¿Por qué sufrimos ataques de pánico?

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***La edad en que suelen presentarse los ataques de pánico se ubica entre los 20 y los 50 años con una incidencia de casi un 70 por ciento en mujeres y un 30 por ciento en hombres.

Tegucigalpa, Honduras

“Estaba dando una clase en la facultad cuando de pronto empecé a sentir que mi corazón latía más y más rápido, más y más fuerte. Se me secaba la boca y tenía una sensación de ahogo, de no poder tragar, que me dejaba casi sin posibilidad de emitir palabra. Pasaban los días y una y otra vez se repetían las mismas sensaciones, como si algo se hubiera apoderado de mí y sin posibilidad de frenarlo. Terminaba en la guardia de un hospital expresando con la más absoluta fidelidad que me moría, aunque después supe que era una sensación”, recuerda María Inés Goenaga. Una experiencia similar atravesó Ernesto Rouco: “Fuimos a cenar con mi mujer. Apenas había pedido la comida, empecé a sentir falta de aire, un leve mareo, taquicardia, opresión en el pecho. Fue la primera vez que sentí que me moría, pero que me moría de verdad. Salir a tomar aire no solucionó nada. Los síntomas eran cada vez peores. Y la angustia mayor. Finalmente, fui a una guardia y luego de un rápido chequeo, no encontraron nada. Pero la sensación seguía. También sentía una profunda necesidad de dormir, pero tenía miedo de no despertarme. Luego, así como había venido, se fue”.

Inés y Ernesto sufrieron ataques de pánico, una reacción de ansiedad intensa que no se limita a una situación o a una causa específica y que genera mucha angustia, porque muchas personas suelen confundir el episodio con una dolencia cardíaca, pero cuando les realizan los exámenes de rutina les aseguran que “no tienen nada”, lo que les provoca más desazón, ya que el dolor que sienten no es simulado sino real.

Antes, la demora promedio en llegar a un diagnóstico correcto era de siete años y el paciente deambulaba por distintos especialistas sin resultados. Pero en los últimos años, se capacitó al personal que trabaja en las áreas de emergencia para distinguir cuándo los síntomas no son de origen orgánico. En muchos casos, lo que necesitan los pacientes no son tantos estudios sino una contención emocional, ya que llegan a la consulta médica con la creencia espantosa de que se están por morir. Pero es una idea, estos episodios no causan la muerte.

La edad en que suelen presentarse los ataques de pánico se ubica entre los 20 y los 50 años con una incidencia de casi un 70 por ciento en mujeres y un 30 por ciento en hombres. Una de las preguntas frecuentes a la que se enfrentan los especialistas es qué los provoca. Evangelina Melgar, médica psiquiatra del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO) explica que “el estrés físico o mental como accidentes, cirugías, enfermedades, desgracias o frustraciones suelen ser antecedentes de la aparición de una crisis de pánico; el estrés crónico ante las exigencias de la vida cotidiana va afectando al sistema nervioso. También existe evidencia de que hay una vulnerabilidad genética y una predisposición hereditaria a padecerlo”. En la última década las consultas por este trastorno se incrementaron un 20 por ciento. Sin embargo, no solo el estrés cotidiano provoca el aumento de pacientes. El deterioro de algunos lazos familiares y sociales, vivir en alerta continua ante los hechos delictivos y una cierta tendencia al aislamiento explican también el crecimiento de esta problemática.

Por lo general, no existen síntomas precursores que anticipen que un ataque de pánico se acerca; al contrario, es una situación brusca, incontrolable que irrumpe en la vida de la persona en cualquier momento y lugar. Sin embargo, Tomás Sepich D’Almeida, médico especialista en psiquiatría del Instituto de Neurología del Sanatorio Los Arcos, aclara que “aquellas personas que sufrieron un ataque de pánico generalmente quedan con cierta sensibilidad o estado de alerta. Conservan algún tipo de sensación o síntoma, llamados ‘gatillos’, capaces de anticipar un nuevo ataque. Estos síntomas pueden ser de lo más diversos, desde un pensamiento a alguna sensación corporal que la persona sintió con anterioridad y que luego culminó en el ataque de pánico”.

VOLVER A SENTIRSE BIEN

En todos los casos es imprescindible que se encare un tratamiento profesional. Primero se deben realizar las consultas médicas que permitan descartar cualquier enfermedad orgánica. Luego, hay que averiguar qué pasa en la vida de la persona que padece esos ataques. Generalmente al resolver o aceptar los conflictos personales se van diluyendo en el tiempo. “Unos meses después de mi primer ataque de pánico volví a padecerlo. Y otra vez a la guardia. Otra vez pensar que me moría y otra vez los estudios que no decían nada. Una y otra vez me imaginaba muerto, mis hijos sin padre y yo sin disfrutar de ellos, sin verlos crecer. Por ignorancia, tardé en hablarlo con mi médica clínica. Apenas me escuchó, me dijo que eran ataques de pánico y que me iba a derivar a psiquiatría, para que converse con alguien. Mi primera reacción fue irme. Yo no estaba loco. Pero esas charlas ayudaron mucho. Aunque me advirtieron que puede repetirse, me prepararon para enfrentarlo”, recuerda Ernesto que no volvió a padecerlo.

En muchas ocasiones la persona sufre alguna crisis única o aislada y nunca más lo repite, entonces ¿cuándo se convierte en un trastorno? Cuando los ataques de pánico interfieren con el trabajo, los vínculos o la autoestima, o cuando la persona que los padece evita realizar actividades cotidianas, como tomar el colectivo o ir al cine, por el temor a volver a sufrirlos.

El tratamiento en general incluye medicación (antidepresivos o ansiolíticos), psicoterapia y educación. La aplicación de técnicas de terapia cognitiva asociadas a la farmacoterapia demostraron una gran eficacia en la sanación de los pacientes y la prevención de recaídas. Además, hay datos más que esperanzadores: luego de realizar el tratamiento adecuado, el 41 por ciento de los pacientes manifiesta estar mejor, el 42 por ciento mejora pero con algunos síntomas residuales y solo un grupo pequeño de personas presenta síntomas difíciles de controlar o no presenta una mejoría total.

María Inés, también gracias al tratamiento, no volvió a padecer ataques de pánico. “Trabajé mucho en terapia para entender cuál era la raíz de esa angustia. No fue fácil, el miedo al ataque de pánico es más grande que el ataque de pánico en sí. Quienes lo hemos padecido, tenemos que aprender a vivir con eso siempre”. Desde su experiencia está convencida y convence que se puede salir, se puede volver a tener una vida “normal”. Buscando maneras más sanas de canalizar las cosas que pasan. “Es un aprendizaje que va acompañado por un psicólogo, por un psiquiatra y por la gente que nos rodea, que nos quiere, que no nos juzga. La manera de superarlo será resolver lo que lo provoca. Es difícil, pero no imposible”.

¿CÓMO ALIVIAR UN ATAQUE?

En el momento de crisis, son útiles las técnicas de relajación y respiración.

Es primordial que la persona que lo padece comprenda que lo que le sucede no tiene un fundamento orgánico y que no hay un peligro de muerte ni de locura.

En el momento del ataque, lo primero es tratar de no asustarse, tener presente que lo que invade es un miedo y que se irá disipando a medida que la persona logre irse serenando. En segundo término, tratar de tomar aire e identificar los pensamientos que provocan ese estado de ansiedad.

Una ayuda para atravesar mejor el momento será buscar actividades que distraigan la mente como llamar a un amigo, mirar TV, escuchar música o alguna otra tarea que permita abstraerse.

Es importante no enojarse con uno mismo por presentar estos síntomas. También animarse y mejorar el estilo de vida con hábitos saludables como una buena alimentación y un tiempo para la actividad física y la recreación, además de respetar las horas de sueño y descanso.

El trastorno de pánico es tratable, pero para recuperarse completamente es importante buscar ayuda profesional al inicio del cuadro, ya que el tratamiento será mucho más efectivo. Susana. Hondudiario.

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