Una fiesta democrática en la era de la rabia

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La Nación Andrés Malamud

No hubo fraude. No hubo negación de la derrota. Aunque los grupos de WhatsApp juren lo contrario, ayer perdió la grieta. Mientras las protestas populares incendian medio continente, Argentina celebró su fiesta democrática como cada dos años desde 1983. Más allá de la rivalidad, los dirigentes estuvieron a la altura. Juntos, todos.

El resultado sorprendió por lo ajustado. Alberto Fernández ganó con justicia, pero no arrasó. Mauricio Macri perdió con más dignidad que en las PASO. La victoria en primera vuelta de Horacio Rodríguez Larreta aseguró un equilibrio de emociones; el desempeño electoral de Juntos por el Cambio augura equilibrio en el Congreso. La distribución territorial del voto replicó la de 2015: el oficialismo triunfó en la Capital, el interior bonaerense y las provincias centrales; el peronismo ganó en el conurbano bonaerense, el norte del país y la Patagonia. Y la geografía refleja la clase social: a menor poder adquisitivo, mayor voto al peronismo. Las ideologías van y vienen, pero las identidades sociopolíticas argentinas están talladas en piedra. Así lo entendió Macri cuando basó su remontada en el contraste entre ellos y nosotros.

A la hora de cierre no se conocía el resultado riojano, pero en Catamarca, como en la ciudad de Buenos Aires, había triunfado el oficialismo local. Eso dejó a la provincia de Buenos Aires como una de las excepciones, junto con Santa Fe y Tierra del Fuego, a la “ventaja del oficialismo”. María Eugenia Vidal fue una gran intendenta (sic), haciendo cloacas y metrobuses. La mayoría de los bonaerenses, al parecer, esperaba otra cosa. El juicio no puede ser severo: después de todo, ningún gobernador bonaerense dejó un gran recuerdo. Todos creyeron que podrían domar al monstruo. Axel Kicillof asumirá el 10 de diciembre con el mismo diagnóstico.

A Alberto Fernández, un hombre sin temor a la ira, lo espera un desafío mayor. Hereda “tierra arrasada”, dijo Kicillof con reminiscencias menemistas. A la crisis económica casera se suma un mundo turbulento y la necesidad de construir su propia base de poder. Como él mismo adelantó, gobernará con los caciques provinciales, a quienes puede acusarse de cualquier cosa menos de salir baratos. La calle tampoco le será leve: un tercio de los argentinos es pobre, y tres tercios son impacientes. Sin recursos fiscales, la paz social estará comprometida. Desde 1983, la grieta entre peronistas y no peronistas es ignífuga; la que separa a los incluidos de los excluidos, en cambio, es combustible. El agravamiento de la crisis económica podría encontrar ejemplos en Quito o Santiago de Chile.

La futura oposición enfrenta dos opciones: la moderada y la talibán. Ayer, en un gesto revelador, decidieron esconder a Lilita. El discurso de Macri fue el ejemplo de civismo que faltó en las PASO. Su futuro político dependerá de su ambición y de los tribunales. Algo, sin embargo, lo excede: en los sistemas presidencialistas no existe el cargo de jefe de la oposición. Los candidatos presidenciales son imprevistos porque se generan en cada elección. ¿O acaso Alberto encabezó la oposición durante el gobierno de Macri?

Mientras tanto, el radicalismo se hará fuerte en el Congreso. Habiendo retenido las tres provincias que gobierna, aumentará sus contingentes en ambas cámaras. Además, sus líderes más representativos serán legisladores: Alfredo Cornejo, Mario Negri, Martín Lousteau. El perfil de la oposición se irá modelando desde allí y desde la CABA, al ritmo de la crisis y de la calle.

El mundo que viene promete caos y rabia, no orden y paz. El trauma del 2001 parece haber inoculado a la Argentina contra la violencia, pero si la economía se rompe la política no saldrá indemne. La responsabilidad de la dirigencia moderada es clave. Porque, en los extremos del arco ideológico, pequeños Maduros y Bolsonaros acechan.

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