Gobernantes superestrellas

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Eduardo Barajas Sandoval, El Espectador.

No faltan gobernantes que actúan como superestrellas y terminan por dedicarles más tiempo a las apariciones públicas que a la gestión serena de los asuntos esenciales, como si trataran de evitar el impacto de la soledad del poder.

Quienes llegan al gobierno luego de una exitosa carrera en campos ajenos al de la política se pueden llevar la sorpresa de que el ejercicio del poder implica mucho más que el espectáculo de las apariciones públicas del gobernante, sus declaraciones y el atractivo de su presencia. Como el contenido de toda acción de gobierno conlleva obligaciones irrenunciables respecto de asuntos cuyo manejo se mide en tiempos diferentes a los de los períodos de ejercicio atribuidos por la elección popular, la armonía o la colisión de esos procesos con los propósitos del programa prometido plantean retos que pueden marcar el éxito o el fracaso de una gestión.

Después de una carrera fulgurante como figura del cricket paquistaní, Imran Khan, el más apuesto de los jugadores, decidió entrar en la carrera política aupado, entre otros, por sus admiradores, que no querían dejarlo de ver en la escena pública e intuyeron que su buen criterio como jugador y capitán de ese deporte le serviría para conducir el país entero.

Educado en las mejores instituciones de Pakistán y en Oxford, Immy, como le llaman sus amigos y muchos de sus seguidores, fue el capitán del equipo nacional que les dio a los paquistaníes en 1992 su único título mundial del deporte nacional, importado en su momento por los colonizadores británicos. De la condición de héroe pasó a la de leyenda viva, aumentada por su matrimonio con una rica heredera inglesa, Jemima, de la casa Goldsmith, que lo puso a circular en el jet set internacional.

A pesar de que su entrada en la vida política no fue tomada al principio muy en serio, a lo largo de las dos últimas décadas no dejó de ganar, muy poco a poco, significación en la permanente contienda por el poder. Sus credenciales fueron desde un principio las de la lucha contra la corrupción, fácil de denunciar y difícil de erradicar, como se lo advirtieron los veteranos. El proceso de deterioro del conjunto de la dirigencia política se encargó de ayudarle hasta que Khan se fue convirtiendo en alternativa de relevo, lejos de la aceptación general, pero con suficiente fuerza para negociar la configuración de un gobierno, que comenzó a ejercer desde agosto de 2018.

El símbolo de la campaña del Movimiento por la Justicia en Pakistán que le llevó al poder fue, de manera poco imaginativa, un bate de cricket. Cada cual, después de todo, da de lo que tiene y se rige por uno u otro catálogo de valores. Como los del deporte, que pueden ser útiles pero no universales. Por lo tanto, pueden resultar insuficientes para conducir los complejos asuntos de un Estado joven, todavía en proceso de formación. Y, si se les suma la inexperiencia de gobierno, tanto peor.

El 1° de noviembre de 2019, miles de manifestantes islamistas se movilizaron por las calles de Islamabad vociferando en contra del primer ministro y reclamando su dimisión en 48 horas. Las escuelas estaban cerradas y el gobierno movilizó 17.000 soldados para controlar la situación del país. Escenario montado para la típica confrontación entre un gobernante inexperto en política y en administración y sectores populares manipulados oportunamente por la oposición, en busca de volver a editar el circuito de alteración forzada de fuerzas de diferente orientación en la conducción del Estado.

Pero el drama en Islamabad no radica siquiera en la confrontación entre fuerzas tradicionalmente opuestas, que se pueden alternar en el poder, sino en el hecho de que, como hasta ahora ha pasado, superada la euforia del momento populista de cada elección, el respectivo gobierno se enfrenta a una sociedad que requiere de soluciones, no solo a la corrupción, que en este caso Khan prometió al mismo Alá erradicar durante su mandato, sino a los típicos problemas de la vida cotidiana que afectan la vida de la gente del común.

En el caso de ahora, el apoyo de las fuerzas armadas que tiene el primer ministro no resulta suficiente cuando las demandas sociales, basadas en problemas profundos, no encuentran respuestas adecuadas, que mal pueden provenir de alguien cuyo principal patrimonio político sigue siendo el que se deriva del estrellato. Bagaje político insuficiente para conducir un país que al tiempo que figura dentro de las potencias nucleares hace parte de la lista de los que tienen problemas institucionales y sociales suficientemente profundos, como el radicalismo religioso y la presencia de tradiciones de profundo calado como las que afectan la libertad de las mujeres. Factor este último suficiente para convertirse en un obstáculo mayor para el desarrollo democrático.

Tal vez el mayor lunar de las manifestaciones de ahora en contra del primer ministro se pone de manifiesto en el hecho de que los mismos promotores del movimiento han excluido, de hecho, a las mujeres, a tal punto que la reconocida periodista Shiffa Z. Yousafzai fue rodeada de hombres que gritaban frases preparadas en contra de la presencia femenina y expulsada del cubrimiento de la manifestación.

Una vez más Pakistán, la tierra de los puros, esto es, los musulmanes que formaron su propio país a raíz de la división británica de la India, se debate entre el radicalismo islámico, liderado ahora por el clérigo Maulana Fazlur Rehman que dirige al tiempo la oración y las manifestaciones, y la acción de un gobierno centrista, de cuyo jefe dijeron sus contradictores cuando resolvió irrumpir en el mundo de lo político: Imran Khan’t. Fonéticamente: Imran no puede.

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