Salvar el maíz tierno

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Jonathan Menkos Zeissig

Ayer murió de hambre la niña que iba a ser nuestra primera astronauta. La mitad de los niños menores de cinco años padece desnutrición. Hace dos días, su hermana mayor, de 13 años de sobrevivencia y tres de escuela, fue unida forzosamente a un patojo de 17. Él trabajará una tierra prestada y estéril hasta que se le doble la espalda; ella parirá cinco hijos y hará los oficios de la casa el resto de su vida. Nunca serán lo que quisieron: un ingeniero agrónomo y una médica. Antes de que termine este día, 79 niñas y adolescentes quedarán embarazadas, algunas como fruto de una violación, otras como resultado d

Jonathan Menkos Zeissig

e una cultura conservadora y miope que limita la educación sexual y reproductiva.

Hoy, un niño de nueve años partió hacia la frontera. No le acompaña ningún adulto. Sobre la desgastada playera de “la sele” aún siente las tibias lágrimas de los abuelos que le han cuidado desde la cuna. Si se queda morirá en las manos asesinas de las maras. Si lograra sobrevivir, si se encontrara con sus padres en Estados Unidos, cumpliría su sueño de ser un futbolista famoso. Infortunadamente, los Zetas interrumpirán su viaje. Otro güiro, de 13 años —sin instituto ni biblioteca, ni frijoles en la mesa—, hoy se sumará a una de las maras del lugar, pasará la prueba de extorsionar y matar, y vivirá dos años más. Antes, cuando soñaba, quería vivir para ayudar: ser bombero, policía o cuentacuentos.

La corrupción, un modelo económico sádico basado en exprimir a las personas, y un Estado fundado para la riqueza de pocos y el hambre de muchos están matando el presente y el futuro de las niñas, niños y adolescentes de Guatemala, y con ello también exterminan el presente y el futuro de este país. Aproximadamente, uno de cada diez niños, de entre siete y 14 años realiza actividades económicas, insertándose de manera temprana al trabajo, sacrificando su niñez y limitando la capacidad de construir el proyecto de vida que desea. No es difícil comprender por qué hoy no están inscritos en la escuela 1.9 millones de niñas, niños y adolescentes, de entre cinco y 18 años, si sabemos que siete de cada diez ausentes viven en condiciones de pobreza.

Ayer se celebró el Día del Niño y la próxima semana, el 8 de octubre, se celebrará el Día de la Niña. Sin embargo, el contexto de indefensión en el que viven millones de ellos no nos permite una festividad completa. Abracemos a aquellos que tenemos cerca, pero no olvidemos a los que están alejados del hogar tibio, de la escuela, de la mesa servida, del juego y la sonrisa.

Guatemala puede y debe avanzar hacia políticas —económicas, sociales y fiscales— que protejan a todos los niños y adolescentes: salvar el maíz tierno requiere universalizar la educación, la salud y el agua, al tiempo en que se aumenta la infraestructura económica y social, se generan empleos para los adultos y se induce una rápida transformación productiva de las pequeñas y medianas empresas. Es necesario que los hogares cuenten con un mínimo de recursos —una renta básica universal— para satisfacer sus necesidades esenciales y provocar una mayor demanda de productos y servicios locales, que dinamice la economía y de certidumbre. Es vital un sistema de justicia que garantice los derechos y juzgue como manda la ley al infractor y al corrupto. Es toral acabar con las mafias que han capturado el sistema político.

Animémonos a exigir cambios substanciales y responsabilicémonos por la protección de todos y cada uno de los niños, niñas y adolescentes. En ello reside la fuerza para un país cohesionado, vivible y democrático.

jmenkos@gmail.com

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