» ocupó el centro de los debates. La idea de imponer el reparto obligatorio de la carga de acogida ha demostrado ser fuente «de muchas divergencias» entre los 28 estados miembro, citan los despachos de prensa.
Aunque hoy la situación dista del momento pico en 2015 cuando un millón de inmigrantes arribó a tierra europea atravesando el Mediterráneo, la herida abierta aún no cicatriza y la búsqueda de soluciones a ese problema evidenció fracturas entre las posiciones de los países de la Unión.

En ese contexto de una Europa con situaciones sociales complejas como el desempleo creciente en algunos de sus países, la crisis de la inmigración pasa, lógicamente, por la saturación del mercado de trabajo y la carencia de opciones que pueda ofrecer un sistema neoliberal de por sí en crisis.
El tema de la migración masiva hacia el Viejo Continente por parte de ciudadanos africanos, del Oriente Medio y otras regiones, afectados por guerras, conflictos tribales y hambre, ha incentivado, además, el tráfico de seres humanos y su comercio por parte de bandas a las que solo les importa el dinero.
Por estos días, un despacho de la agencia de prensa IPS, señala que «los gobiernos europeos son cómplices del abuso a decenas de miles de refugiados y emigrantes detenidos por las autoridades migratorias de Libia en condiciones lamentables», según denunció Amnistía Internacional en el marco del gran malestar por la trata y el tráfico de personas en ese país.
En el informe Oscura red de connivencia en Libia, se detalla cómo los gobiernos europeos apoyan activamente este sistema complejo de atropello y extorsión de la Guardia Costera libia, las autoridades de los centros de detención y las redes criminales de trata para evitar que la gente cruce el Mediterráneo.
Por su parte, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), con sede en Ginebra, estima que hay un millón de personas detenidas en Libia y se dispuso rescatar a las primeras 15 000 víctimas, mediante un plan de repatriación de emergencia, para lo cual organiza un puente aéreo y propone liberar a otro tanto antes de fin de año.
El otro asunto que centró el debate de los mandatarios asistentes a la última Cumbre de la Unión Europea en 2017, fue el llamado Brexit o salida de Gran Bretaña de la organización, considerado por la prensa como el primer divorcio en 60 años.
Para muchos analistas, la arquitectura europea reclama a gritos por reformas profundas, donde el equilibrio entre responsabilidad y solidaridad será clave.
Así termina un año donde se imponen respuestas a más de una interrogante que pueda enrumbar a la Unión Europea por un camino propio, sin olvidar que muchos de los problemas que afronta hoy tienen su origen en la situación económica y social en la que viven o mal viven más de mil millones de seres humanos en este mundo, muchos de ellos en países que fueron colonias de las metrópolis europeas.

 

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