Mensaje de esperanza para un pueblo atormentado

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Manuel Villacorta 

La vida en Guatemala se ha convertido en un latente desafío. Los niños cada vez poseen menos sitios en donde jugar y aprender. Casi dos millones de menores de edad están fuera del sistema escolar. De cien niños que inician la primaria solo veinticinco alcanzan el sexto grado. Más de la mitad padecen desnutrición crónica. Nuestra niñez no alcanza una vida plena a pesar los derechos inherentes que posee. Los jóvenes enfrentan una vida generalmente hostil o limitada, doscientos mil terminan los estudios diversificados cada año, pero sólo diez mil encuentran un empleo, generalmente mal pagado. Ciento noventa mil de ellos se suman cada año a los millones de desempleados. Las posibilidades de desarrollar y concretar sus habilidades intelectuales, artísticas o deportivas, son casi nulas. La población adulta se constituye en un amplio sector social que día a día, busca la forma de adquirir escuálidos ingresos para la sobrevivencia familiar, en medio de un modelo económico que se niega a crear más oportunidades y que por el contrario, las pocas que existen tienden a reducirse. Los ancianos generalmente diluyen su último tramo de vida en medio de la soledad y la preocupación constante respecto a la Guatemala que heredan a sus familias. Nuestro pueblo vive en condiciones inaceptables e injustas.

Lo anterior tiene explicación. Toda sociedad organizada y responsable, en donde se instituya una verdadera democracia, tiene que tener una direccionalidad política de Estado, eficiente, responsable y transparente. Las instituciones del Estado deben estar dirigidas por funcionarios experimentados y muy calificados. Materias como salud, educación, seguridad y economía, deben ser la prioridad. Y lo fundamental: el interés social debe ser el eje de todo gobierno que acepte gobernar para toda la población. Y eso, lo anteriormente expuesto, no ha ocurrido en Guatemala desde hace muchas décadas. Por el contrario, el Estado de Guatemala fue asaltado por la politiquería corrupta, amparada por los espurios intereses de grupos económicamente muy poderosos, que con una miopía descomunal, destruyeron nuestras instituciones, condenaron al pueblo a la pobreza y aceleraron la degradación de nuestros recursos naturales. Sus inmensas fortunas ilegalmente amasadas, son el más ingrato monumento al delito y la miseria humana.

Nuestro pueblo no puede más. Honduras —pueblo hermano que posee rasgos históricos tan similares a nosotros— es ahora el ejemplo de una tragedia llevada más allá de todo limite soportable, huir es el único camino, las migraciones colectivas serán a partir de ahora, una nueva forma de intento por la sobrevivencia. Millones de guatemaltecos dejarían la patria si pudiesen hacerlo, no tengo la menor duda de ello. Porque nuestro derecho a tener un verdadero país, integrado y promisorio, nos fue vedado. La corrupción, la cooptación, la avaricia y el servilismo de todos aquellos que vendieron su vergüenza a patrones de turno para viabilizar un Estado horrendo, sellaron la Guatemala de hoy, la que nos queda. Nos resta encontrar a los mejores hijos de la patria, aquellos que entienden todo lo expuesto en estas líneas, aquellos que estarán dispuestos a recoger los restos de una patria destruida, para intentar construir la otra Guatemala, la patria que merecemos. Tarea descomunal, pero que se constituye en nuestro único camino. La vileza de los verdugos y sus serviles no quedará impune. Tener otra Guatemala no es un sueño, es nuestro más valioso derecho. Unámonos y pactemos, porque la patria aún esquilmada, volverá a florecer.

manuelvillacorta@yahoo.com

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