Los Estados que salvaron a al-Qaida

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Kyle Orton – Al Jumhuriya English

 

Honduras, Tegucigalpa

Aunque Irán y sus apoderados en la región intentan pasar por moderados que combaten el “terrorismo”, un libro recién publicado arroja más luz sobre el papel de los actores estatales –Teherán y Pakistán sobre todo- a la hora de facilitar las operaciones de al-Qaida desde el 11-S hasta nuestros días.

El nuevo libro de los periodistas de investigación Adrian Levy y Catherine Scott-Clark, The Exile: The Flight of Osama bin Laden, traza la carrera del fundador de al-Qaida, Osama bin Laden, pasando por la fecha en que su nombre se nos hizo familiar –el 11 de septiembre de 2001-, por su caída en 2011, hasta llegar a finales de 2016, cuando al-Qaida era más poderosa que nunca. Es un relato absolutamente absorbente, que saca a la luz un caudal enorme de hechos nuevos, incluyendo muchos detalles complejos de cómo al-Qaida operaba a nivel humano en el día a día y de los Estados y para-Estados que protegían a la red terrorista, colaboraban con ella y la posibilitaban, algo que aún siguen haciendo.

La concentración de la red de Bin Laden en Sudán y después en las zonas bajo control talibán de Afganistán en la década de 1990, es historia conocida, pero las escisiones y debates entre los yihadistas árabes alrededor de Bin Laden, incluida la oposición de un número significativo de ellos a la masacre del 11-S, son quizá mucho menos conocidos. Los autores rastrean cómo Bin Laden manipuló sus propias cuasi-instituciones para salirse con la suya. En primer lugar, Bin Laden asumió el plan de un hombre, Khalid Shaykh Muhammad (KSM), que ni siquiera era miembro de al-Qaida, y luego, antes de la votación crucial, atestó el consejo de la Shura de extremistas egipcios pergeñando una fusión entre al-Qaida y la Yihad Islámica, que estaba dirigida por Ayman al-Zawahiri.

Esta intriga de alto riesgo se añade a los problemas menos elevados de dirigir una organización terrorista clandestina. El entonces jefe de seguridad de Bin Laden, Nasser al-Bahri (Abu Yandal), fue enviado de vuelta a su Yemen natal antes del 11-S. Al Bahri había concertado una nueva esposa para Bin Laden, Amal, como parte de un plan para reforzar las relaciones con una influyente tribu yemení. En aquel momento, Yemen servía de importante ámbito de reclutamiento y recaudación de fondos, así como de potencial base alternativa en caso de que los lazos con los talibán siguieran deteriorándose.

Amal era muy joven; su presencia enfureció a las otras esposas de Bin Laden, que se negaron a hablar con la muchacha y empezaron a atacar a la esposa de al-Bahri, Tayez. ¿Sabía ella lo que su marido iba a hacer para Bin Laden? ¿Por qué no las advirtió? Amal no tuvo más opción que aceptar el ostracismo a que la sometieron; Tayez no se sintió tan atrapada. “Abochornado por la malevolencia de su familia”, explican los autores, Bin Laden “permitió que su jefe de seguridad se trasladara a Sanaa, disfrazándolo de ‘misión’ […] para reforzar el apoyo entre los líderes tribales, jeques e imanes yemeníes, preparando así la reubicación allí de al-Qaida”.

Cuando unos Estados Unidos enfurecidos barrieron a los talibán del poder a finales de 2001, y tenían “al Sheij” y a sus tropas arrinconadas en Tora Bora, tropezaron con la contradicción que echaría a perder para siempre la campaña afgana: no sólo eran apoderados del “ala-S” de los Servicios de Inteligencia pakistaníes (ISI), como Jaysh-e-Muhamad y Lashkar-e-Tayyiba –instrumentos terroristas organizados para emprender una guerra en la sombra con la India-, que ayudaban activamente a que los operativos de al-Qaida entraran en Pakistán, protegiéndoles una vez que se encontraban en el país, sino elementos poderosos del ISI in toto y del establishment militar y de inteligencia pakistaní que apoyaban a niveles más amplios una política que trataba de asegurar que EE. UU. no pudiera conseguir eliminar a al-Qaida. En su forma más cínica, esta política intentaba que los cheques siguieran llegando, pero para muchos representaba un compromiso profundamente sincero con la causa yihadista.

El papel de Hamid Gul, el jefe del ISI durante las últimas etapas de la ocupación soviética de Afganistán como pieza clave de las cloacas pakistaníes del terrorismo “negable” patrocinado por el Estado, fue razonablemente bien entendido. Las escenas esbozadas por Levy y Scott-Clark sobre el comportamiento de los oficiales militares y de inteligencia de servicio en Pakistán constituyen algunos de los pasajes más impactantes del libro.

El teniente general Mahmud Ahmed, uno de los conspiradores que derrocó al gobierno civil en Pakistán en 1999, llevando a Pervez Musharraf al poder, fue jefe del ISI durante ese período crucial. En EE. UU. se producía el 11-S y Ahmed, atrapado allí durante varios días, fue atacado por el jefe de la CIA en cuanto regresó a Pakistán. Tan pronto como estuvo libre, Ahmed visitó al líder talibán Muhammad Omar. “Nunca entregues al Sheij Osama”, le dijo Ahmed al mullah Omar, y protégele “a cualquier precio”.

Ahmed empezó entonces a compartir inteligencia con Omar, que le facilitó entrenamiento en la guerra de guerrillas, en la resistencia al poder aéreo estadounidense y envió un equipo de especialistas del ISI para ayudar a los talibán a poner bombas-trampa en las ciudades; también hizo llegar a los talibán tal cantidad de tanques-cisterna de combustible y suministro de camiones, que atascaron el cruce fronterizo con Afganistán, en Chaman”. En diciembre de 2001, después de que Islamabad llegara a un acuerdo con EE. UU. para aplastar a al-Qaida en un movimiento de pinza en las montañas a lo largo de la Línea Durand, uno de los operativos del ISI intentó volar el parlamento indio, el Lok Sabha, desencadenando casi una guerra termonuclear en el subcontinente, llevándose a rastras a las tropas que estaban a punto de acabar con al-Qaida.

Bin Laden y una célula pequeña, protegidos por Ibrahim Said Ahmed, el mensajero que hizo célebre la película Zero Dark Thirty como Abu Ahmad al-Kuwaiti, se adentró en unas zonas tribales paquistaníes que incluso al ISI le resultaba muy difícil controlar. Después de varios años de vivir en hogares cada vez más abarrotados, Bin Laden se instaló en el complejo de Abbottabad a finales de agosto de 2005. Poco después, el ISI, a través de Fazlur Rahman Khalil, el padrino de los talibanes, se acercó directamente a Bin Laden, ofreciéndole facilitar su estancia en Pakistán: debería mantenerse callado y fingir que estaba muerto; se asegurarían de que sus redes en la policía y el ejército mantuvieran a los estadounidenses y a cualquier otra persona lejos de él y de sus principales lugartenientes. Incluso a finales de agosto de 2010, el ISI estaba utilizando líneas de comunicación con Bin Laden, buscando un pacto de no agresión. Bin Laden sospechaba que era una trampa para atraerle; es posible que nunca lo sepamos.

Ese mismo mes del verano de 2010, Bin Laden abandonó el recinto de Abbottabad. No era la primera vez que lo hacía. Entre otros viajes, Bin Laden había asistido a la reunión de planificación en Mansehra, a unos 24 kilómetros al norte de Abbottabad, con ocasión de la enorme atrocidad acaecida en Mumbai en noviembre de 2008, un crimen “facilitado por Lashkar, supervisado por el ala-S del ISI y patrocinado por al-Qaida”. Esta vez Bin Laden estaba arreglando las comunicaciones con su esposa Khairiah, que estaba en Pakistán, aunque a cierta distancia, por razones de seguridad. Acababa de salir de Irán con Hamza, el hijo de Bin Laden, y otros familiares.

Cuando escapó de la “Montaña Blanca” a finales de 2001, Osama había recurrido a un viejo amigo: Gulbuddin Hekmatyar, un señor de la guerra muyahaidin, tristemente célebre por reducir Kabul a cenizas en la guerra civil con otros comandantes muyahaidin que siguió a la expulsión de los soviéticos de Afganistán, así como por su participación en la gran batalla con el Ejército Rojo. En 2001, Hekmatyar tenía su base en Irán y estaba bajo la dirección del general Qassem Soleimani, el comandante de la Fuerza expedicionaria Al-Quds dentro del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI). “Dirigida desde Teherán, la red de Hekmatyar en Afganistán siguió activa y respondió a la petición de ayuda de Osama”, señalan los autores. Mientras Bin Laden y su partido se adentraban en Pakistán, gran parte del liderazgo militar y religioso de al-Qaida se dirigió hacia Irán. No se trató de un acontecimiento accidental.

En enero de 2002, Soleimani aprobó directamente que se proporcionara un puerto seguro a al-Qaida. En marzo de 2002, el goteo de operativos de al-Qaida hacia Irán se convirtió en torrente cuando a los hombres de Soleimani se les ordenó que establecieran campamentos en la frontera para albergar a los terroristas de al-Qaida y a sus familias. Algunos grupos de yihadistas fueron trasladados a Teherán, alojados en el hotel Amir, con sus mujeres e hijos al otro lado de la calle en el hotel de cuatro estrellas Howeyzeh, ambos en la misma calle que los cuarteles de Soleimani en la antigua embajada estadounidense. A esos hombres se les facilitaron documentos falsos para que pudiera trasladarse al sureste asiático y más allá.

Un grupo de los dirigentes más destacados de al-Qaida: los militares Sayf al-Adel y Abu Muhammad al-Masri; el estratega Mustafa Setmariam Nasar (Abu Musab al-Suri); el fundador del Estado Islámico, Ahmad al-Khalayleh (Abu Musab al-Zarqawi); más la familia de Bin Laden, fueron instalándose formando una red entre las poblaciones árabes en Irán. A través de Mafuz Ould al-Walid (Abu Hafs al-Mauritani), el principal clérigo de Bin Laden en Afganistán, salieron de entre las sombras y llegaron a una serie de condiciones con la Fuerza Al-Quds.

En ocasiones, esas condiciones semejaban un arresto domiciliario, aunque incluso en esa supuesta cautividad, a al-Qaida se le permitía que dirigiera sus operaciones. Sayf al-Adel dirigió el bombardeo de Riad desde Irán en mayo de 2003, y al-Adel, que estaba muy próximo a Soleimani, era completamente consciente de que donde su terrorismo se solapara con los intereses iraníes, la Fuerza Al-Quds le ayudaría. El jefe de los asuntos exteriores de al-Qaida, Abu al-Khayr, era libre de trabajar en una “bomba sucia”, a pesar de hallarse bajo custodia (a Abu al-Khayr se le permitió abandonar Irán en 2015, desde donde se dirigió directamente a Siria, donde se suponía que Irán se mantenía firme contra los terroristas de al-Qaida. Abu al-Khayr era el segundo de al-Qaida cuando la coalición liderada por los estadounidenses acabó con él en Idlib en febrero de 2017).

En otros momentos, especialmente después de 2007, al-Qaida era mucho más libre. Sin duda que hubo una lucha constante para conseguir apalancarse –en 2010 pareció propiciarse un intercambio de rehenes entre Khairiah y los otros-, pero cuando eso se vino abajo, Irán, a pesar de las repetidas peticiones, no entregó a al-Qaida a EE. UU., y hasta el momento presente permite que al-Qaida dirija su “principal oleoducto” desde Pakistán, a través de Irán, hacia el mundo árabe. Cuando se produjeron deportaciones, como en el caso de al-Zarqawi, que pasó breves momentos en una prisión iraní, Irán ayudó a los operativos de al-Qaida a hacer los viajes que de todas formas iban a hacer, y la Fuerza Al-Quds permitió que al-Zarqawi siguiera su camino con teléfono de satélite, pasaportes, armamentos y dinero, ayudándole a orquestar su caos en Iraq.

El trabajo preliminar y la provisión de fuentes en el libro son impresionantes. Cuando uno llega al momento, en mayo de 2011, en que las fuerzas de operaciones especiales de la Marina estadounidense llegan a por Bin Laden, y él comprueba que su recinto es una trampa de la que no hay escapatoria, los autores narran los acontecimientos de forma absolutamente única. Cuando los helicópteros se le vinieron encima, “Osama se despertó con una expresión temerosa”, escriben. Se nos cuenta lo que su esposa, Amal, “pensó” acerca de lo que estaba sucediendo. Por un momento, uno se pregunta cómo puede saberse esto y entonces uno lee las notas al pie. Levy y Scott-Clark preguntaron a las únicas personas que podían saberlo.

Cualquier crítica es una cuestión de énfasis e interpretación.

En mi opinión, el libro descarta demasiado fácilmente la cuestión de las conexiones de Sadam Husein a favor de la opinión general de que no existían tales conexiones. Un ejemplo: cuando se refieren al movimiento de una docena de yihadistas vinculados con al-Qaida en Bagdad en mayo de 2002, incluido al-Zarqawi, los autores escriben que la administración Bush –ante la insistencia del secretario de estado Colin Powell- había bloqueado un plan para matar a al-Zarqawi en su base del norte de Iraq a fin de utilizarle para justificar la inminente invasión “permitiendo que Zarqawi se deslizara hasta Bagdad”.

En sí misma, esta narrativa esconde la capacidad de acción de los implicados: hombres buscados de perfil alto no sólo se “deslizaron” hacia la capital de Sadam. Pero la narrativa no se sostiene una vez que se tiene en cuenta que Powell y su adjunto, Richard Armitage, eran más intransigentes que incluso el director de la CIA, George Tenet, en su oposición a la invasión de Iraq.

Mahfuz al-Walid ocupa un lugar preponderante como fuente en el libro, y sólo ocasionalmente se tiene la sensación de que algunas de sus auto justificaciones y tendencias partidistas son florituras. “Aquí en Afganistán […] no pudimos contener nuestra alegría cuando vimos a EE. UU. saborear, por un día, lo que el pueblo islámicos lleva tragando cada día desde hace décadas”, dijo al-Walid a un entrevistador de Al-Jazeera en noviembre de 2001. “Uno de los actos de gracia de esta generación es matar estadounidenses”. Al-Walid fue el segundo líder de al-Qaida en aparecer en público tras el 11-S. Ahora dice que fue una declaración ad hoc que hizo encolerizado después de ver las sangrientas secuelas de un ataque aéreo estadounidense. Resulta un poco demasiado oportuno.

Finalmente, el marco de la lucha dentro de Irán entre reformistas y conservadores respecto al hecho de albergar al liderazgo de al-Qaida se desmonta más bien en sí mismo. Ya sea que uno acepte o no loshallazgos de la CIA en el sentido de que estos cismas entre las elites son aspectos secundarios en un Estado dirigido con mano firme por el líder supremo Ali Jamenei y su Fuerza Al-Quds, Irán albergó a dirigentes clave de al-Qaida.

Las personas con peso en Irán acogieron a al-Qaida en un momento de peligro existencial, les dejaron que orquestaran libremente el terrorismo más allá de las fronteras de Irán y continúan manteniendo a líderes operativos de al-Qaida, como Sayf al-Adel y Abu Muhammad al-Masri, a salvo de los drones estadounidenses. Esta es una conclusión a tener en cuenta para poder avanzar.

Kyle Orton es analista de cuestiones relativas a Oriente Medio, con un interés especial en Siria y el yihadismo. Twitter @KyleWOrton

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